lunes, 13 de agosto de 2018


EL SÍNDROME DEL ÚTERO HUECO -1º PARTE

El personal de pediatría supo que algo iba mal nada más oír los gritos; no hizo falta que vieran lo que les esperaba en la habitación. Olga, la enfermera de guardia, corrió desde la recepción, siguiendo los gritos. Parecían venir de la habitación 409…
     —¿Qué pasa? —Alexei llegaba corriendo también por el pasillo, empujando el carrito de enfermero—Te he visto salir corriendo...
     —No lo sé —se limitó a decir Olga, antes de entrar en la habitación.
     Sólo había una ocupante, que ni parecía haber pensado en el timbre para avisarles. Si sus voces de dolor no se oyesen desde fuera, nadie habría acudido a tiempo.
     La enfermera corrió a la cabecera de la cama.
      —¡Oh, Dios…!
       Primero vio a la mujer de algo más de treinta años, bonita, de piel morena y pelo negro y largo, revuelto y pringoso por el mismo sudor que cubría su cara. Luego vio la sábana blanca del hospital, que la tapaba hasta los hombros. Por último, vio las manchas de sangre sobre la tela.
     Olga agarró la carpeta puesta a los pies de la cama, con los datos de la paciente: Nombre, Ana Zlobin…
     —Un aborto espontáneo —dedujo Alexei, a su lado—; voy a avisar al doctor Nepein…
     —No, imposible —le corrigió la enfermera, levantando la vista del papel—. Dio a luz ayer.
     Alexei dobló el cuello, momento en que vio la pequeña cuna de plástico junto a la cama, vacía. El bebé debía estar en la sala de neonatos.
     —Una hemorragia interna —el enfermero fue a su lado—, complicaciones… postparto.
     —Tampoco —le avisó Olga, desconcertada, confundida.
     Alexei agarró la sábana para destapar a la mujer.
     —Dice que le hicieron una cesárea. Voluntaria.
     Hasta que la apartó ninguno se había dado cuenta de que la mujer también tenía los dos brazos tapados.
     —¿Pero qué coño…?
      Alexei se quedó mirando con ojos desorbitados mientras su compañera soltaba la carpeta, dejándola caer. Necesitaba las manos para taparse la boca; para contener la conmoción que le provocó lo que vieron.

Era, por fin, el gran día para Mariana; el fin del desconocimiento, de los nervios, del miedo. Hoy por fin se acababa el pensar cómo sería empezar de cero y tocaba vivirlo.
     Mariana parpadeó sobre la cama, encogiéndose. ¿Dónde estaba?
     Miró a su alrededor. Una habitación blanca, con paredes blancas, sábanas blancas y una cortina blanca rodeando su cama. Una ventana para ver el exterior. Y una cuna.
      Se encogió, llevándose las manos al vientre, protegiéndose… y exhaló, sintiendo su corazón bricnar en su pecho.
     No estaba, no había nada en ella, ni fuera… ni dentro. Se levantó la camisa del pijama, palpándose el vientre ahora liso y fofo, tan distinto al que llevaba luciendo desde hacía más de seis meses… y recordó.
     Aquel no era el gran día, sino el día después del gran día. Lo recordó todo súbitamente: como empezaron los aguijonazos antes de ayer, cada vez un poco más dolorosos. Pensó que se estaba poniendo juguetona, antes de entender que no. El útero se había quedado demasiado pequeño para las dos.
     Ángel la llevó corriendo al hospital; tuvo que salir del trabajo casi hora y media antes para llegar. Y total, tuvo que pasar casi once horas tumbada, once horas de dolor progresivo apenas calmado por la epidural, rodeada por un doctor y varias enfermeras sin cara mientras él esperaba fuera, sin hacer nada y seguramente poniéndose cada vez más nervioso.
      Es por mi bien, para que no coja nada, pensaba al ver sobre ella las mascarillas verdes.
      Luego, mientras sentía los últimos tirones y creía que iba a reventar por dentro… salió.
      —Es una niña —le comunicó el doctor, levantando el contenido de su cuerpo con manos enguantadas manchadas de sangre.
       —Sí, —asintió llorando, como si no lo supiese ya.
       Luego se la pusieron en brazos; esa cosa cubierta de sangre, llorando, intentando moverse; buscando sus ojos para que la viera. Pero estaba tan cansada…
     A aquello siguió la alegría de Ángel, la sucesión de familiares dedicándoles felicitaciones y sonrisas y el control estricto de su marido y el personal, como si padeciese hipersensibilidad y cualquier cosa pudiese matarla.
     Y la niña…
     Iria, se recordó. Ese era el nombre que le pusieron, desde que descubrieron su sexo. Y ahora, si nada pasaba, estaría allí, en la cuna, con ella. A menos…
     Mariana se levantó, mirando al contenido de la cuna.
     —¿Ya te has despertado? —La puerta de la habitación se abrió entonces—. Buenos días.
     —Hola —saludó a Ángel con cierta desgana, sin distraerse—. ¿Y…?
     —¿Pasa algo? —Él, con el ceño fruncido, fue hasta su lado.
     —¿Dónde… está…?
     —¡Ah, tranquila! —Nada más entenderla le dio un beso y la ayudó a volver a tumbarse—. Están bañándola.
     —Vale.
      Mariana, boca arriba, se puso a frotar su vientre, ahora tan plano, blando... y vacío. Ángel cogió una botella de agua junto a la cama y le dio de beber.
    —¿Sabes cuándo…? —le preguntó al acabar.
     —En unos días, puede que pasado mañana —le contestó como si tuviese telepatía—. Ya sabes, con los recién nacidos…
     Ella asintió, sabiendo a qué se refería, y deseando que llegase ese momento. A lo mejor, en casa…
      Y volvió a frotarse su vientre, sintiéndolo extraño. Era una sensación rara, que no había sentido antes. ¿Debía haber intuido, de algún modo, que su hija no estaba con ella?
      Se dijo que no, lo que no la animó en lo más mínimo.

—Buenos días, estudiantes; os agradezco enormemente que hayáis decidido acompañarnos en este ciclo de conferencias.
      Hubo algunos murmullos desde el patio de butacas, con todas las luces encendidas para evitar que alguno de los cuarenta y siete estudiantes de psiquiatría que disfrutaban del simposio tuviese la tentación de sucumbir al aburrimiento extremo. Allí las anotaciones eran opcionales, los exponentes, (les habían dicho y jurado) muy interesantes y los de primero, por ir, se libraban de un par de clases.
     —Bien, estudiantes, especialmente los de primero, podéis sentiros afortunados —les informó el doctor Boone—. No todos los días podéis contar con una ponencia de alguien como el profesor Edi Gilani.
     Hubo muchos aplausos, la mayoría de cortesía, salvo los que dedicaron los pocos alumnos de último semestre que sí sabían quién era.
      El robusto profesor de pelo moreno cortado al cepillo y gafas de montura negra cedió su puesto a un hombre bastante más bajo de anchas entradas, pelo gris y piel morena cuyo rostro desprendía afabilidad.
     —Buenos días —dijo en un idioma perfecto, sin rastros de acento que diese pistas de su procedencia—. Es para mí un honor poder estar aquí, tomando parte en estas conferencias didácticas.
