lunes, 20 de julio de 2015

CORRIENDO ENTRE LOS PINOS

     —Muy bien, entonces… ¿te devuelvo ya?
     —Sí. —Ella volvió a mirar su reloj y asintió tajantemente—. Ya va siendo hora.
     Inés Gaceo subió al asiento de copiloto del Peugeot Crossover de su novio. La luz volvió a encenderse cuando Aitor Gomis abrió la puerta del conductor y se acomodó tras el volante. Bajo el espejo interior, adornado con una parodia de cuerda de un muñeco vudú; la hora relucía en el salpicadero: las once y veintiún minutos.
     —Joer —gruñó él, metiendo la llave en el contacto—. No sé por qué coño tenemos que seguir volviéndonos tan pronto.
     Ella refunfuñó, pero por poco tiempo.
      —Ya lo sabes —le susurró al oído, sonriendo—. Para poder seguir juntos.
     Antes de que encendiese el coche, le hundió los labios en el cuello, presionando la aorta con precisión vampírica. Pero su objetivo no era abrirla para atiborrarse de sangre; para eso bastaban los tres cubatas que ya llevaba encima.
     Él se rió por lo bajo, antes de liberarse y devolverle el beso. En contraste con la carne dura y fría de Aitor, Inés se rió cuando él empezó a succionar la carne blanda y tibia de su garganta.
     —Para. —Lo apartó de un manotazo—. Que me vas a dejar marca.
     Aitor obedeció, poniendo por fin el Peugeot en marcha.
     —¿Cuánto seguirás así, tía? —dijo mientras hacía marcha atrás hasta dejar su hueco.
     —Quién sabe… puede que en dos años. Te llevo a casa, digo que acabo de conoc…
     —Sí, sí, lo que digas.  —–Giraba el volante con habilidad mientras hablaba, hasta encarar por fin la avenida Azorín—. Esto no va a colar tanto tiempo.
     —Bueno, mientras cuele lo de que estoy en Alicante con mis amigas.
    Él bufó y pisó el acelerador. Atrás quedaban tanto la Copa Cabana (la nueva y única discoteca propiamente dicha de Ibi) como el propio pueblo. Pasaron como una exhalación bajo la silenciosa A-7, como un pez rozando con su aleta dorsal el vientre de una ballena dormida, tomando la cuarta salida a la izquierda. Hacia Tibi, cabeza de puente hasta casa de ella, en la urbanización Bon Aire.
     —Sigo pensando… que deberías hablarlo con tu padre. No será…
     —Calla y conduce. Tú no sabes cómo es.
     —No me hables así, bonita.
      —¿Cómo entonces? ¡Por favor, señor conductor, que si no llego a casa a mi hora me van a regañar! –replicó en falsete.
     Aitor, por un momento, le dirigió una mirada feroz, que pretendía ser fulminante… y los dos rompieron a reír. Sí, así era su relación; fuerte en su inestabilidad, necesitada del mismo apoyo por ambas partes para mantenerse encauzada.
     Se habían conocido hacía apenas siete meses en una fiesta de cumpleaños en Castalla, encontrándose tal para cual pese a sus muchas diferencias. Él vivía en Ibi, tenía veintiún años y trabajaba de cajero y reponedor en la tienda-quiosco de su padre. Al mismo tiempo, estudiaba un módulo de electricista. Inés, por su parte, tenía sólo diecisiete años, estaba a punto de terminar el Bachillerato y le gustaba la idea de estudiar para maestra. Y, como el argumento de una película melodramática, el obstáculo para su relación no lo supuso la distancia, sino la familia de ella; más en concreto su padre, Miguel. Un rígido patrullero de la Guardia Civil de San Vicente; orgulloso de su forma de criar bien a su hija: que no tomase drogas, que hiciese los deberes, que estuviese en casa pronto y que no se acercase ni a quinientos metros de un chico, especialmente si iba maquillada y con falda. Una forma de no acabar con el corazón roto y trabajando de puta, le dijo alguna vez en un arrebato de sinceridad.
     La solución (muy original) al problema fue verse en secreto. Un par de veces por semana (alguna más si lo permitían sus agendas), un paseo por el pueblo de él, un momento íntimo en su dormitorio de la casa familiar y un rato bebiendo y bailando en la discoteca; manteniendo el contacto entre semana mediante una serie de discretas y cortas misiva en el cifrado mensaje de los enamorados (y de los mensajes por teléfono móvil); una vía que su padre, por muy ogro que fuese, todavía no osaba invadir. Después él la dejaba en la puerta de su casa, donde su padre sabía que acababa la noche, fiándose de ella lo bastante (eso decía, al menos) para no esperarla. Mientras no se asomase esperando ver a Claudia o a María y se encontrase con el desconocido coche de un chico mayor que ella, no tendrían problemas. Y es que, aunque Inés estaba segura de que no era ni tan severo ni chalado como para darle una paliza (de niña era aficionado a palmadas en el culo que llamaba correctivos) sí podía estar segura de que su habitación podría convertirse en calabozo durante un período de tiempo muy largo.
     En cuestión de minutos, que pasaron frente a sus ojos con la ligereza de su corta melena castaña puesta al viento, pasaron el puente de Tibi, un pueblo pequeño y antiguo sumido puntualmente en un sueño que parecía durar ya cincuenta años. De allí se metieron en el primero de los surcos en la tierra cavados a base de rueda empujada a motor que, por suerte, Aitor había aprendido a seguir como las líneas sobre la palma de su mano. Empezaba un descenso a otro mundo, alrededor del cual los bancales subían a su alrededor como montañas, cubiertos de almendros y alguna casa aislada. 
     Una escena que podía ser preciosa de día aunque careciese de todo brillo: allí todos los colores eran opacos; el marrón de la tierra, las copas de los pinos, el azul del cielo violado por alguna nube. Sin embargo, en aquel momento, la única luz en aquella parte del mundo eran ellos. Las hogueras de las dos poblaciones, la pequeña y la diminuta, habían quedado atrás, envueltas por la noche como una cortina de humo y dejando las luces delanteras y traseras de su coche como una vela que atraía todos los ojos, como los de las polillas que los seguían con la insistencia de buitres.
     —Lo que podemos hacer… —propuso ella, hablando despacio para no romperle la concentración—. Es, el próximo día, ir a otra parte. Si quieres, podríamos ir a Alicante de verdad.
     —Bueno… —masculló él—. Así no estarías engañando a tu padre, ¿no?
     Ella se rió por lo bajo.
     Un cruce más y dejaron atrás las tierras trabajadas por el hombre. Frente a ellos, sólo veinte kilómetros hasta la urbanización, apenas quince minutos por aquel camino esbelto y sinuoso que se doblaba entre dos alturas. Inés tragó saliva, hundiendo el trasero en su asiento y apoyando las manos sobre sus rodillas. Para ella empezaba la parte más dura del trayecto, y si aunque había recorrido aquella ruta docenas de veces, seguía pareciéndole siniestra, en especial de noche.
     A su derecha, el monte subía como una cuesta eterna enterrada por los pinos, entrelazando sus ramas; manos grises y delgadas hasta lo imposible cubiertas por miles de dedos verdes. Un presagio de miles de cuerpos bajando indiferentes sobre ellos, aplastándolos bajo pies de madera.
     Sin embargo, la inquietud que pudiesen producir los árboles de arriba se quedaba en nada al mirar hacia abajo, a la izquierda. Por suerte, en aquella parte Inés nunca conducía y, como solía ir en el asiento delantero, estaba a salvo de la mortífera tentación de asomarse por la ventana.
     El efecto de bastedad, de continuidad, era incomparable al bajar el desnivel. Allí sólo se veían las copas, conformando una pradera sobre zancos lista para recibir al que se echase sobre ella, aunque fuese al coste de quedar machacado contra el suelo.
     Por algún motivo, aquel momento le hacía pensar en una versión terrestre de La Sirenita con ella de protagonista, recorriendo la larga oscuridad de la garganta de la guarida de la bruja. Y, allá abajo, en el fondo, los sirenos malditos que no pagaron el precio de los poderes prohibidos; de cuerpos largos y grises que emitían mudos gritos de angustia por bocas informes mientras una corriente pasajera los mecía. Y, aunque en la noche los únicos ojos que parecían mirarles sin tapujos eran las estrellas desperdigadas en el cielo, náufragos fugitivos de la radiación lumínica, era imposible no mirar hacia esa bresca sin pensar que algo, entre las ramas, les miraba.
     Inés respiró sonoramente, sintiendo su cuerpo caliente por el alcohol, mirando a Aitor.
     —Igual podría… podremos hacerlo de otro modo. Les digo a mis padres que te he conocido y que sólo somos amigos, de momento. Para que la cosa parezca más gradual.
     —¿Para qué se vayan acostumbrando a mí hasta cogerme cariño?
     —Ja, ja. Bueno, si fueses un gato…
     —Es una buena idea.
     —¿Sí? –Ella le dirigió una mirada pasmada.
     —Sí. –La miró un instante, antes de volver su atención a la carretera—. Así, si tu pa…
     Dejó de hablar, tensando la mandíbula tanto como sus manos. Inés, sorprendida por su reacción, se volvió hacia delante. Sus ojos se dilataron tanto como los de su novio.
     Algo había caído frente al coche; algo que parecía caído del cielo. Era imposible saber qué era porque dio contra el suelo muy rápido, no pareciendo más que un borrón gris. Un borrón muy grande.
     —¡Pa…!