     Algunos profesores asintieron con orgullo.
     —Y ver que hay tantos jóvenes preocupados por la salud de su mente —dijo Gilani, mirando al público—, que supongo, desmiente la creencia extendida entre mi generación de que la gente joven está loca.
     Las risas al chiste fueron unánimes.
     —Y que hay que estar loco para mirarle la cabeza a los demás.
     Esta vez hubo verdaderas carcajadas.
     —Bueno, esperemos demostrarles que se equivocan.
      Hizo un gesto de cabeza y pulsó un pequeño mando, que ahora todos vieron que llevaba en la mano derecha. Una lucecita roja parpadeó en su mano e, instantes después, la pantalla blanca sobre su cabeza se iluminó. La primera diapositiva de una presentación.
     —Bien, me gustaría empezar —Gilani se humedeció el labio superior con la lengua—, hablando de uno de los trastornos más comunes que veréis en vuestras carreras, tanto como síntoma de una enfermedad mental mayor como desorden en sí mismo, con nombre propio.
     Los alumnos alzaron el cuello y los profesores lo doblaron para poder ver el título.
     —Delirios —anunció Gilani, mirando a su público desde su atril—. Supongo que no hace falta que os diga lo que son, o no deberíais estar aquí.
      Hubo algunas risas, incluida la del profesor Garreth.
     —Lo repito, los que os dediquéis a esto os cansaréis de oírlos. 
     Hubo otro destello del mando y la pantalla tras él cambió, ofreciendo una lista de alteraciones asociadas a dicha patología.
      —Y, si me permitís decirlo, algo muy triste —admitió, negando—. Puede que yo sea un experto en su estudio, pero sabed esto: se puede decir lo que se quiera sobre la genética, los factores ambientales y el azar; aunque los cánceres pueden tener sintomatología, y a veces causas comunes, cada uno es de su padre y de su madre. Con los delirios pasa igual.
     Silencio. La conformidad se expresó con asentimientos mudos.
     —Podemos intentar saber la causa, saber qué partes del cerebro están implicadas, pero serían sólo curiosidades académicas. Lo que podemos hacer es, en base a sus características comunes, tratarlos y, a poder ser, extirparlos. No literalmente, claro.
     Hubo algunas risas. Luego la pantalla cambió, mostrando un esquema de las distintas clasificaciones históricas.
      —Bien, amén de estar asociados a la esquizofrenia, la paranoia y a otros trastornos concretos, muchas veces —vuelvo a repetir— os encontraréis delirios que son una enfermedad en sí. Como éste.
     La imagen volvió a cambiar.
     —Todos sabemos qué son los delirios de grandeza, y los hemos tenido alguna vez. —Algunos docentes se sonrojaron; Gilani en cambio, quizás por el color de su piel, parecía inalterable—. Todo el mundo ha soñado alguna vez con ser Pelé, Brad Pitt o tener la cartera como Bill Gates; sin embargo, sólo en algunos casos se convierte en un verdadero trastorno.
     Gilani se agarró al estrado, mientras la escena volvió a cambiar. 
     —Es un ejemplo de intensidad variable —afirmó—. Que va desde la obsesión con que el destino es la gloria, la fama o la grandeza, a creerse, directamente, la encarnación de alguna figura a la que se asocia con el poder. Y —agregó—, por si alguno me lo pregunta, no; no sé por qué entre los casos más graves es tan popular Napoleón Bonaparte, pero supongo que es mejor que George Bush.  
     La carcajada fue general, Gilani esperó a que amainase un poco para seguir.
      —Es también un buen ejemplo de lo opaca que puede ser la definición de delirio, que puede costar discernir de una simple excentricidad pasajera a un desorden capaz de dificultar la vida del paciente. Es uno de los motivos por los que su tratamiento, y no decir su simple diagnóstico, puede ser muy complicado.
     Sus palabras consiguieron bajar las pocas manos que se habían levantado después de las risas.
    —Pasemos ahora a ejemplos más concretos, con causas más o menos conocidas.
      Pulsó el puntero. Tras él apareció el nombre, pero la presentación estaba a medias.
     —Pero no quiero hablar yo solo; que nuestro entusiasmado público tenga oportunidad de enseñarnos lo que sabe. —Sonrió, provocando que algunos cuellos se encogiesen en el asiento de butacas—. Bien, ¿alguien sabe lo que es el síndrome de Cotard?
     Hubo silencio; los alumnos de todos los años bajaban la cabeza, como si no verle les hiciese invisibles. Gilani agitó los dedos sobre el borde de la tarima.
     —¿Nadie? —Miró a los lados, simulando confusión—. Entonces debo haberme equivocado de sala.
     Hubo amagos de risa; algunos de sus colegas sobre el escenario, como la doctora Fayth, empezaron a agitar sus manos, a falta de abanicos.
     —Vamos, jóvenes —giró el cuello—, ¿o preferís hacer pasar por el mal trago a los profesores?
     Hubo sonrisas entre los adultos. En el patio de butacas, una mano solitaria se levantó.
      —¿Sí? —Gilani se inclinó con interés—. Adelante.
      —Es el… delirio de negación –contestó una alumna de último curso, de pelo castaño recogido en dos cortas coletas.
       Gilani asintió con entusiasmo, de un modo muy teatral.
      —Muy bien. —Dio un par de palmadas—. ¿A qué no ha costado tanto?
     Silencio, muchos suspiros de alivio y un par de miradas envidiosas.
     —¿Y puede decirnos los síntomas con detalle?
      La chica negó, esta vez enérgicamente. Por suerte, la presentación lo hizo por ella.
     —El delirio de negación o nihilista, más conocido como síndrome de Cottard, es un trastorno extremadamente raro —por suerte—, consistente en que el paciente cree… que está muerto.
     Hubo murmullos de asombro, mientras los detalles aparecían en la gran pantalla.
     —No es nada, por supuesto, de querer morder cuellos o creerse a prueba de balas, no —negó Gilani, con una seriedad que parecía fuera de tono con el comentario—. El paciente cree, sencillamente, que sus órganos internos han dejado de funcionar y que son como muertos vivientes; llegando a creer que están siendo comidos por gusanos o que no pueden ser heridos por ser una especie de… almas en pena.
     Una mano se levantó en las primeras filas.
     —Por fin, una pregunta. —Gilani pareció genuinamente contento—. ¿Sí?
     —¿Hay alguna causa concreta… para este trastorno? —preguntó un chico delgado, con gafas y más bien bajo.
     —Sí en el caso anterior he dicho que puede ser difícil considerarse un trastorno, en este caso hay varios motivos—señaló el ponente—. Aparece en algunos casos de depresión o enfermedad mental grave como la psicosis; a veces está inducido por consumo de narcóticos, aunque como ya he dicho es muy raro. También se ha descrito en lesiones cerebrales causadas por accidente.
     —¿Como en el síndrome de Capgras? —preguntó un alumno alto de último curso cuando su mirada se cruzó con su mano levantada.
      Gilani asintió, tan despacio y con una expresión tan opaca que costaba discernir si lo hacía como confirmación o admirado.
      —Mira, una pregunta interesante; veo que si prestáis atención. —Miró a los profesores—. Podéis estar orgullosos.