      Aitor ya pisaba a fondo el freno; las ruedas se hincaron en el suelo, levantando polvo y grava hasta pararse. Antes, sin embargo, la pareja notó que el coche se elevaba unos centímetros, aupado por algo bajo las ruedas delanteras.
     Los dos se mantuvieron inmóviles, en silencio y con la vista al frente, esperando algo. Un golpe sobre el capó, un miembro alargado en busca de algo a lo que aferrarse, un gemido de dolor. En el reloj digital, los minutos pasaron. Fuera, sin embargo, no cambió nada.
     —Le… —Aitor dobló el cuello hacia Inés, con pánico en sus ojos—. ¿Le he… dado? ¿Sabes…?
     —Creo que no –se limitó a decir ella, incapaz de mover nada salvo la boca—. Creo que el coche le ha rozado… pero ya había parado.
     —Oh, Dios… Dios… ¡Mierda!
      Estampó el canto de su mano derecha contra el volante, llevándoselo luego a los labios con un gemido.
     —¿Qué era? —preguntó al reponerse del golpe—. ¿Lo has visto, Inés? Un animal, un perro… o…
     —No estoy segura –reconoció—. Parecía muy grande, pero… No, no me ha parecido una persona.
     Los dos volvieron a mirar la pantalla del limpiaparabrisas, los faros abriendo un escenario vacío en la carretera desierta.
      Aitor accionó su cinturón de seguridad, doblándose para llegar cómodamente a la manija de su puerta.
     —Aitor, ¿qué…?
     —Bajo un momento… a ver qué es.
     Ella le agarró por el codo, reteniéndole con la puerta ya abierta.
     —Te acompaño. Así, si hay que hacer…
     —No, tranquila. —Le colocó las manos sobre los hombros con aparente afán tranquilizador; en realidad presionó hacia abajo, devolviéndola al asiento—. Voy a ver qué es. Si está vivo o puedo ayudarlo… o si no, apartarlo para pasar sin proble…
     Aitor fue perdiendo la voz a medida que se separaba de ella, cerrando por fin la puerta, con el motor en marcha.
     Erguida en su asiento, respirando sonoramente y apretando sus manos, Inés miró a su derecha; donde la cuesta era una desigual pared de tierra y rocas sobre la que subían los árboles. Una buena rampa si alguien quería suicidarse saltando en monopatín o bicicleta, aunque tenía sus dudas sobre lo intencionado y humano del accidentado.
     De ahí devolvió su atención a Aitor, que entraba en el radio luminoso de los faros por la izquierda. Al ver su cara, no pudo evitar parpadear, sintiéndose engañada.
     Aitor había abierto la boca y fruncido el ceño, no con temor o asco por las consecuencias del choque. Estaba confundido; mirando, cabizbajo y con los brazos en jarra, el cuerpo… lo que fuese que casi habían aplastado las ruedas delanteras.
     —Ait… —Al comprender que no le oiría, Inés bajó su ventanilla—. ¿Aitor, qué pasa? ¿Por qué pones esa…?
     Él, todavía con los brazos en los costados, empezó a agacharse, desapareciendo bajo el capó.
     —Es muy raro, Inés. No…
     La voz de Aitor se perdió; algo, una especie de gruñido la absorbió. Y justo después… la visión de Inés se oscureció.
     —¿Pero qué…?
     La chica saltó en su asiento hacia adelante, rebotando de vuelta cuando su cinturón la retuvo. Con un gemido de frustración lo soltó, volviendo hacia adelante.
     —Ah… —Se llevó una dubitativa mano al mentón, perdiendo todo pensamiento coherente mientras el sonido del dolor escapaba entre sus labios.
     Una capa de oscuridad había cubierto el cristal; una capa de consistencia líquida. En los bordes podían reconocerse los goterones gruesos cayendo. Y no fue, hasta el segundo siguiente, que Inés lo reconoció. Parecía…
     No, no puede ser.
     Su mano abrió su puerta; en ese momento algo en su cabeza, una voz que hablaba no con voz sino con ideas la animó a pasar al asiento del conductor y acelerar. El coche seguía en marcha. Y, en ese momento lo pensó; en toda película de terror donde un chorro de sangre cubría por completo un coche, la chica que se quedaba sola a la intemperie acababa muerta; y de un modo nada agradable, además.
     Pero, se dijo así misma, eso no era una película, y su novio la necesitaba.
     Aterrizó en el suelo con inestabilidad, una inoportuna extensión de lo que había sido simple inseguridad física; como la mayoría de chicas de su edad, no era muy alta, llegándole a Aitor, que media algo más de metro setenta, por el pecho. Por eso, lo que no había sabido hacer Dios, lo había arreglado con unos botines de tacón alto de Adolfo Domínguez, que ahora se le antojaban tan seguros como zancos para niños.
    Pero la urgencia es una maestra eficaz a la hora de corregir inconvenientes, y al siguiente paso ya doblaba la esquina del parachoques del Peugeot.
       Un nuevo movimiento fugaz, una mancha grisácea pasó frente a sus ojos… e Inés retrocedió, cayendo de culo frente a los faros encendidos. Cegada como si fuese pleno día y estuviese cara al sol, interpuso su brazo derecho ante la luz traidora. Al recuperar la vista se sobresaltó, retrocediendo como si hubiese aterrizado sobre una sartén llena de aceite hirviendo. A los pies del Peugeot, sólo había tierra removida… y una amplia mancha de sangre. Ni rastro de Aitor ni de lo que fuera que les había hecho parar.
     Entonces lo oyó; un objeto pesado rebotando sobre el techo del Peugeot, aunque no con bastante fuerza como para aplastarlo o reventar sus cristales. Inés intentó ver qué era, pero la luz la mantenía en la ignorancia… parcial. No fue capaz de ver qué era, pero sí lo que había hecho.
     A dos metros de los faros, Aitor colgaba cabeza abajo en el aire. Reconoció su cabeza, enmarcada por sus dos brazos inertes; el pelo castaño de punta, la barba rala de su barbilla, incluso el destello dorado del aro en su oreja izquierda, desplazado a la derecha por la inversión del cuerpo. Y, aunque los rastros de sangre que bajaban por su grueso cuello no dejaban dudas sobre su estado, había sido capaz de conservar la expresión aterrada en el rostro.
     El aire dejó sus pulmones mientras sus ojos se irritaban; Inés sintió ganas de llorar mientras la visión del cuerpo inerte de su novio la invitaba al desmayo como el vaivén de un péndulo hipnotizador. Pero no hubo lágrima, ni desvanecimiento, ni vomito. No había tiempo para eso.
     Sin apartar los ojos pese a los ardientes faros y aunque habría sido más útil bajar el brazo, Inés empezó a arrastrarse hacia atrás con las piernas, ayudándose de su mano izquierda. La grava le arañaba la cara interior de la mano y las piernas y notaba la arenilla pegarse a su ropa y piel, atraída por el sudor, pero no le importaba. Algo le decía que, si le daba la espalda, se arrepentiría.
      Recorrió metro y medio escaso hasta, por fin, decidirse a levantarse. Y, entonces, fue capaz de ver algo.
     Tanto su novio como la figura que lo sostenía se habían mantenido en el mismo sitio. Se dio cuenta de que a Aitor le habían causado la muerte gruesos pinchos de los que ahora pendía su cuerpo. A la altura de su pecho, podía ver su camisa (blanca a rayas) perforada y empapada en sangre. Y hundiéndose en torno a ella, las grandes púas blancas parecidas sospechosamente a dientes; dientes demasiado grandes para cualquier boca en que pensase
     Inés tomó aire, luego se tapó la boca. Empezó a retroceder, pisando despacio con sus tacones.
     No pasa nada, se decía. Ya tiene algo que comer. No vendrá…
      No sabría por qué su ojo derecho dejó escapar una segunda lágrima en aquel momento, si por haber pensado en Aitor como un simple fiambre… o por ver aquella cabeza imposible sacudirse, lanzándolo hacia el bancal por donde vino. El cuerpo voló como un avión de papel y aterrizó como una naranja madura.
      Inés se volvió y empezó a correr, sintiendo por un momento que perseguía a su sombra, aquella versión plana y desproporcionada de ella extendida por las luces. Sus cuatro primeros pasos fueron rápidos y acertados, aunque las piedras del camino se lo ponían difícil. Acabaría besando el suelo, pensó.
     Fue entonces cuando volvió a oír el coche sacudirse y un impacto seco contra el suelo. El asesino de su novio había bajado a por el segundo plato.
     Inés sintió por un instante la tentación de girar la cabeza y ver; ver a aquel engendro recortado contra los dos faros. Pero no perdió aquel valioso tiempo, esencialmente porque entendió que no hacía falta. Primero le bastó oírle andar, pisando con lentos y largos pasos el mismo duro suelo. No corría, ni parecía muy rápido, pero recorría mucha distancia en poco tiempo; en cuatro segundos debió reducir la distancia a ella en menos de un metro. Aquello le bastó para saber que era muy grande. Y, para salir definitivamente de dudas, las mismas luces desplegaron como una capa de crudo sobre su sombra otra figura de oscuridad mucho mayor, que la cubrió sin dejar rastro, engulléndola. Una metáfora de lo que pensaba hacer con su cuerpo real.