     Hubo algunas sonrisas modestas, mientras el autor del comentario se encogía en su asiento.
     —Bueno, no es exactamente igual. El síndrome de Capgras está relacionado con la prosopagnosia; en el síndrome de Cottard, en cambio, no se ha podido establecer qué región cerebral o tipo de lesión está relacionada con su principio.
     Gilani hizo una pausa para rascarse el labio superior.
     —Lo que me lleva… a un caso concreto al que me gustaría dedicar una atención especial.
     El silencio y la atención volvieron entre los presentes.
     —Un trastorno relativamente reciente, que está siendo objeto de intensos seguimientos y debates. Un desorden del que, no tengo dudas, los que estén al tanto de los últimos estudios psiquiátricos ya habrán oído hablar.
     La lectura del nombre y su aparición en la pantalla provocó la apertura de muchas bocas, y no sólo en las butacas.
      —Procedo pues —siguió el doctor—, a exponer los datos conocidos sobre el síndrome de Weinfeld—Rhodes.
     —El síndrome… —masculló una alumna de segundo—. Del útero hueco.

El hombre volvió a fijarse en la barra. No se lo imaginaba; le estaba mirando.
     Volvió a centrarse en su té y en el resultado del Arsenal-Liverpool, decidido a ignorarla. Era demasiado bueno para ser verdad, pero de todos modos, no podía dejar de admirar el espejismo.
     Debía tener treinta años o poco más, pero conservaba toda la belleza de una adolescente. La cara era bonita, el pelo castaño liso y largo, los ojos brillantes y la sonrisa inocente. En aquel momento se pasó el índice sobre los labios pintados de rojo intenso, incitándole.
      Bajó los ojos al periódico, sintiendo la sangre latirle en las sienes y la entrepierna cuando, entre el jaleo del café, distinguió el sonido de tacones altos acercándose.
     —Estaré en el servicio —oyó el susurro—. Espera dos minutos.
     Lo único que logró ver al mirar fue una sonrisa, seguida del eco de una risa.
     Tiene que ser una broma, puede que una cámara oculta. No, cosas así no pasan.
     Sin embargo esperó a que pasase el tiempo dado y se levantó. El local estaba casi vacío y los dos servicios, apenas estaban separados por una pared. Nadie iba a fijarse si alguien se equivocaba de puerta.
     El escusado era muy pequeño, consistente sólo en un servicio, un lavabo y el espejo. Y ella estaba allí, sonriéndole, con la camisa abierta y los pantalones en el suelo.
     Al infierno, pensó mientras se desabrochaba los pantalones. Eso sólo podía pasarle una vez en la vida.
     Cinco minutos después salía feliz, continuando su almuerzo y marchándose. En todo ese tiempo ella no salió, contribuyendo a la impresión de que nada había pasado.
     Ella salió poco después, luego de lavarse un poco con jabón, volver a peinarse y retocase el maquillaje. Ya estaba lista para su siguiente cita.
     Se acercó a la barra, pidió otro café con leche y comprobó la hora. Las cinco y veinte. Ya no debería tardar.
     —¿Shirley? —le preguntó una voz con timidez.
      Suspiró, inquieta. Sabía que la había reconocido por su chaqueta blanca, pero ella no tenía ni idea de cómo sería él. Tomó aire, hizo de tripas corazón y se volvió.
       —Sí —respondió, con el rostro iluminándose por momentos—. Soy yo. —Y le dio un beso amistoso como saludo.
     Había tenido suerte. Por la voz podía parecer un hombrecillo pusilánime, de avanzada calvicie y gafas de cristal grueso, pero no; era joven, un poco más que ella, de pelo negro muy corto y cuerpo atlético. Por su camiseta y pantalones de chándal, parecía que había ido andando.
     Bueno, se dijo ella, mientras funcione…
     —Bien. —Inclinó la cabeza, seguramente para que no lo viese sonrojarse—, ¿y adonde…?
     —Paciencia, cariño —le pidió—. Disfrutemos el momento.
     Él pidió un té con limón y se lo bebió en una mesa aparte. Tal y como ella había observado, a nadie le importó allí que dos personas capaces de saludarse con un beso se mantuviesen separadas.
     Ella salió primero, seguida por él siete minutos después, acelerando para ponerse a su lado.
     —¿Hay algún sitio…?
     —Ssssh. —Le impuso el índice sobre los labios—. A eso vamos, cielo. A eso vamos.
     Encontró, cuando necesitó dar el paso, un apartamento de alquiler en Wilton Road a muy buen precio y, aún mejor, su propietaria y casera era una ancianita septuagenaria y menuda que, además de sonreír cada tres palabras, se pasaba fuera la mayor parte del día.
     Y, porque no decirlo, quedaba lo bastante cerca de su casa para poder llegar andando y lo bastante lejos para que nadie la reconociese.
     Abrió y fueron directos al dormitorio, al final de las escaleras; sin encender luces ni charlar. Sobraban las palabras.
     —¿Estás nervioso? — le preguntó sonriente al verle pelearse con los nudos de las deportivas y con la camiseta a medio sacar por la cabeza.
    —Aterrado, en realidad —reconoció él, riendo—. Es la primera vez que hago esto…
    —¿Eres virgen, acaso? —se interesó en un tono malicioso mientras se recostaba de espaldas sobre la cama, ofreciéndole las piernas cruzadas, todavía encerrando una bragas de color carne.
     Desde el lado de la puerta fue capaz de sentir, de oler su rubor.
     —No —se apresuró a negar, con la cara desdibujada por la oscuridad—. Quiero decir, pagar por…
     —Bueno, entonces —se levantó y fue a su lado, agarrándole por los brazos—, hagamos esto único.
      Le besó y retrocedió hasta la cama, llevándolo con ella sin ningún esfuerzo. Hasta su miembro parecía levantarse como un rompevientos para facilitar el movimiento.
      Se acostaron juntos, besándose en la boca. Él empezó a acariciarle el vientre, al principio con torpeza y nervios, para rehacerse deprisa. Parecía que no mentía sobre su experiencia.
      —Eh, antes de… —dudó un momento, que ella aprovechó para sacarse las bragas de entre las piernas.
     —¿Sí?
     —El precio —intervino—. Quedamos que iban a ser ciento diez, ¿n…?
     No le dejó acabar, cerrándole la boca con los labios, metiéndole la lengua y haciéndola trabajar como no lo había hecho hablando en su vida.
       —Tranquilo; no te preocupes por eso —anunció, hablando con el tono más meloso, cómplice posible—. ¿Sabes? Verte me ha sorprendido…
     Él se quedó inmóvil, su corazón latiendo tan rápido que podía oírlo sin pegarle la oreja al pecho.
     —Eres… más guapo de lo que esperaba…
     —Muchas gracias —replicó, entre satisfecho e indignado—. No todos lo que contratamos putas tenemos que…
     Se mordió la lengua, dándose cuanta de que había metido la pata. A ella, sin embargo, no le importó.
     —Lo que te decía —susurró, mientras bajaba las manos hacia su entrepierna—. Es que me gustas tanto que te… lo regalo. Es gratis.