      Inés apretó el paso, pasando a correr. Un traspié casi la lanzó de cabeza hacia adelante, haciéndole morderse el labio inferior mientras gemía, frustrada. Era inútil. Era demasiado rápido. En línea recta, y con aquel calzado…
     Se detuvo sólo un momento, el justo para pasar de Sirenita a Cenicienta. Corrió, abandonando los dos botines, comprendiendo al momento que había cambiado el aceite ardiendo por el fuego; sus pies eran blandos, sus medias se desgarraban, y el suelo era duro. Casi le parecía oír el crujido de sus dedos al caer como hojas secas entre las piedra salientes…
     No servía de nada, seguía teniéndolo detrás. A sus pisadas se había unido ahora su respiración, larga, pesada, húmeda…
      Inés se fue apartando hacia la izquierda, hasta el borde de la carretera. Allí las piedras, marginadas por los coches, eran más gordas; una de ellas rodó bajo su maltratado pie derecho como una pelota de tenis. El espartín le llegaba a las rodillas, haciéndole cosquillas con hojas de alambre.
     Allí estaba, el mar de pinos. La caída, de al menos siete metros, no era vertical, sino en una pendiente muy acusada. Si tenía cuidado podría llegar a los árboles sin matarse o quedar lisiada, y con suerte…
      Un seco resoplido, acompañado de una pisada, la animó a dar el paso adelante.
     De correr la maratón pasó a una rayuela; dando pasos largos y calculados para pisar la tierra, arañando piedras y sacudiendo arbustos sin tropezar, caerse o provocar desprendimientos. Inés apretaba los labios, conteniendo los gritos de dolor, por miedo a acabar mordiéndose la lengua.
     Fue una bajada rápida, apenas le llevó un minuto. Llegó al suelo dando bandazos, extendiendo los brazos para equilibrarse, pateando sus pies semidescalzos para librarse de aquellas ascuas frías. Le dolían de verdad, sentía que las piedras habían destrozado sus falanges. Y, al mismo tiempo, sentía el dolor ganando fuerza en su costado, hinchándose como un globo; calientes punzadas cardíacas en su pecho y el sabor a sangre en la garganta. Mucho tiempo así y no llegaría lejos. Pero…
     El campaneo de piedrecillas rodando la alcanzó. ¿Derribadas por ella?
      No. A los escombros pequeños siguió un golpe parecido al de una azada traspasando el suelo compacto como una capa de escarcha.
      Inés, doblada sobre sus rodillas, jadeó un par de veces, llenando sus pulmones de aire antes de continuar su marcha. Rozó un arbusto grande, un espino negro o una aliaga, que le cubrió el costado derecho de arañazos abiertos. Gimió, pero no le hizo más caso. Los arañazos que la perseguían eran de lejos mucho peores que los que llevaba.
     Al llegar a los pinos, sintió como si acabase de pisar dentro de una bañera templada. La pinaza, en la que se hundió hasta los talones, era fresca y reconfortante, un bálsamo para sus maltratados pies. Inés se tomó la libertad de aligerar un poco el paso, disfrutando del momento de alivio. Era como hundirse, pisando un pantano de arenas movedizas en el que se sumergiría con gusto, a cambio de dejar atrás…
     Otro estallido de tierra, todavía en la pared, pero más cerca, la devolvió a la realidad: la imaginación no podría rescatarla.
      Inés cobró consciencia de la trampa de su planteamiento: con los pies tan hundidos le iba a costar el doble correr, y ya estaba exhausta. Además empezaba la parte más difícil de su escapatoria: la carrera de circuito, a través de los árboles.
     Los pinos carrascos que sembraban las faldas de la sierra del Maigmó, eran tan altos como esbeltos; fáciles de tirar si al viento le diese por soplar como al lobo de los tres cerditos. Pero para una chica joven y delgada como ella, no eran diferentes a pilares de cemento; estacas colosales que se plantaban frente a ella… a oscuras.
     Empezó a levantar las piernas, simulando pisar dentro de neumáticos; un juego que había en un parque de su infancia. Sin embargo, un gemido en su garganta reveló el error de su idea: las mismas agujas secas que antes la aliviaron ahora la herían, atravesando sus medias desgarradas y piel desollada como clavos oxidados. Un recuerdo de lo importante que es elegir calzado para el campo.
     Optó por dejar de correr y empezar a trotar. La pinaza amortiguaba sus castigados pies, y le daba tiempo de sobra para esquivar los obstáculos. Fue capaz así de cruzar dos veces el hueco entre dos pinos vecinos y apartarse a la derecha cuando un grueso y solitario tronco se le plantó delante. Inés lo esquivó, rozando otro árbol que reavivó el dolor en sus cortes y pasando a la derecha de un árbol joven. Entonces, sin embargo, se estampó contra un árbol más viejo.
      —Joder…
     La chica se apartó, frotándose en un intento mutuo de desprenderse del dolor y los restos de corteza, antes de dar otros dos brincos… y, ya exhausta, seguir alejándose a pie.
      No sabía cuánto se había sumergido ya en el abismo de los pinos, así que, al pasar junto a un ejemplar que la doblaba en anchura, se situó tras él, apoyada de espaldas y, respirando arduamente, escuchó. Le pareció demasiado silencioso. Algunos grillos cantaban, un aullido que le pareció el de un búho hizo eco y un murmullo remoto, quizás el de una carretera, revoloteó en sus tímpanos...
     Eso era. Parecía que estaba perdida, pero aquel era terreno civilizado. Aunque lejos y difíciles de encontrar como los videoclubs aquellos días, en aquellas laderas en tinieblas había gente. Chalets, incluida alguna cabaña de madera, rodeada por una cerca con un timbre para enterarse de las visitas (eso si no tenían un perro grande y cabrón deseando que le alegrasen el día). Sólo tenía que buscar alguna, un destello en aquel túnel a oscuras, y llegar…
     Inés contuvo la respiración apretando su espalda contra su improvisado refugio. Todavía seguía detrás de ella, lejos; quizás al principio del pinar… pero allí. Oía sus terribles pasos aplastando las agujas de pino, sus dedos arañando los troncos como un ciego leyendo braille, desprendiendo la corteza como pintura vieja entre crujidos de huesos al partirse. Vistos con luz, estaba segura, aquellos árboles lucirían arañazos salidos de una película de Freddy Krueger.
     Recordando sus días pasados de niña que iba a ballet, Inés se apoyó en el suelo con la punta de sus pies. Amagó un grito; si no tenía nada roto sus dedos estarían tan llenos de cardenales que iban a parecer patas de cangrejo hervidas. Pero, al menos, seguía sin llegar. Tenía su oportunidad.
     Tomó aire una última vez. Luego corrió.
     Hizo crujir últimos restos de la alfombra de pino, esquivó los dos últimos pinos en su camino y volvió a pisar en firme. A su alrededor saltaba un enjambre de piedrecillas como langostas, a medida que las ondulaciones del terreno crecían, acercándose hacia ella.
     No tenía ni idea de cuánto corrió a través del camino más o menos lineal entre desniveles. Masas de tierra aglutinada con piedras crecían a su alrededor como si se hundiese en el cauce seco de un río. Un par de veces atravesó un seto natural, volviendo a sentir el dolor del roce de las espinas. Jadeaba, notaba ardor en sus ojos (habría empezado a ver una neblina gris oscureciéndole la vista, si tuviese luz) y sentía su garganta arder, abrasada por la mezcla de esfuerzo y viento frío. ¿Y sus pies? Se puede llorar por lo roto, pero no por lo arruinado.
     Cuando por fin paró, otro grupo de pinos, más disperso, ascendía por una loma, una fila de descomunales banderines que marcaban la meta de su circuito. A su alrededor el terreno volvía a agitarse, coronado por jaras, lentiscos, romeros y otras plantas imposibles de reconocer de noche.
     Inés avanzó, arrastrando despacio sus pies con los dientes apretados, hasta reconocer el contorno romo de una roca. Se sentó sobre ella, jadeando sin disimulo y con ganas de llorar. Y gritar.
     Se sentía derrotada. El dolor de los pies había ido perdiendo importancia frente al conjunto de su cuerpo, a media que los saltos y envestidas habían aflojado sus articulaciones y azotado sus huesos. Sentía frío; el sudor se secaba en cada milímetro de su piel. El mero hecho de respirar le suponía un suplicio. Pero, al menos, estaba a salvo. Hacía ya rato que no oía ningún sonido tras ella; ni respiraciones ni pisadas, ni piedras arrastradas ni ramas partirse.
     Inés esperó, sintiendo el pulso que comprimía sus venas relajarse, antes de volver a levantarse. Le seguían doliendo los pies, pero mientras no tuviese que correr…
     Un ruido, un crujido a unos veinte metros frente a ella, la distrajo. Era un hueco bajo un desnivel, unos metros a su derecha, formado por dos montones de tierra recubierta de maleza.
     En pie, Inés hizo amago de retroceder, pero se contuvo. En vez de eso, empezó a respirar lentamente, inhalando larga y silenciosamente por la nariz, notando su piel erizarse y su corazón volviendo a correr. Pero no se movió. Aquella cosa la perseguía. Y el sonido venía de delante.
     Dobló el cuello, sobresaltada por un crujido tras un pino. Unos segundos después, a su izquierda, tan cerca que podría tocar a su autor de alargar la mano, el espartín empezó a vibrar, movido por una forma invisible, hasta perderse en un susurro.
     Durante varios minutos, cruzando los brazos sobre el pecho en un intento por contener el frío, el sonido pululó dando vueltas a su alrededor; siempre débiles, pequeños crujidos allí o allá. No se veía al autor, que cada vez dudaba más fuese el enorme monstruo que había matado a Aitor, forzándola a perderse en la espesura. A menos que quisiese confundirla, asustarla y enloquecerla para tirársele por detrás mientras chillaba o corría a ciegas…
     Inés apretó los dientes, notándolos chirriar, casi agrietarse… y se calmó al instante. Acababa de acordarse de dónde estaba. Dudo un momento sobre cómo afrontarlo. Por fin, apretando los puños y cerrando los párpados, echó la cabeza hacia atrás y gritó:
     —¡Ya vale! ¡Silencio, todo!