      —Vaya, gra…
     Volvió a callarse; cuando le agarró, comprobó que seguía con los calzoncillos puestos. Lo frotó, despacio, notándolo crecer sin llegar al punto de no retorno. Cuando juzgó que había llegado el momento, se tumbó, dejándole que le lamiese el cuello como un perro con un polo.
     Perfecto. Lo necesitaba así. Animado, excitado, decidido.
     Fue, como tantos otros hombres antes, rápido, lo que también era perfecto. Así se olvidaban de hacer preguntas. Luego se levantó, dejándola en la cama, tumbada, todavía jadeando por efecto del orgasmo y soñando. Cuando se fue se movió sólo para coger el teléfono y dejarlo a su lado; aún quedaba mucha tarde, y podría haber otras llamadas.
     Pero puede que ya no haga falta; que entre este y el de antes ya esté…
     Suspiró con resignación, mientras paseaba sus manos sobre su vientre. No, claro que no estaba. Lo habría sentido, y lo sentiría.
     Después de media hora, se vistió y partió hacia su hogar, en Worthington; no debía olvidar que tenía otras cosas que hacer.
     Qué raro, pensó al llegar. ¿Había corrido todas las cortinas antes de irse?
     Los gritos de Laurie la recibieron nada más abrir, intensificándose al cerrar la puerta, como si la niña supiese que ya no estaba sola.
     —Ya voy, cariño —le dijo—, un momento, que mamá…
     —Buenas tardes, Liz.
     Frenó en seco, dándose cuenta en ese momento que la luz de la cocina estaba encendida. Se acercó a ella, inquieta, al reconocer la voz.
     —¿George? —preguntó, extrañada, asomándose al umbral.
     Su marido estaba allí, dándole la espalda. Todavía tenía puesto el traje de la oficina y los zapatos, con un bote verde de cerveza Carling delante.
     —¿Cómo estás? —Hizo la pregunta sin mirarla.
     —Pues bien, gracias por pregunt…
     Liz controló al máximo el tono de su voz, dándose cuenta de que su marido parecía estar conteniendo algo, seguramente ira. Y de que lo que había dicho parecía una pregunta retórica.
     —Te he llamado al trabajo —le dijo—. Me han dicho que los tres últimos días has pedido permiso para salir antes.
     —Pues claro —replicó, intentando plantarle cara—. Ya sabes que hay que cuidar de La…
     Él lanzó una carcajada, antes de agarrar la botella de cerveza y estamparla contra la mesa, sacudiéndola.
      —¿Qué…?
      Se había girado, taladrándola con sus ojos dorados.
      —¿Cuánto tiempo llevas fuera? —preguntó, apoyando el brazo en el respaldo de la silla más cercana.
     —Eso no te importa —se impuso—. Lo que…
     —¿Cuánto llevas —se irguió—, haciendo esto?
      Liz vio ahora los folios que George llevaba en la mano. Alargó el brazo como para dárselos, sólo para tirárselos en el último momento. Ella los evitó dando un paso atrás, dejándolos desperdigarse por el suelo.
      Y lo vio. Eran hojas impresas de una página de anuncios, en los que salía ella. Sin ropa y con la cara difuminada, había que conocer muy bien su cuerpo para reconocerla. Y, por desgracia, su marido podía entrar en esa categoría privilegiada.
     —Puedo expli…
     George dio un paso hacia ella, un gesto cotidiano que le pareció amenazador.
     —¿No gano acaso lo suficiente? —preguntó él, frunciendo el ceño—. ¿Cuánto te pagan por esto, eh?
     —Déjalo —le pidió con desgana—. Ni siquiera es por el dinero.
     George levantó el cuello, retrayendo al máximo sus párpados.
      —¿Cómo?
     Liz sonrió, ahí estaba. Podía acabar con la pelea y, de paso, conseguir lo que necesitaba tan ansiadamente. La tarde, al final, no estaría perdida.
     —Tú sabes por qué lo hago, ya te lo he dicho —aseguró, mientras se movía en su dirección.
      Abrazó su sorprendido cuello, mordisqueándole el lóbulo de la oreja.
      —Tú eres el mejor y lo sabes —susurró—. Podemos ir al dormitorio… y me lo demuestras…
     Pero, claro, antes había que hacer que la niña dejase de llorar.
     Liz movió los labios a la boca de George, besándolo como paso previo a su siguiente sugerencia. Pero antes del beso, sintió que se le cortaba el aire. Una fuerza imprevista le había cerrado la tráquea.
       Su esposo la arrojó con violencia contra la encimera, provocándole un terrible dolor en los riñones.
      —Sucia puta…
     Liz conservó el equilibrio de milagro. Desde alguna parte, seguramente su dormitorio, Laurie aulló.
     El siguiente golpe de George la lanzó al suelo.
      —Cariño, por favor…
      El la agarró del pelo, tirando para ponerla a su altura. Por su aliento comprobó que, aunque había bebido, seguía muy lejos de estar borracho.
      —¿Sabes por qué hago esto? —le preguntó, y Liz esta vez no estaba segura de que fuese retorica—. Aunque no me creas, no es por eso —señaló a los papeles del suelo—. No, no es por eso.
      Liz resopló, mirándole, intentando sonreír.
     —Cariño, entiéndeme…
     —He llegado hace como media hora.
     —Lo necesito…
      —Laurie estaba sola —le recriminó George, perforándola con la mirada—. Llorando. Estaba sucia en su cuna, dando vueltas, con el pañal hinchado por delante y atrás, llorando. Sola, sin haber comido, desde cuanto tiempo…
      —George —se sujetó a su cara—. Tengo que hacerlo.
      Él se apartó, escapando de entre sus dedos.
      —Dime, Liz, ¿cuándo ha comido por última vez, eh? —la recriminó, gritando—. ¿Cuánto has pasado fuera, dejando a nuestra hija sola, hambrienta y sucia?
      —¡No importa si está fuera! —estalló Liz, llorando—. Lo que necesito es volver a sentirme entera. Llena… por dentro.
      Su esposo se quedó mirándola, pálido e inmóvil, respirando con pesadez. Ella se le acercó, buscando su perdón, su consuelo, su amor.
     —Y tú estabas follando con otros… —masculló.
     George volvió a abofetearla, cada vez con más fuerza; ya no tanto como castigo o para descargar su ira. Simplemente no soportaba estar cerca de eso, que tanto se parecía a su querida esposa.

domingo, 5 de agosto de 2018


LA LARGA ESPERA –PARTE FINAL

Javier tuvo oportunidad de pensar esa noche sobre esa teoría absurda que empezaba a devorar su vida. A la mañana siguiente, pudo saber más de lo que quería.
     Llegó al banco para ingresar un pago hecho a su padre a las diez y media y, tal y cómo se temía, la cola en ventanilla estaba a punto de saltar. Y, en esa cola, la única forma de saber el sitio era seguir el rastro precedente.
     —Hola. ¿Último? –saludó tímidamente.
     —Aquí –indicó una chica joven, en pie junto a la actualizadora de cartillas.
     Había una docena de personas delante de él; sin embargo, y por suerte, una de las ocho sillas de la recepción seguía libre. Javier la ocupó sin reparos, consciente de que, si algún miembro del variopinto grupo precedente quisiese ocuparla ya lo habría hecho. Sobre la ventanilla, como una espada a punto de decapitar a una cajera joven con pinta de inexperta (o incompetente) un reloj redondo hacía tic-tac despiadadamente.