     El efecto fue inmediato, el perímetro a su alrededor enmudeció de inmediato, barrido por la onda de voz. Las alimañas, temerosas del hombre por naturaleza, decidieron volverse tan discretas como ella. Arañas, serpientes, conejos, zorros, jabalíes… Todos se callaron; callaron o huyeron, dejándola en paz.
     Inés, pasados lo que parecieron cinco minutos en aquella paz absoluta, volvía a sonreír, feliz por su pequeña victoria. Quién sabía; igual el eco de su grito llegaba a alguna casa, una cuya luz no pudiese ver, y alguien (a poder ser escopeta en mano) acudía en su ayuda.
     Oyó otro sonido y, esta vez, sintió su espina dorsal erizarse como su vello. Este, ahora sí, venía de detrás. Y no era un único murmullo o un simple pedazo de madera al partirse. Era una serie, una batería de impactos sucesivos como la marcha de un tambor, acompañados de crujidos en la tierra o los arbustos. Los reconoció al segundo; la forma que tenía su perseguidor de dejar su sello en el terreno por el que pasaba, marcándolo como su camino. ¡Propiedad privada, ay del que se cruce con ella!
     Inés se volvió por completo, mirando a derecha e izquierda, intentando ver algo. De donde llegaba el sonido había pocos pinos, separados entre sí, y el terreno se allanaba. Algo tan grande debería verse, sin importar la oscuridad.
     Pero no consiguió localizarlo, mirase donde mirase. Las piedras rodaban, las ramas se partían, cada vez más fuerte y más cerca… pero no veía nada.
     Inés se agachó, apoyándose en la roca, preguntándose si sería otra mala jugada de sus sentidos o un animal más valiente. Ya lo había dejado atrás.
     Sintió ganas de morderse la lengua, por haber obviado lo más evidente de todo: no sabía nada de su enemigo, salvo quizás, que podía llevar un hombre en la boca como un perro una pelota y subirse de un salto al techo de un coche. ¿Tendría otros trucos? Ir saltando de árbol en árbol como Tarzán o volverse invisible…
     Con un quejido, más de resignación ante su ignorancia que de miedo, Inés empezó a moverse, siempre adelante, ahora caminando. Si quisiese correr sus pies la llevarían al suelo. Y allí estaría perdida.
     Se encaramó a uno de los salientes entre los pinos, moviéndose entre ellos mientras el sonido se acercaba. ¿Qué hacer? Correr era imposible, pero si se quedaba allí acabaría pillando igual. Sólo podía poner tierra de por medio. Debía pensar…
     Llegó a la base de un gran pino de gruesas raíces descubiertas. Este era el fin de aquel terraplén natural; a sus pies el suelo acababa. Al bajar, sujeta al árbol y a punto de doblarse sobre sus rodillas, comprobó que había resistido con firmeza la erosión, formando con sus raíces un amplio hueco en el borde de tierra…
     Inés interrumpió todas sus acciones; correr, respirar, pensar. Quizás, por fin, la solución le había llegado sola.
     La chica se agachó, metiéndose de espaldas en el hueco hasta sentir sus hombros presionados por las raíces. En ese momento se acuclilló, reduciendo aún más su presencia, intentando notar que llegaba a la tierra. En vano. Esta formaba una bóveda de escasos diez centímetros sobre ella, obligándola a permanecerse inclinada para caber. Si se asomaba al hueco, si la encontraba, no podría ni intentar correr.
     Inés dobló la cabeza hasta rozarse con el mentón las rodillas, entonces se tapó los ojos y la boca con las manos. Era lo único que podía hacer para mejorar su escondite.
     Mantuvo la postura, incómoda y forzada, notando su espalda resentirse por el esfuerzo y sus rodillas temblar, ansiosas por salir de allí sin importarles mucho todo lo que habían sufrido los pies. Sin poder ver, Inés sólo oía el eco de los pasos convertirse en golpes cercanos. Cada vez estaba más cerca.
     Cuando sonó como un golpe de platillos detrás de su oreja, contuvo la respiración. Dos golpes más y un corto rastro de tierra le cayó por encima. El sonido paró y ella se atrevió a mirar. Desde lo alto de su refugio cayó un poco más de tierra. Sus jadeos de perro grande reverberaban bajo tierra como un tren cruzando un puente, convirtiendo su refugio en una caja de resonancia donde ella se estremecía con cada exhalación.
     La chica tragó saliva, sintiendo un latido tan fuerte en su corazón que le pareció que iba a explotar. Lo tenía justo encima, seguramente rastreándola de algún modo. Y su pista le había llevado hasta allí.
     Inés volvió a taparse la cara, conteniendo la respiración y  encogiéndose todavía más, olvidando el dolor y la incomodidad, sintiendo sus vértebras crujir y sus huesos doblarse. Deseaba ser una tortuga o una cochinilla, que su cuerpo cambiase, se volviese irreconocible…
     Oyó otro impacto más violento todavía, que levantó el polvo en su madriguera como las chispas de una bengala… y la cosa volvió a ponerse en marcha, pero esta vez alejándose. El sonido, que parecía situado por delante de ella, iba reduciéndose, poco a poco, más y más, volviendo a ser un eco, luego un murmullo… y luego fue tragado por las montañas.
     Inés esperó sus buenos y largos diez minutos en silencio antes de atreverse a mover un dedo. No quería arriesgarse a cometer el mismo error. Por fin, lentamente, desplegó primero el brazo derecho hacia la entrada del hueco, sintiendo su espalda crujir como un puñado de quicos entre dos hileras de dientes. Empezó a gatear, notando sus miembros abotargados por la breve pausa, arañando la fresca tierra. Volvió a la oscura noche sin luna, con los pinos desplegándose ante ella… y ningún sonido atribuible a nada más grande que una rata.
     Se le presentaba un nuevo dilema. ¿Hacia dónde tirar? Creía que su perseguidor había seguido recto, pero no lo podía asegurar…
     Inés dio un solo paso al frente. Y lo oyó. El crujido de una rama seca tan grande como ella, partida como una cerilla. Delante de ella, frente a ella; en cualquier parte de aquella enormidad… pero muy cerca.
     Inés, con los brazos colgando y las rodillas inertes, gimió. Estaba exhausta. Quería llorar.  Pero las lágrimas son un privilegio de los vivos. El líquido que liberan los muertos es de otra clase, menos emocional. Y debía vivir para poder llorar.
     La chica se limitó a girar a su derecha, agitando las manos y subiendo las rodillas. La viva imagen del corredor a punto de fallecer de extenuación.
       En su cabeza, cegada por la oscuridad y el cansancio, el terreno era informe e indiferente, lo alto parecía bajo y lo encrespado, llano. No fue capaz de reconocer los casi dos metros que la separaban del suelo.
      Cuando Inés cayó, un segundo ante de perder el sentido, lloró por fin. Se decía a sí misma que la había cogido el monstruo.

     —Hola. Hola, ¿me oyes?
     Parpadeó, antes de atreverse a abrir los ojos. Los sentía pesados, turbios y muy doloridos. Su cuerpo estaba tan frío que no podía temblar, tan acartonado que casi no podía moverse. Al menos, ya no le dolía.
     Frente a ella, un hombre de unos treinta años, de frente ondulada, sonreía. Llevaba el uniforme verde de la guardia civil.
     —¿Qué…?
     Pese al entumecimiento y la sensación de debilidad, Inés intentó incorporarse. Se encontraba por encima del suelo, sobre algo duro, como una camilla. Una manta marrón le cubría el cuerpo. A su alrededor, los pinos seguían firmes como centinelas silenciosos. El cielo había adquirido el color azul grisáceo de las primeras horas del día.
     —¿Qué me ha…?
     —Ssssh. –El guardia le puso una mano en el hombro, animándola a seguir tumbada—. Tranquila, Inés. Tu padre denunció tu desaparición anoche. Acabamos de encontrarte.
     —¿Mi pa…?
     De pronto todo pasó por su cabeza; una película de terror rebobinada demasiado rápido para entender el argumento. Pero ella lo había vivido.
     Inés suspiró, doblando la cabeza. Al final, no había sido un sueño.
     El hombre habló por un transmisor, luego se volvió hacia ella.
     —Tu padre ya lo sabe. Hemos hecho un análisis preliminar; aparte de una ligera hipotermia y varios cortes, parece que estás bien. Pero… por si acaso, te llevaremos a un hospital. Y luego, tendremos que tomarte declaración.
     Ella dobló el cuerpo, quedando recostada; el guardia se dispuso a volver a indicarle que no se moviese, pero se contuvo.
      —Parece que te perdiste en el bosque… —Se quitó la gorra, rascándose el pelo moreno y rizado—. ¿Qué te pasó; perdiste el conocimiento y te caíste entre los arbustos?
     Aunque sonreía, su expresión se agrió al ver la de ella.
      —Mi novio… se llama Aitor Gomis… —logró articular, a medida que recordaba—. Dios… eso lo mató…
     —¿Ibas con alguien? –Se rascó el cuello; de allí pasó al mentón—. Tendrás que decirlo en la declaración. De momento, no nos consta nada…
     Era verdad; eso su padre no lo sabía. Pero, ¿y los de él?
     —Puede que esté muerto –adelantó al guardia civil—. A… algo nos ata…
     Pero el hombre no la oía. Le había dado la espalda, comentando algo por su transmisor. Poco a poco se alejó hasta convertirse en otra mancha oscura en el paisaje.