     Había de todo: un par de jubilados sentados a su lado, seguramente esperando a ver si les habían ingresado las pensiones, una chica con pinta de estudiante, un hombre con barba y cazadora vaquera, una mujer no muy distinta de las que veía al ir de compras… la puerta de la sucursal se abrió y, en dos minutos, cuatro personas más esperaban de pie a que terminasen de despachar al cliente actual.
     De improviso, Javier se irguió en su asiento, pensando en lo que podía pasar a continuación.
     No se equivocó. Allí estaba. Esta era morena, de piel pálida y con un vestido negro (o de un azul muy oscuro) cubierto de adornos parecidos a estrellas.
     Javier retrocedió contra su respaldo, como el niño que intenta hacerse invisible, mientras la seguía como a una pelota sobrevolando un campo de tenis. Quizás, ahora tendría por fin la ocasión de ver a qué se dedicaba. Para eso, nada mejor que prestar atención a las personas a las que rondaba.
     Primero se acercó a la chica que le dio la vez. Tras unos segundos de observarla en silencio, se alejó de ella trotando hacia una anciana gruesa que estaba de pie junto a los asientos; una de las que Javier solía confundir con sus abuelas. Esta tampoco pareció gustarle y de allí se dirigió a las sillas.
     En todo momento, pudo ver que nadie la miraba mientras saltaba y, cuando por fin se detenía frente a alguien, se limitaba a echarle un vistazo y seguir esperando. La indiferencia de la gente ocupada hacia un perro sin dueño.
     Se dirigió al asiento más alejado de Javier, donde una mujer de unos treinta y cinco años de ondulado pelo rubio miraba hacia la lenta caja.
     Esta pareció gustarle; la niña se precipitó sobre ella, aupándose a su regazo y hundiéndole la cara contra el abdomen de un modo casi obsceno.
     Javier se incorporó, sin atreverse a decir nada. La gente lo ignoraba, la propia víctima seguía callada. Se exponía a quedar como un loco. Y, además, todo acabó muy rápido.
     En apenas un minuto, la niña se apartó de la mujer alejándose con su sonrisa de muñeca y sus ridículos saltitos. Un vistazo a la mujer y, por fin, Javier vio un efecto apreciable; al mismo tiempo que sentía secarse su boca.
     La mujer no había cambiado mucho, a simple vista. Simplemente, su pelo se había vuelto más gris, las arrugas en torno a sus ojos se habían hundido como sendos pozos, su piel se había arrugado. En un momento, parecía una fotografía que hubiese sido arrugada por una mano.
     En aquel momento, Javier lo entendió. Acababa de robarle tiempo a esa mujer. Juventud. Vida. No de forma masiva sino discreta; una picadura de mosquito en vez de un mordisco de vampiro.
     Sintiendo sus ojos temblar en sus órbitas, el joven se dio cuenta de que había perdido a la niña de vista. Empezó a rastrear la masa creciente que esperaba con urgencia, intentando detectarla. Lo hizo al fondo, donde volvía a tender sus manos hacia un hombre de barba rala. En ese momento, se dio cuenta de que la chica que le dio la vez estaba frente a la ventanilla.
     Con pasos lentos y agarrotados, la mano temblando en dirección al sobre con el dinero, Javier se puso tras ella. Aunque pendiente de cuando acabase, no podía dejar de prestar atención hacia atrás.
     —Buenos días —le saludó la empleada por fin—. ¿Qué desea?
     —Yo… —aturdido y con la garganta reseca, le tendió el sobre y la documentación con los datos de la cuenta mientras encontraba las palabras—. Quisiera hacer un ingreso.
     Después de veintisiete angustiosos minutos, su trámite apena duró tres. Mientras retrocedía, sin dejar de mirar a su alrededor, Javier se dio cuenta de que alguien le miraba a él: el guarda de seguridad, entre los despachos y la caja; un hombre alto y ancho de hombros que estaba perdiendo el pelo y que le miraba con los labios apretados y los ojos entornados.
     Javier, en vez de amedrentarse, decidió comprobar el motivo de su desagrado.
    —Hola –se acercó hacia él disimuladamente, como si rodease la multitud hacia la salida, saludándole al llegar a su altura—. ¿Pasa algo malo, señor?
     El guarda apartó la vista, ofreciéndole el hombro derecho y la espalda, pero sin hacerle desistir.
     —Le he visto mirarme —Javier se arrimó a él, hablando en susurros—. ¿He hecho algo indebido?
     El guarda se volvió, arqueando una ceja y entreabriendo los labios, dudando antes de decir:
     —Sí. Te he visto mirando a esa niña de modo raro.
     Javier tragó saliva, notando su pulso acelerarse, y no porque aquel segurata le hubiese confundido con un pervertido.
     —¿Niña? —optó por hacerse el tonto—. La he visto vagando por aquí y… me ha parecido raro —extendió la mano hacia atrás—. ¿Dónde está ahora? ¿Se ha fijado si iba con alguien?
     Aquello pareció pillar al guardia por sorpresa; abrió los ojos por completo y estiró el cuello.
     —¿Ha… terminado ya? —dijo con incomodidad a los pocos segundos, sin llegar a mirarle.
     —Sí, señor.
     —En tal caso, es mejor que se vaya —volvió a mirarle a los ojos con fiereza—. Buenos días.
     Javier obedeció. Al menos ya era seguro: no era ninguna alucinación suya.
     Pasó junto a la máquina de las cartillas, extendiendo la mano hacia la manija de la puerta. Una risita estridente paralizó su mano y su cuerpo, haciéndole doblar el cuello como un resorte.
     Estaba allí, la muñeca morena vestida de negro, de rostro plano y ancha sonrisa. Le miraba fijamente. Sus manos se abrían y cerraban nerviosas como pinzas de cangrejo, aunque sin llegar a tenderse.
     Javier salió deprisa de la sucursal, consciente de un nuevo y terrible detalle: estaban al tanto de que sabía de su existencia.

Javier dedicó esa tarde, desde las siete a la hora de la cena a Internet, realizando búsquedas que en otro tiempo le habrían parecido descabelladas, sobre temas que dejarían a sus padres boquiabiertos.
     Buscó información sobre brujas, vampiros, hadas, duendes y espíritus. Sobre seres invisibles que se alimentasen de la gente, monstruos de aspecto inofensivo que hacían bajar la guardia a su presa antes de nutrirse de ella.
     Y, aunque Internet estaba lleno de todo tipo de historias sobre los engendros más variopintos, al final seguía a ciegas. No había ninguna descripción de niñas que le chupasen a la gente la juventud, camuflándose en largas filas y multitudes. Ningún nombre que las identificase. Eran, por el momento, su monstruo particular.
     Javier se perdió en su búsqueda; no sólo estuvo sordo durante más de cinco minutos a la llamada de su madre para cenar, sino que no escuchó su teléfono las tres veces que vibró. Cuando por casualidad comprobó que tenía tres llamadas perdidas, el corazón le dio un vuelco.
     —Mierda.
     Con dedos erráticos y el corazón desbocado, consiguió introducir el número de Lorena. Habían quedado en salir ese fin de semana. Y ahora, se arriesgaba a haberle dado plantón sin enterarse.