      Aprovechando el descuido de su vigilante, Inés se bajó de la camilla, conservando la cálida envoltura de la manta. Mantuvo sus ojos sobre sus pies, comprobando que, en efecto, el dolor la había dejado. Pensó, en aquel momento, que debían haberle dado algún calmante.
     Miró a su alrededor.  Tras ella, un ambulancia y un par de todoterrenos, ninguno de ellos vigilado. Se acercó a los vehículos; la curiosidad morbosa y necesaria a un tiempo por evaluar su estado la llevó hasta un retrovisor.
     No pudo evitar gruñir al verse envuelta por el grueso tejido, el conjunto de arañazos, maquillaje corrido en la cara y moretones por todo el cuerpo, adornados por la falda corta y su chaquetilla desgarradas y pendiendo a duras penas de su cuerpo; todo ello le daba el aspecto de una puta a la que su chulo hubiese dado una paliza.
      Inés tomó aire, expulsándolo a continuación como el humo de un cigarrillo. Se sentía arder por dentro, quemada por la rabia. Y el miedo. ¿Qué… qué diablos había pasado esa noche?
     La chica se apartó de su horrible retrato; por suerte sus ojos estaban demasiado agotados para llorar. Su respiración entrecortada, llena de gemidos, parecida a un sollozo, fue lo único que pudo aportar al coro del alba en el Maigmó.
     Aquel sonido…
     Lo detectó a la derecha de los vehículos, en uno de los salientes de tierra cubiertos de pinos. Un grupo de casi diez personas se alejaba en dirección noreste, de espaldas a ella. Vio que al menos cuatro llevaban el uniforme y la gorra verdes de la guardia civil; dos además tiraban de las correas de casi una docena de podencos de aspecto feroz. Perros de rastreo, se dijo.
     De la pena pasó a la incredulidad; estaban a menos de doscientos metros de ella, la habían atendido y dejado con un vigilante y seguían buscando. ¿Sabrían ya lo de Aitor?
     Inés se cubrió la boca con una mano para hacer bocina; pensó lo que iba a gritar… y no dijo nada.
     Pasaba algo raro. No sólo había miembros de la policía en aquel grupo. Vio también a hombres con uniforme caqui con estampado de camuflaje, ropa típicamente militar. Iban armados con largas armas que reconoció como fusiles automáticos; uno los había sustituido por una escopeta de cañones dobles.
     Sencillamente, no lo entendía. ¿Para qué aquel tipo de armas? En el Maigmó no había osos, lobos ni fieras salvajes, a lo sumo algún jabalí, zorro o perro salvaje…
      Cuando identificó a los miembros restantes de la partida de exploradores, la chica se sintió golpeada por escalofríos, retrocediendo instintivamente para no caer redonda al suelo.
     Eran al menos tres, rezagados del grupo, al menos dos metros por detrás de los demás. Estos iban cabizbajos, mirando al suelo, como buscando algo, y su equipo era más ligero. Uno se paró junto a un pino, señalándolo. Le sacó una foto con una cámara, antes de que un compañero se pusiese a rociar la superficie del árbol con un spray.
     Vestían largas batas blancas, como las de los médicos y los científicos de laboratorio.
     Presa de una repentina debilidad, Inés intentó llegar a la camilla, pero cayó de rodillas antes, cubriéndose, asfixiándose con la manta en un intento por contener el frío.
     Lo que pasó la otra noche, aquella cosa, lo que le atacó. ¿Qué era? ¿Qué podía ser? ¿Y por qué había policías, militares y científicos buscándola?

     Inés se separó de la realidad, absorbida por varias ideas que se sumaron a aquella e iniciaron una confusa danza giratoria en su mente. Ni siquiera oyó a su vigilante, que casi dejó caer su transmisor, dándose la vuelta hacia ella y corriendo, mientras le gritaba que no se separase de la camilla.   
LA REALIDAD SIMULTÁNEA-Parte Final


Marcos apenas tardó quince minutos en llegar a casa de Paula. Había estado allí alguna vez por trabajos en grupo o algún cumpleaños hacía mucho tiempo pero, por lo menos, aún recordaba el bloque de apartamentos. Una vez allí, el problema fue encontrar el piso exacto; no estaba seguro de cuál era. Por suerte, se solucionó fácilmente con una llamada de teléfono. Sin esperar a oír explicaciones, el cierre eléctrico vibró y la puerta se retiró para dejarle  paso.
     —Es el cuarto izquierda —le comunicó Paula, sin darle tiempo a hablar—. Mis padres no están. Mi cuarto está nada más entrar a la izquierda, segunda puerta a la derecha. Y… muchas gracias por venir.
     Colgó sin darle ocasión de replicar. Mientras se dirigía al ascensor, no pudo evitar pensar en lo que había dicho. Sus padres no estaban. Estaba sola. ¿Le habría pedido que fuese por eso? Había algo raro en su voz. Estaba cascada, como si estuviese constipada, o hubiese estado llorando… o algo la preocupase.
     —Buenas –fue su burdo saludo, una vez pasó del oscuro corredor de colores apagados al no más iluminado apartamento—. Paula, soy…
     —Aquí —oyó su voz, procedente de la curva en el pasillo, justo desde donde le había dicho—.Ven. La puerta está… entreabierta.
     Guiado por aquellas palabras, más imperativas quizá de lo que debiesen, Marcos caminó con cautela hacia allí. Había algo que no le gustaba, especialmente cuando estuvo a punto de doblar la esquina.
     Le pareció oír una voz, en susurros, procedente de alguna de las habitaciones. ¿Es ese tu amigo? Le pareció percibir una voz juvenil, femenina… ¿estaría Paula con alguien más; una chica?
     Avanzó hacia la dirección indicada, percibiendo varias puertas abiertas (seguramente el comedor y la cocina), pero sólo una entreabierta. Y una que no estaba callada. Se podía percibir un leve crepitar procedente del otro lado, posiblemente de un disco duro que hubiese tenido tiempos mejores, lo que indicaba que Paula estaba haciendo algo con el ordenador. Para verificarlo, pudo comprobar que era la única sala que no estaba a oscuras; un débil resplandor de coloración cambiante se colaba por debajo de la puerta.
     Se situó justo delante de ella y dio un suave toque para anunciar su llegada.
     —Buenas tardes, Paula…
     Su fuerza le traicionó, abriendo por completo el cuarto antes de lo previsto y dejando su interior a la vista.
    Marcos se quedó paralizado, contemplándolo absorto, como para comprobar que sus ojos no le engañaban. Ante lo que vio, a punto estuvo de chillar.
     En el borde de la cama, situada  la izquierda, Paula, con su pelo rubio recogido en una trenza y el temblor de sus ojos camuflado por sus gafas. Junto a ella, sentada, cerca del cabezal, Encarni la miraba sonriente.
     Y frente a ellas, apoyados contra un escritorio sobre el que destacaba un ordenador cuya pantalla parpadeaba como presa de un ataque epiléptico, reconoció a Mónica y José Alejandro, sonrientes y cogidos de la mano.

     —¿Entonces… quieres que convenza a mi hermano y su familia… mi familia, de hecho… para que se maten?
     Ante el estupor de Kevin, Russel asintió vehementemente.
     —Es el único modo, amigo. Sólo así podrán disfrutar de todas las maravillas que ofrecemos.
     Kevin, aunque intentaba mantener la calma, empezó a retroceder despacio. Aquello, fuese sueño, ilusión o realidad, estaba yendo demasiado lejos. Sobre todo estando volando con un ángel que pretendía que indujese a una familia entera al suicidio.
     —¿Y… por qué? —preguntó sin llegar a detenerse, sin apartar los ojos de Russ—. ¿Por qué van  a tener que morir?
     Russ suspiró.
     —Porque sólo se puede existir en una realidad, Kevin —contestó—. O esa o esta. No se puede alternar.
     —Pero… Dios, por lo que dices, hay niños…
      Russ se encogió de hombros.
     —Mejor, esos son siempre los que más disfrutan —aseguró—. Piénsalo. Todo el tiempo del mundo, sin envejecer, sin enfermar, pudiendo hacer lo que les dé la gana…
     Kevin no sabía qué era lo que más le estaba horrorizando de aquello, si la aparente indiferencia de su amigo ante lo que proponía o la naturalidad con que lo argumentaba.
     —No puede ser —continuó, negando insistentemente con la cabeza—. ¿Por qué…?
     —Por favor —Russ hizo un amago de avanzar hacia él, abortándolo cuando apreció el manifiesto terror de su rostro—. Piensa primero en lo que dejaste fuera. Y mira todo lo que hay aquí. Aquí no hay tiempo, ni miedo, ni enfermedad, ni muerte… el único límite es la propia imaginación. Incluso has podido recuperar a Amy, ¿no?
     Kevin tomó aire.
     —Sí —admitió por fin—. Pero yo lo elegí.
     —Por eso —insistió Russel—. No podemos obligar a la gente de fuera a entrar. Sólo les damos esa posibilidad.
     —Pero… no así —intervino Kevin—. Tener que perder a alguien para recuperarlo… como yo.
     Miró a Russ con ojos ardientes.
     —¡Mierda! Esa… tía puede tener su cara, su cuerpo, su voz… pero no es ella. Tú no has estado allí. Fingía que me conocía, pero ni siquiera sabía quién soy. Y yo… Dios, mi cabeza, está tan…
     Russ suspiró, en señal de cansancio.
     —Bueno, eso es natural. Hay que tener en cuenta que su perfil era muy primario cuando…
     Algo en aquellas palabras atrajo a Kevin. Sus ojos miraban al vacío debajo, pero sus oídos no perdían detalle.
     —… se unió a nosotros. No se definió por completo.
     —¿Qué quieres decir con eso? —miró a Russel inquisitivamente.
     Él inclinó la cabeza, avergonzado.
     —Lo siento, no es algo de lo que podamos hablar.
     Kevin entornó los ojos, intentando asimilar lo que oía. A su alrededor, una ráfaga de viento hacía trizas las nubes.
     —¿Y por qué hablas todo el rato en plural?
     —Porque aquí somos muchos —indicó, extendiendo los brazos como un predicador en un sermón—. Lo que nos guía es la voluntad de todos. Lo hacemos todo por el bien común. El bien de los hombres.
     Perfecto. Está loco. Puede que él también… se volase la cabeza.
     —Mira, Russ… —intentaba encontrar el mejor modo de decirlo—. Todo esto está bien, pero… de haber sabido que sería así… La verdad, no lo habría hecho.
     La sorpresa se dibujó en el rostro de Russ. La sorpresa y la decepción.
     —Kevin, ya no hay vuelta atrás.
     —Lo sé —replicó—. Y si debo seguir aquí, pues vale. Pero no pienso hacer eso. Convencer a gente de que se mate… a padres de que dejen morir a sus hijos... sólo por esta… pantomima.
     Los ojos de Russ parecían a punto de romper a llorar, como si acabase de herir sus sentimientos.
     —Tienes que hacerlo —insistió—. Es la voluntad…
     Kevin sonrió.
     —¿De quién? ¿Tuya? ¿De Dios?
     —De CC.
     CC. No sabía quién era, pero reconoció el nombre. Por el brindaban los del castillo. ¿Muertos también?
     Se hizo el silencio por un momento; un alado intentaba interpretar las palabras y el segundo aguardaba para dar una respuesta.
     —¿CC? —preguntó Kevin por fin—. ¿Quién es ese? ¿Una especie de… jefe o algo así?
     —Aquí no hay Dios —respondió Russ—. Lo más parecido… es él. CC. Él es la voluntad… que lo dirige todo aquí.
      —¿Sí? —Kevin se cruzó de brazos—. ¿Y ese tío tiene algún nombre más… normal?
     Russ se mantenía inmóvil, mirándole más por inercia que por interés.
     —No puedes desafiarnos —dijo por fin, de forma lánguida, empezando a arrastrar las palaras—. No puedes oponerte a nuestra voluntad…
     —Lo siento, Russ. No voy a…
     —… el bien de to…
     —…de verdad…
     —...dosssss…
     La voz de Russ cambió; se volvió metálica, prolongada y chirriante; como si la aguja de un disco se hubiese salido de su sitio y ahora despellejase su superficie. Alcanzó un punto en que Kevin tuvo que taparse los oídos.
     —¿Russ? ¡Russ! —chilló cuando ya no pudo soportarlo más—. ¿Qué está…?
     En ese momento, su amigo quedó inmóvil, completamente paralizado. Se hizo el silencio. Y lo siguiente que Kevin oyó fue un ligero estallido, parecido al de un globo al pincharse, por encima de su cabeza. Un vistazo arriba sólo le dejo ver un par de plumas blancas llevadas por la corriente.
     Sólo  pudo lanzar un aterrado alarido cuando su cuerpo empezó a caer al vacío.

     Los destellos del ordenador aumentaron de intensidad; casi parecía que la pantalla burbujease, hirviese, mientras las luces se entremezclaban, se fundían, chispeaban…
     De improviso, como un rayo de sol al cruzar una ventana, dos finas líneas de luz se extendieron desde la pantalla, justo hacia la pared opuesta, donde estaban el armario y el hueco reservado para dormir.
     Con la boca abierta, Eiji contempló como de ambos haces empezaban a emerger pequeñas escamas blanquecinas, que se alienaron para formar dos siluetas humanas. Luego, como luces de navidad al encenderse y apagarse, cada una adquirió un color… y la pareja estaba ante él. Sho, con su fino bigote, rostro sonriente y traje de oficina; Naoko, con su melena larga cayéndole hasta los hombros y su kimono rosa; alegre en contraste con la imagen que recordaba de ella en su boda.
     Eiji se levantó un momento las gafas, frotándose los ojos con el pulgar y el índice. Los dos espectros seguían ante él, parpadeando en la penumbra artificial de su cuarto.
     —¿Ves, Eiji? —aseguró Sho, dando un paso hacia él—. Esto es real. No te preocupes, no estás viendo cosas.
     En un primer momento, el impulso inicial de Eiji fue retroceder, alejarse de aquella aparición. Lanzó todo su cuerpo contra la silla, arañando el suelo.
     —No tengas miedo —intervino Naoko alargando una mano hacia él—. No vamos a hacerte daño.
     Respirando con pesadez, mientras el sudor empezaba a bajarle por la frente, Eiji Misawa se levantó… y dio un paso hacia los dos entes. Sonrientes, esperaron a que se acercase. Pudo apreciar un haz de luz que parecía unirles a la pantalla, como haría un cinematógrafo contra la pantalla de un cine. Por eso necesitan oscuridad, pensó Eiji.
     —¿Cómo…? —preguntó, mirándoles con curiosidad.
     Sho inclinó la cabeza.
     —Es otra de las capacidades de WorldWeb —explicó—. Podemos salir al mundo real, pero sólo como observadores. Podemos ver qué hace la gente en el exterior y hablar con ellos, pero nada más.
     Hizo un gesto con la cabeza, hacia la ventana que daba paso al nipón crepuscular.
     —Ahí fuera, en la calle, hay muchos de nosotros —aseguró—. Pero la gente no nos ve. Las luces de ahí fuera son muy fuertes para que nuestras formas se perciban.
     Eiji se acercó a su amigo, estirando una mano hacia su cuerpo.
     —¿Lo ves? No romperás tu vínculo con esta realidad por completo. Podrás volver a ella siempre que quieras.
    En ese momento, sus dedos se posaron en su brazo. Eiji cerró los ojos. Notó un cosquilleo, como si una descarga de electricidad estática sobrecargada le recorriera el brazo… y luego frescor. Cuando los abrió, vio que su mano lo había atravesado por completo, formándole una ondulación blanquecina en el traje como una rama al atravesar una charca.
     La respuesta del hombre fue retroceder asustado.
     —No... no eres real. Ninguno de los dos lo sois.
     Sho y Naoko intercambiaron una breve mirada y luego se fijaron en él.
     —Sólo se puede existir en una realidad a la vez, aunque haya varias existiendo simultáneamente. Eso es así para todos los seres que existen, Eiji. Debes dejar de estar presente en una para poder internarte en otra por completo. Esa es la opción que te ofrecemos. Que WorldWeb ofrece.
     Eiji suspiró largamente, quitándose las gafas y limpiándoselas con el borde de la camisa.
     —Entonces… debo morir. Para pasarme todo el día volando, haciendo carreras y bebiendo, mientras escucho música y me río. ¿Verdad?
     Los dos asintieron al unísono.
     —Para ser… un fantasma como vosotros. Una ilusión que sale a través de…
     Se arrimó a Sho y le propinó un manotazo en el rostro. La mano le atravesó sin mayores alteraciones, como si acabase de golpear un banco de niebla.
     —En realidad —añadió Sho—, tú ya has dejado una huella en nuestra realidad. Todo el que accede a ella lo hace. Pero mientras su persona real se limite a usarlo como mediador, su existencia no será completa. Sólo cuando su vínculo con la realidad exterior se rompa, podrá integrarse enteramente en WorldWeb.
     —Por eso —intervino Naoko—, cuando mueras, podrás seguir existiendo en nuestro mundo; con las experiencias, sufrimientos y agonías que hayas acumulado. Un mal innecesario. Por eso queremos atajarlo; hacer que la gente tome consciencia de esta existencia y se incorpore a ella. Que puedan disfrutar, sin preocupaciones, sin sufrimientos, sin miedos; por siempre, con nosotros.
     —Ya, ya —musitó Eiji, chocando de espalda con el borde de la mesa y poniendo su mano a corretear por su superficie, buscando la lámpara—. Una idea tentadora. ¿Qué os parece… si me dais unos momentos… para decidirme?
     A Eiji le pareció apreciar un asentimiento en ambos cuellos, pero no les dio ocasión a concedérselo abiertamente. Sin esperar la respuesta, volvió a encender la lamparita, provocando que ambas siluetas se desvaneciesen en el acto, con el ordenador de vuelta al escenario donde grotescas caricaturas de personas vivas iban de un lado a otro, listas para sus combates simulados.
     Eiji suspiró nuevamente, estirando el borde de su camisa para limpiarse con ella el sudor de su frente. ¿Aquello había sido real? Estaba seguro de eso, lo que lo hacía peor. Por increíble que fuese, aquella conversación había tenido lugar. ¿Dos réplicas exactas de conocidos suyos fallecidos pretendían… que se quitase la vida para existir como una de aquellas… sombras grotescas en aquel programa que intentaba imitar la vida de forma ramplona?
     Con su pulso sacudiéndole los oídos como un sonajero, se desplomó sobre la silla y sujetó delicadamente el ratón. Con un cursor tembloroso, pulsó el botón que cerraba su sesión en WorldWeb. Tras unos segundos de espera, la página de inicio, donde dos filas de personas de todas las edades, sexos, razas y vestimenta aguardaban tras las altas puertas de entrada al Mundo de la Red; paradójicamente presentado como una extensión de bucólicos prados y tierra verde que ocultaban las delicias terrenales, se abrió. Una imagen vista mil y una veces, pero en la que Eiji nunca había recaído demasiado. En aquel momento, de hecho, no pudo evitar hacer una curiosa observación.