     —Vaya, por fin. Pensaba que ibas a olvidarme otra…
     Lorena, vestida con camisa blanca, vaqueros y zapatos de tacón alto, con un pequeño bolso verde lima, enmudeció cuando Javier llegó a recogerla en la moto, al ver su cara debajo del casco.
     —Vaya… —se acercó, mirándole desde cierta distancia—. Pero, ¿estabas enfermo…?
     Lorena se sonrojó por momentos. Después de la bronca que le echó la tarde anterior, la idea de haberle obligado a salir estando malo la ahogaba en vergüenza.
     —No, tranquila. Estoy bien. —Sonrió—. Es sólo…
     —¿Demasiado tiempo haciendo colas?
     —Sí, será eso. A ver si un poco de aire me sienta bien.
     Antes de que ella pudiese decir nada más, le plantó un beso en cada mejilla; gesto al que ella respondió cubriéndoselas con las manos.
     —Tranquila. No voy a pegarte nada.
     —Más te vale. –Ella se rió, devolviéndole el gesto—. No soportaría pasarme un fin de semana en el trabajo por tu culpa.
     —Ah, ¿tienes algo nuevo?
     Fueron al Miami, un local nuevo en el Casco Antiguo donde la música no era demasiado ruidosa, la bebida demasiado cara y, como el local se reservaba el derecho de admisión, la compañía no prometía ser desagradable. Eso sí, como todo lo bueno, había que pagar un precio, y no sólo en la entrada.
     Había que hacer cola. Y era una cola muy larga.
     —Dios, hablando del demonio… —masculló Lorena al verla, corriendo para ocupar el puesto del final. Cuatro chicas intentaron arrebatárselo, pero ella se les adelantó, ganándose varias miradas de reproche y puños apretados por lo bajo—. Ya tiene que estar bien…
     —Sí. Y si vemos que se nos hace de día, pues nos vamos al local de al lado y ya está.
     —Que previsor estás —dijo Lorena entre risas—. Eso quiere decir que se te está despejando la cabeza. 
     Él rió con ella, consciente de que la cola era más impresionante que obstáculo. La conga avanzaba cada pocos pasos, al ritmo que un empleado en la puerta cobraba la entrada tras evaluar al cliente. Apretados contra la pared a su izquierda, que conducía al local, eran recorridos por la derecha arriba y abajo por un segundo empleado de aspecto más duro, controlando seguramente que nadie causase problemas o el grupo perdiese el control. A la derecha, un parque vallado servía para delimitar el espacio; un enorme cuadrado de cemento relleno de arena con columpios y un par de balancines, rodeado de arbustos y una valla de hierro.
     El aire que fluía por los callejones le sentaba bien, sintió un cosquilleo en sus mejillas que atribuyó a que estas recuperaban el color. En aquel momento, Javier ya buscaba con la mano su cartera, dispuesto a ser un caballero.
     —Espera un poco —le recomendó Lorena—. Con tanta gente se puede perder.
     Tenía razón; Javier no se había dado cuenta hasta ese momento. Los asistentes no se aglomeraban bloqueando el pasillo, aquello era una simple fila. Pero era una fila compacta. Al querer avanzar, se había dado de bruces con la espalda de un chico que tenía delante, igual que sentía a las chicas con las que Lorena había reñido cada vez más cerca, casi echándole el aliento en la nuca.
     Estaba atrapado en una línea, como un muñeco de papel en una guirnalda.
     —Javier… —Lorena le llamó, esta vez sin atisbo de buen humor—. Oye, ¿estás bien?
     —Claro. —Se volvió hacia ella, rozando cuerpos—. ¿A qué viene eso?
     Se cruzó de brazos.
     —No tienes buena cara. Te estás poniendo muy blanco…
     Un movimiento a su derecha, al otro lado de la valla del parque, le llamó la atención. Una sombra menuda y ágil, que bien podría ser un gato o un perro pequeño.
     Sin embargo, su visión hizo tragar saliva a Javier, atragantándolo.
     —¿Qué has visto? —A Lorena el gesto no le pasó desapercibido, a pesar de estar atrapada en el dominó.
     —Una niña. Me ha parecido ver… —señaló hacia el parque.
     Su novia frunció el ceño.
     —Te lo habrá parecido. El parque está vacío. Y es casi de noche. ¿Cómo va a haber niños sin padres?
     Javier quiso asentir. Pero un sonido se coló en sus oídos, barriendo la algarabía general del sábado noche. Por encima de las voces de la fila, del rumor de la ciudad, de la música que escapaba por la puerta abierta adelante.
     La risa de una niña.
     Javier se inclinó, intentando mirar fuera del muro de cuerpos. Sólo vio al vigilante haciendo su ronda. Y (al menos se lo pareció) a una sombra correteando alrededor de la hilera, ignorada por todos.
     Volvió a sentir que sus piernas se quedaban sin fuerzas. Estaba allí.
     Instintivamente, Javier se encogió, intentando desaparecer entre su compañía y Lorena.
     —¿Qué te pasa ahora? —preguntó ella, indignada—. Oye, estás temblando como un flan.
      Todos los momentos en que Javier quiso ser invisible desfilaron por su mente: la primera vez que le vacunaron, las veces que debía salir a resolver en la pizarra un problema que no sabía, cuando le tocaba decirle a una chica que le gustaba. Pero era el pánico, no la vergüenza, lo que le animaba a esconderse. ¿Cómo sería si le tocaba? ¿Dolería? ¿Y cuánto duraría? ¿Cuánta vida le quitarían?
     —Javi –Lorena le puso una mano en el hombro, intentando calmarle—. Oye, si te pasa algo…
     Una sombra se desprendió del costado de la fila, trotando hacia él.
     El ciempiés humano quedó desarticulado. Javier se desplomó, antes de emperezar a gatear, alejándose de aquella trampa, por más que en el suelo fuese más vulnerable.
      —¡Eh, ¿qué pasa ahí?! —bramó el empleado, acercándose a la carrera.
     —Mierda. Y hemos venido en moto.
     Lorena sacó de su bolso el móvil.
     —No pasa nada. —Javier se incorporó deprisa, agarrándola de la muñeca para intentar detenerla—. Me he mareado un poco, pero estoy…
     Aunque intentaba mirarla a los ojos, no podía dejar de mirar hacia atrás. Ella le plantó la palma de la mano en la frente.
      —Bueno, fiebre no tienes.
     —Te lo he dicho.
     —Pero no puedes seguir así —insistió ella—. Tendría que verte un médico.
      —Como digas, enfermera.
     Javier suspiró, bufando nervioso, mientras dejaban definitivamente el tren hacia el Miami.
     —Bueno, podemos acercarnos al centro de salud…
     Lorena le miró torciendo el cuello.
     —Si lo que tienes es serio…
     —No quiero ir a urgencias. —Una sala enorme y atestada, mucho tiempo esperando—. Y tú misma decías…
     Lorena se puso brazos en jarra.
     —Podemos pasarnos un momento por el centro de salud. —La sonrisa de Javier se borró cuando ella volvió a iluminar su teléfono—. Pero en taxi. Como estás no conduces ni loco. Ya vendremos a por tu moto.