     Es como la concepción que suelen hacer los occidentales de la entrada al paraíso. Pero sin guardián, sin religión… un paraíso de entrada libre. 
     Una concepción que, seguramente, había contribuido al éxito global de aquel engañabobos. ¿Habría muerto más gente como Sho y su esposa… por eso? ¿Lo sabrían los dueños, creadores y administradores?
     Quizás, pensó, valdría la pena saber quiénes eran. ¿Ponerse en contacto con ellos y denunciar lo ocurrido? La mera idea le hizo reírse. O le tildarían de loco y le ignorarían… o le tildarían de loco y harían que un asesino se colase en su casa por la noche y lo eliminase sigilosamente junto a toda su familia. ¿Quién no le garantizaría que aquello no formaba parte de algún extraño complot? Una misteriosa organización que buscase dominar el mundo; un informático que murió virgen a los cuarenta y había descargado toda su frustración contra el mundo en aquella cosa…
     Mordiéndose la lengua un momento, como forma de cortar el flujo de una imaginación demasiado desbocada, Sho se inclinó hacia delante, buscando detenidamente las señas de identidad de los autores de la página. Cualquier letra, aparte del cartel de bienvenida y las pestañas de acceso y registro… acceso y registro. No había una para salir fuera, para cerrarla desde fuera. Ni recordaba datos para eliminar un registro de usuario…
     Tras casi dos minutos con sus ojos escrutando aquel cuadro viviente como un mosquito sediento de sangre, Eiji se dio por vencido. Ni nombre, ni fecha, ni copyright… el autor no había firmado aquella obra. Y eso que era importante…
     Instantes después, una pequeña alarma le avisó de que tenía un mensaje. Lo consultó en el acto.
     ¿Has tomado ya la decisión? Si por fin te decides, no olvides que lo mejor es hacerlo con la sesión iniciada. Tranquilo, Naoko y yo estaremos para apoyarte. Sho.

     —Cómo… cómo… ¿Qué está pasando aquí? ¿Qué…?
     —Tranquilo —Encarni se levantó del lado de Paula, dando un paso hacia él—. Es normal que estés asustado, Marcos. No creo que  veas fantasmas todos los días.
     —¿Cómo? —Marcos parpadeó, al tiempo que intentaba controlar su respiración—. No estoy asustado. Pero… ¿qué sois?
     Encarni se adelantó más, situándose delante de él. Pudo ver que tenía la cara cubierta de maquillaje y llevaba puesto un vestido corto y ceñido de color negro; casi como si estuviese burlándose del luto que había provocado en sus conocidos su repentina muerte… y la de ellos.
     —¿Quién crees que somos? ¡Tus amigos!
     La visión del boquiabierto muchacho se volvió a la izquierda. Mónica, vestida con una camiseta veraniega de manga corta y vaqueros, le miraba sonriendo mientras balanceaba la mano que la unía a su novio. José Alejandro, con el pelo peinado en punta y una recta barba recortada a lo largo de la barbilla, inclinaba su imponente cuerpo para olerle el pelo.
     Como siguiendo algún tipo de rastro hipnótico, el recién llegado se acercó a ella.
     —¿Sois… de verdad? ¿De verdad lo…?
     Sin poder contenerse, estiró una mano hacia ella, hacia su hombro… y sintió un ligero calambre cuando sus dedos la rompieron, atravesándola a la altura de la clavícula, sobresaltándole y haciéndole retroceder.
     —¿Qué está…?
     —Marcos —Paula le llamó, acurrucada en su cama—. Lo siento… estaba jugando a un juego con el ordenador y… de pronto salieron ellos. Como sé que les conocías…
     Avergonzada, escondió la cara tras sus rodillas, haciendo pensar a su invitado que iba a llorar. Con un largo suéter, pantalones de franela y pantuflas, era la única de ellos vestida de casa,
     —Un juego de ordenador… —aquello le hizo pensar, mirando en el acto a Encarni—. ¿WorldWeb?
     Asintió.
     —¿Lo ves? ¡Te lo dije!
     —¿Pero… cómo?
     —No lo sabemos —intervino de pronto José Alejandro, dando un paso al frente—. Yo… sencillamente, después de mi accidente… desperté así.
     —Él se puso en contacto conmigo, un día que entré —intervino Mónica, colocándose entre los dos chicos—. Me habló de todo. Su muerte, su despertar, cómo era aquello… y decidí ir con él.
     Marcos empezó a notar una incómoda presión en el pecho. Respiraba con dificultad.
     —Así que… ¿te suicidaste porque… tu novio muerto te dijo que podías estar con él viviendo en un programa de ordenador?
     Él le pasó las manos sobre el cuello y la pareja sonrió al unísono. No hizo falta responder. Ni replicar. Lo que veía lo decía todo por sí mismo.
     —Y entonces… ¿qué hacéis aquí?
     Mónica dio un paso al frente, separándose de José Alejandro, que se quedó tras ella viéndola acercarse a Marcos.
     —Ese sitio, Marcos… es un paraíso. Todo lo que puedas imaginarte y más… se puede hacer aquí. Lo que quieras, lo tendrás. Sin esfuerzo, sin cansancio, sin enfermedad, sin miedo. Todo.
     Aquella figura etérea hizo una pausa y se fijó en Encarni.
     —Por eso, porque sois mis… nuestros amigos… queríamos que vinieseis con nosotros. Que disfrutéis de todo. Primero fue ella, porque ya estaba en la página…
     En respuesta, Encarni empezó a moverse, dando vueltas en torno a Marcos como un tiburón en torno a un náufrago.
     —Intenté explicártelo, pero tenías demasiadas dudas… y creo que demasiadas penas. Me hubiese gustado que fuésemos juntos, pero… —se detuvo un momento frente a él, encogiéndose de hombros—. Y, cómo no sueles entrar en WorldWeb y vimos que Paula —hizo un gesto con la cabeza a la cabizbaja muchacha— sí que estaba, decidimos empezar por ella.
     Marcos la miraba como queriendo entender… queriendo creer.
     —Encarni… estás muerta. ¡Has muerto hoy! No puede ser…
     Ella suspiró un momento. Tras ella, Mónica se hizo a un lado.
     —Sin embargo estamos aquí, ¿verdad?.
     Al principio, Marcos inclinó la cabeza, asimilando la derrota. Pero en una fracción de segundo, empezó a agitar las manos delante de él, como combatiendo un ejército de moscas zumbantes. Su mano atravesó a ambas chicas con un sonido eléctrico.
     —Vosotras… no sois reales. No sé qué sois, pero no…
     Pudo, en ese momento, apreciar cierta lástima en la expresión de los tres, que miraron hacia el suelo al unísono.
     —Es verdad —observó Mónica al fin, antes de volver  a mirarle—. Aquí no somos reales. Por eso… no podemos estar con vosotros.
     Marcos la miró con curiosidad.
     —¿Qué quieres decir?
     —Hay dos realidades simultáneas —explicó entonces Encarni—. Una, dentro de la página de WorldWeb. Otra aquí, el mundo “real”.
     —Sólo se puede existir como una entidad en una de las dos realidades —agregó Mónica—. En la otra sólo eres una sombra.
     —Por eso —dijo José Alejandro—, para poder existir en WorldWeb, donde todos los deseos se cumplen, es necesario eliminar la entidad existente en la otra realidad.
     Marcos resopló con temor, entendiendo por fin.
     —Entonces… —miró un momento a Paula que, aterrada, le devolvió la mirada—. … lo que intentáis decir es que, para poder ir a ese mundo, tenemos que morir. Suicidarnos.
     Pudo ver como los tres fantasmas, cuya fuente, ya estaba seguro, eran las extrañas luces que salían del ordenador, se encogían de hombros.
     —No es que suicidarse sea un requisito obligatorio —observó José Alejandro—. Una vez has estado dentro, acabas volviendo tarde o temprano.
     —Simplemente… —añadió Encarni, apoyándose en el hombro de Mónica—. Es más rápido.
     Con un suspiro, Marcos se acercó lentamente a Paula, interponiéndose entre ella y el trío. Notó como le cogía de la mano. Sintió el miedo en su caricia. Después de todo, tenía más en común con él que con aquellos tres.
     —Lo… lo que… —lo surrealista de la situación le superaba, dificultándole el habla—. Esto es muy fuerte. Lo que queréis…
     —Nosotros no podemos obligaros —observó José Alejandro—. Debéis hacerlo vosotros mismos. Es vuestra decisión. Nosotros sólo os lo decimos por vuestro bien.
     —¿Nuestro bien? —repitió Marcos con escepticismo—. Dejar de vivir para…
     —¿Qué tiene eso de malo? —intervino Encarni—. Envejecimiento, enfermedad, sacrificios, esfuerzos, decepciones… Haciendo esto lo puedes tener todo… asegurado.
     —¿Asegurado? Encarni, la última vez que hablamos fue ayer. Discutimos. Lo último que me dijiste fue que me jodiese; yo pensaba decirte hoy que lo sentía…
     Para su consternación, la chica se limitó a encogerse de hombros.
     —Eso ya no importa, amigo. Lo pasado, pasado está. Nosotros estamos más allá de la simple vida. No tenemos sitio para el rencor.
     —Sí, pero no es…
     —Paula —intervino Mónica—. Fíjate en ti. Eres una de las mejores estudiantes. Sin embargo no eres valorada por ello. Tus compañeros te ignoran. No tienes amigos. Y tus padres pasan de ti. ¿Merece la pena tanto esfuerzo para tan poca recompensa?