—¿Sigues diciendo que estás bien?
     Javier no podía creérselo. Aquel era un centro de salud pequeño de un pueblo pequeño; era sábado por la tarde, todavía no eran ni las diez. Sin embargo, estaba lleno.
     —Buff… —Lorena rebufó, frotándose las manos—. Parece que aquí no han puesto la calefacci… —perdió voz al fijarse en él—. Javi, ¿qué te pasa?
     —¿Qué? —Dio un respingo, volviéndose hacia ella con la urgencia de la víctima de un susto—. No sé, ¿me ves algo raro?
     —Ajá. —Lorena asintió, poniendo cara de haber sido tratada de idiota—. Te has puesto más blanco que la leche. Y… —hizo ademán de acariciarle la sien con la mano—. Estás empezando a sudar… mucho.
     —No, no es nada. —Javier agitó amistosamente la mano, apartándola—. En cuanto veamos al médico estaré bien. Debe haber sido una bajada de tensión o algo…
     Javier le estaba mintiendo y lo sabía. Lo que le angustiaba, lo que le estaba poniendo enfermo estaba delante de ella, en esa misma sala, a su lado, frente a ellos, llenando el pasillo, subiendo y bajando las escaleras. Ancianos acompañados de sus hijos, yernos o nueras. Niños pequeños y no tan pequeños llorando en sus carros, colgando del pecho de sus madres o llorando sobre rodillas. Gente joven que se doblaba bajo la fiebre, alguna víctima de un pinchazo o un corte curado chapuceramente. Sus voces llenaban el aire mientras ocupaban los escasos asientos y se plantificaban en el pasillo, esperando o consolando a los que esperaban.
     En cuestión de minutos, la masa quedó constituida. Una larga cola a la espera de ser llamados. Un puñado de borregos que ignoraba que, entre ellos, podía haber lobos.
     Javier, fatigado y cansado, no iba a ser capaz de luchar, de estar alerta. La forma en que sus intestinos empezaron a retorcerse, en que su visión se ensombrecía, parecía un presagio de ello.
     —Lore… —Como siempre que se ponía nervioso, su boca se puso como un estropajo—. Tengo… que ir un momento al servicio.
     —Muy bien. —Ella se levantó antes de que pudiese acabar la frase—. Te acompaño.
     —No, no hace falta. —Él dejó su asiento, dejando caer su chaqueta para guardarle el sitio—. Está aquí al lado.
     Señaló hacia el fondo del pasillo, consiguiendo únicamente que ella le dedicase una mirada de reproche. Sin embargo, su expresión pasó al asombro al ver la preocupación volver a Javier.
     —¿Qué te…? —Lorena volvió a levantarse—. ¿Ves? No puedes ir solo.
     No, no podía ir a secas. La aglomeración en el pasillo se había traducido en dos nuevas colas frente a los respectivos servicios. Javier se sentía a punto de desvanecerse, y no iba a poder esperar tanto tiempo; por no mencionar que ofrecía un nuevo coto de caza a su enemigo oculto.
     —Voy a ir un momento abajo, a ver si el de la planta baja está más despejado –le comunicó.
     —¿Cómo? —Lorena se irguió en su asiento—. No seas idiota. ¿Y si te llama el doctor?
     Javier no necesitó responder; en los más de diez minutos pasados desde su llegada a urgencias nadie había sido llamado a la consulta asignada.
     —Déjame acompañart…
     —Va a ser sólo un momento —se excusó él, ya de camino a las escaleras, decidido a ir solo—. Y si hubiese algún problema, ya avisaré a una enfermera para que me ayude.
     —Como quieras, graciosillo —le dejó ir sardónicamente.
     Javier, en parte feliz por haberse salido con la suya, se dejó llevar por las escaleras, agarrando con fuerza la barandilla de metal y dejando su cuerpo deslizarse, pensando que sus pies ni habían tocado los peldaños cuando volvió a la planta baja.
     Los aseos de aquella planta baja estaban en un corredor frente a las escaleras, pasada la sala de terapia y la habitación identificada como los vestuarios para sus asistentes. En aquel rincón trasero, las puertas gemelas con las efigies del hombre y la mujer esperaban, vacías, que alguien las llenase.
     Javier se sintió inquieto, pasando de la amplitud del pasillo repleto a la estrechez del servicio vacío. La sala estaba perfectamente iluminada, las baldosas grises brillaban en las paredes y el suelo. No se oía ni el zumbido de una mosca. Había pasado a un mundo totalmente aparte.
     Renqueando con las piernas abiertas, consiguió llegar a uno de los servicios. Esperó lo que tuviese que ser durante unos minutos, sin que llegasen la náusea o el desplome. Aunque no tenía ganas, decidió amortizar la visita; la orina cayó ruidosamente sobre el fondo, llenándole de una liberación que ni siquiera sentía.
     Un chorro de jabón, un poco de agua y un pequeño apretón a la máquina de aire y se encontraba casi nuevo. Sin embargo, pensando en la pérdida de líquido de las últimas horas, volvió a abrir el grifo y colocó su boca debajo, a una distancia segura del metal. Cuando sintió que una sola gota más le haría vomitar, supo que podía volver arriba.
      Abrió la puerta al pasillo amarillento que llevaba a las escaleras; apenas cuatro metros que se le antojaron un kilómetro.
     Sus pasos se detuvieron al ver que no estaba solo. Una figura solitaria montaba guardia frente al servicio.
     Al centrarse y verla, perdió la sensibilidad de su cuerpo. Sus músculos se petrificaron, sus ojos perdieron la capacidad de moverse y sólo su corazón y sus pulmones le mantenían vivo.
     Era ella. Vestido rojo anaranjado, a juego con la iluminación del centro de salud, sin más adornos. Pelo castaño oscuro casi negro, piel rosada, con algunas pecas sobre su cara de muñeca, con coletas gemelas, pequeña nariz respingona y labios finos.
      Le esperaba allí, donde estaba solo e indefenso.
     —No…
     Javier no tuvo oportunidad de hablar ni de retroceder. La niña se abalanzó sobre su regazo, rodeando su cintura con las manos y pegando la cara contra su estómago.
      El efecto que sintió el joven fue de un tirón violento, como si fuese succionado por un aspirador gigante, aunque fue todo tan rápido que resultó divertido, incluso placentero. Después se sintió apresado, rodeado por una camisa de fuerza de cemento que le impedía mover su cuerpo, al menos de cuello para abajo.
     Al instante siguiente a la conmoción, Javier inclinó la cabeza, recordando lo que tenía pegado al cuerpo.
     Los rasgos de la niña se habían desdibujado; cara, cuello y brazos se habían fundido en una única porción, una amalgama alargada de color grisáceo y aspecto fibroso como una raíz gruesa que se hundía en su cuerpo. Javier no podía dejar de mirarlo, especialmente el rostro: aún conservaba el pelo, dividido en dos coletas; y los ojos, aunque habían perdido su forma almendrada, agrandados como dos perlas opacas y sin iris, que temblaban al son de su imposible boca, realizando movimientos de succión… y recordándole de qué se estaba alimentando.
     Se acabaron los pequeños ataques a discreción. Había llegado la hora de eliminar al infeliz que había descubierto su secreto.
     Javier intentó girar, mover su cuerpo; ignorando, tanto que estaba apresado como el efecto de aquel ataque: una debilidad progresiva, un envejecimiento acelerado…
     Asfixiándose, notando sus pulmones colapsados por el pánico, intentó inclinarse y lo sintió: sus piernas estaban libres de la presión que comprimía su cuerpo. Podía flexionarlas, moverlas. Y, después de todo, era más grande y fuerte que ella.
     Javier intentó avanzar; la niña-cosa intentó oponerse empujando contra él, pero la fuerza de sus pies no estaba a la altura de la de su cuerpo. Avanzando como si atravesase un vendaval, Javier dio dos pasos, consiguiendo empujarla. Luego se arrodilló, bajando su cuerpo y arrastrándola con él.
     Se levantó. Había conseguido levantarla. Sus pequeños pies se habían separado del suelo.
    Sin perder tiempo, se lanzó contra la pared. Sintió el pequeño cuerpo aplastarse, emitir un pequeño gemido acompañado de un crujido de naturaleza ósea. Dio dos pasos hacia atrás, más lentos y pesados que los anteriores, y repitió la maniobra. El golpe fue más débil, pero sintió como la enorme presión que lo rodeaba se aflojaba.
     Jadeando, cada vez más cansado, se dispuso a repetir el golpe por tercera vez. En el momento en que volvía a golpearla, ya noqueada o medio muerta, oyó pasos a su derecha, en el pasillo.
     Un hombre fornido de mediana edad con bata blanca de médico apareció frente a él.
     —Pero… —le miró con una mezcla de asombro y desprecio, enseñando los dientes mientras miraba hacia él y al suelo—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué le ha hecho a esa niña?
     Javier, libre por fin, quiso mirar al suelo, no viendo más que un cuerpo informe y gris, con dos piernas largas y delgadas agitándose como la cola de un pez en el aire…
     Intentó llegar hasta la pared entre servicios, apoyarse lo bastante para mantenerse en pie. No lo consiguió.
     —¡Voy a llamar a seguridad! –gritó el recién llegado, mirando a uno y otro lado con urgencia—. ¡Socorro! ¡Ayuda, por favor!
     Javier creyó percibir que alguien, el médico seguramente, no sabía si sólo o con refuerzos, corría hacia él, ya fuese para contenerle o para socorrer a la “niña”.
     No llegó a verlo, en cualquier caso. Se dejó caer sentado, apoyando la cabeza contra el suelo, a escasos centímetros de la pared. Se sentía cansado, mortalmente cansado. Le había llegado el momento de tomarse un pequeño y reparador sueño.
    
     —¿Dó… dónde…?
     —Shhh, estás bien —le consoló una voz familiar y cercana.
     Javier consiguió parpadear. Estaba en una cama, con una sábana hasta el cuello, mirando el techo extraño de una sala extraña. Lorena estaba de pie, inclinada sobre él.
     —Te has desvanecido en el servicio. Ahora estás en el hospital –sonrió, intentando animarle—. Hemos venido en ambulancia. ¿No te has enterado?
     —No. De nada…
     Al moverse, Javier se dio cuenta de que tenía un gotero enchufado al brazo. Su ropa también había desaparecido, sustituida por un pijama azul de hospital.
     —Ha pasado algo raro –le explicó Lorena, sentándose a su lado sobre la cama—. Un doctor imbécil se puso a gritar, diciendo no sé qué de que le habías hecho daño a una niña.
     Por un momento, la columna de Javier se tensó bajo la sábana.
     —Pero, cuando llegaron los de seguridad, no había nada; sólo tú en el suelo, sin sentido.
     —Entonces, ¿dónde estamos?
     —En neurología. Van a hacerte pruebas. Pero no estabas para esperar en urgencias… —Ella le tendió una mano, que se entrelazó con la suya—. Han avisado a tus padres. Vendrán en un rato.
     Javier sonrió. En ese momento, llamaron a la puerta. Al abrirse, una doctora esbelta de pelo cano entró, acompañada por una enfermera de uniforme blanco.
     —Disculpe —se dirigió directamente a Lorena—. Pero voy a tener que pedirle que le deje. Quisiera hablar con él.
     —Vale. —Lorena se levantó—. Lo entiendo.
     Le mandó un beso y se dirigió a la puerta. Javier la siguió en todo momento, hasta que sus ojos se cruzaron con la enfermera.
     Era joven y muy delgada; el uniforme se adhería a su cuerpo como a un maniquí de escaparate. Dos coletas le caían por detrás de la cabeza, permitiendo una visión clara de su cara en forma de pera, con una pequeña nariz respingona cubierta de pecas y una larga sonrisa de labios finos, que resaltaba su parecido con una figura pintada.
     Javier se contrajo en su lecho, intentando gritar. La sonrisa de la doctora se esfumó.
     —¿Qué le ocurre? —se inclinó, intentando agarrarle—. ¿Qué le pasa, Javier?
     Javier, aturdido y con la boca seca, presa del pánico, hizo torpes amagos para señalar a la enfermera, encontrándose con que su brazo se había vuelto pesado e inerte. Debían haberle sedado.
     —Tendremos que sedarle. —Se volvió hacia la enfermera, dándole instrucciones. La mujer dejó la habitación, dedicándole antes una sonrisa de despedida.
     Javier se calmó en el acto, intentando así enviarle una indirecta a la galena. Por supuesto, no lo consiguió.
     —Bueno –empezó a decirle, brazos en jarra y con la máxima seriedad—. Al principio no parecía grave, pero parece que está peor de lo que pensábamos.
    Cuando la puerta volvió a abrirse se volvió para ver a la enfermera; por suerte la abejita que acudía a picarle era diferente: una mujer rubia, de pelo largo y rostro severo.
     Javier se dejó pinchar y se dispuso a dormir, confiando en haber soñado despierto hasta entonces.
      Al cabo de un tiempo indeterminado, unas voces en la puerta del dormitorio le despertaron. Incorporándose como pudo, vio a sus padres hablando con la doctora, que enumeraba la lista de pruebas a las que iban a someterlo.
     —…análisis de orina, heces y sangre, electroencefalograma, potenciales evocados… —la doctora inclinó la cabeza—. Y lo que haga falta, hasta estar seguros de lo que pueda tener.
     Javier vio a su padre asentir, mientras su madre se inclinaba. Parecía que iba a romper a llorar.
     Él se incorporó, listo para llamarles, decirles que estaba despierto y que no se preocuparan. Estando de espaldas a él, sus ojos se cruzaron con los de la enfermera.
     Esta no era la mujer canosa y seria que le había sedado antes. Esta era más joven, pelirroja y con la tez del color de la leche, ojos almendrados, nariz respingona cubierta de pecas rojas como la urticaria y labios finísimos.
     Se quedó inmóvil durante un segundo, mirando a su paciente. Luego añadió:
      —Me temo que pasará mucho tiempo con nosotros.
     Sus palabras tuvieron de por sí el efecto de un narcótico; Javier se desplomó como si le hubiesen dado un puñetazo. Mientras, a través de la puerta entreabierta, una risa jocosa e infantil le llegó desde alguna parte del corredor del hospital, dominio de doctores y enfermeras adultos.