     Marcos no pudo evitar mirarla de reojo, al sentir como su apretón se volvía más fuerte. Había levantado la cabeza.
     —Sé una de nosotros —Mónica estiró una mano hacia ella, en clara señal de ofrecimiento—. Allí nadie volverá a despreciarte. Podrás ser feliz siendo tú misma.
     El brillo de la tentación asomó en los ojos de la chica, forzando a Marcos a interponerse entre ella y la seductora Mónica.
     —Según vosotros, estáis más allá de los celos. ¿No lo estaréis también de las emociones? ¿Eh? Fingiendo que sois felices para que os hagamos caso… cuando simplemente no podéis hacer…
     Marcos se interrumpió; la mano de Mónica alcanzó su barbilla, provocándole un cosquilleo cuando sus dedos se movieron a su través.
     —Marcos —susurró—. Lo que más quieras, cualquier cosa, será tuya.
     Sonrió de mala gana ante lo irónico de la circunstancia, sacudiendo la mano para librarse de ella, antes de darse cuenta de que le iba a servir de poco.
     —Nunca pude decir esto. Lo que yo más quería estaba aquí. Y lo perdí…
     Mónica se llevó un dedo a los labios, indicando silencio.
     —Lo sé. Lo que más deseas es a mí. ¿No? Me has querido siempre.
     El joven se sentó estupefacto y avergonzado por igual, sintiendo como su pulso cobraba fuerza, elevando la temperatura de su cuerpo al tiempo que se le cortaba la respiración
     —Si lo haces… podrás tenerme. Siempre.
     Aquello ya era el colmo. Se cruzó de brazos, reprimiendo una risa histérica que no hacía sino disimular un incipiente grito.
     —¿Y él? —señaló hacia José Alejandro, detrás de ella—. ¿Qué tiene que decir?
     Para aumentar aún más su desconcierto, se encogió de hombros.
     —Allí podemos tener lo que deseemos —se limitó a asegurar—. No hay sitio para la muerte, el aburrimiento, el cansancio, el miedo. ¿Por qué iba a haberlo para los celos? Especialmente cuando se tiene toda la eternidad.
     —Mira.
     En ese momento, el hormigueo vibrante de los dedos de Mónica volvió a su barbilla, volviendo a recaer en ella su atención. Antes de que pudiese hacer nada, ella juntó los labios y le besó en la boca.
     Se quedó paralizado, inmóvil, con el corazón a mil por hora y los pelos erizados como un erizo asustado. Había soñado con aquel momento tantas veces, durante tanto tiempo… y, en realidad, ejecutada por aquella ilusión, no era muy distinto a estar chupando la pantalla de un televisor. Era un beso apasionado, hambriento, pero no hacía más que atravesarle sin parar.
     Cuando acabó, no había alegría. Ni pasión. Ni excitación. Sólo una extraña sensación de pérdida, mientras veía como Mónica le daba la espalda… dirigiéndose hacia Encarni.
     —Ahora mira.
      Las dos chicas elevaron la palma derecha a la vez, juntándola y presionando… quedando en equilibrio como si ambas manos conformasen una oración. Seguidamente, ambos pares de labios se juntaron, presionando con fuerza el uno contra el otro hasta formar un rojo corazón… como si las dos fuesen a fundirse en un único ser.
     Notando como su cabeza empezaba a dar vueltas y su conciencia le empezaba a exigir aire, Marcos vio como las dos chicas volvían a separarse.
     —¿Ves? —le indicó Mónica—. Ahora estamos en realidades diferentes. No podemos tocarnos. Pero… si estuvieses en nuestra realidad…
     Poco a poco, Marcos notaba como la mano de Paula se escurría de entre sus dedos. Paralizado, no podía ni volverse a mirarla, pero estaba seguro de que su expresión debía de ser tan atónita como la suya.
     —Como hemos dicho —concluyó Mónica, extendiendo las manos como ofreciendo un premio—. La oferta está hecha. La decisión es sólo vuestra.

     Kevin sólo podía chillar; la presión del viento contracorriente mantenía su cuerpo en caída inmovilizado. Era rapidísimo, y lo peor, lo sentía; el viento arañando su piel, la fuerza incontenible de la gravedad arrastrándole hacia la ¿muerte? Sólo podía chillar. Chillar y pensar, imaginándose cómo sería.
     ¿Me dolerá? El tiro en la cabeza ni lo noté. Claro que aquí voy a aterrizar con los pies por delante…
     Un último pensamiento, bastante acertado, que le devolvió la sonrisa antes del final, mientras su increíble velocidad parecía reducirse, quedando inmóvil antes de…
     En no más de un parpadeo, Kevin aterrizó… de pie. No hubo impacto, ni sacudida, ni dolor. No fue muy diferente a un vulgar paso. Volvía a estar en tierra firme. Sano y salvo.
     Preguntándose qué había pasado, no pudo evitar mirar a su alrededor… sobrecogiéndose al ver dónde estaba.
     Los brillantes campos verdes bajo el sol y las construcciones fastuosas y palaciegas habían desparecido, al menos para él. En su lugar, acababa de entrar, sin saber cómo, en un recinto cerrado, por no decir emparedado, ya que no pudo apreciar ni puertas ni ventanas. Se trataba de un recinto enladrillado, cubierto de cemento… como se apreciaba bajo los abundantes desconches en la pared, verdeados por la humedad que se filtraba desde cada rincón. Una única bombilla redonda colgaba de un cable pelado en el techo, permitiéndole comprobar que en aquella estancia, de aire rancio que apestaba a polvo y orines, no había más mobiliario que una pequeña cama deshecha, con la almohada y las mantas moteadas por la mugre y un resquebrajado urinario sin tapa.
     Una celda, pensó inmediatamente. Por increíble que pareciese, era lo que le sugería aquel lugar.
     Antes de que tuviese tiempo de hacer o planear ningún movimiento, para su asombro, una figura surgió de la nada, delante de él. Un vistazo le reveló, para mayor sorpresa, que era Russel.
     —Tío —le llamó, haciendo ademán de caminar hacia él—. ¿Russ, que ha…?
     Se detuvo al verlo mejor. Algo raro le pasaba. Algo condenadamente raro.
     Para empezar, estaba totalmente inmóvil. En segundo lugar, como un personaje de una serie de los cincuenta, su color se había apagado. Tenía ante él un perfecto fotograma en blanco y negro. Fotograma que, para su asombro, se distorsionó por momentos, cubriéndose de rayas negras y grises en sucesión de interferencia en la emisión… antes de volver a su inmovilidad.
     Kevin cerró los ojos, buscando algo de calma… y una explicación racional.
     ¿Qué cojones está pasando a…?
     —Lo que está pasando… —le interrumpió una voz, ronca y profunda, surgida de la nada— …es el justo castigo para aquellos que violan nuestras normas.
     Sobresaltado, Kevin abrió los ojos de golpe, mirando a su alrededor, en busca del recién llegado… sólo para presenciar un insólito y estremecedor fenómeno delante de él.
     Como una tele en las últimas, las interferencias volvían a desdibujar la inmóvil figura de su amigo. Figura que, de improviso, pareció estallar como un globo de agua, dejando una forma en la que creyó percibir ceros y unos alineados… que un instante después desapareció, quedando en nada.
     —¡Russ! —gritó, asustado—. ¿Qué… qué es lo que le has hecho a mi amigo?
     —Lo he devuelto a su sitio —respondió la misma voz—. Con los demás. A nuestro mundo. Nuestra realidad.
     Un rápido vistazo le permitió comprobar dos cosas. Una, tal y como le pareció en un principio, estaba completamente solo. Y dos, aquella voz no parecía tener un origen. Más bien parecía salir… de todas partes a la vez. Un millón de micrófonos ocultos, un gigante cuyo vozarrón podía atravesar aquello muros. O…
     —He tenido que usarle para poder llegar hasta ti, Kevin. Como hago para conocer a todos mis nuevos hijos.
     Kevin bajó la cabeza, temeroso de sentirse observado por alguien a quien no podía ver.
     —¿Cómo sabes mi nombre?
     —Yo conozco a todos aquellos que pasan a formar parte de mí.
     De pronto, el reo abrió los ojos.
     —¿Tú eres… el tal CC?
     —Yo soy —respondió—. La voluntad que guía este mundo. El eje de su realidad. El deseo final de la humanidad. La consciencia colectiva que sostiene a los que nos habitan.
     Consciencia colectiva…
     —¿Qué es… lo que hago aquí? ¿Sigo… sigo dentro de WorldWeb?
     —Una vez se es parte de nosotros, no se nos puede abandonar. Aquí, simplemente, es donde los elementos disfuncionales son llevados a recapacitar.
     Elemento disfuncional… ¿está diciendo algo de mi polla?
     —¿Qué quieres decir… con elemento disfuncional?
     —Estás causando problemas al resto de elementos del sistema, al resistirte a tu integración. Por eso debemos corregirte. Hacerte entrar en razón… o modificarte.
     Kevin tragó saliva. No sabía muy bien cómo pretendía hacerlo… pero, desde luego, no le gustaba cómo sonaba.
     —¿Qué… qué se supone que es todo esto? ¿WorldWeb?
     —WorldWeb no es más que un portal, un medio que permite a los seres humanos alcanzar aquello que más ansían.
     —¿Y eso qué es?
     —La felicidad.
     Aquella sí que era buena.
     —¿Y cómo? ¿Haciendo que se maten… para que aparezcan en esta… versión pixelada de los mundos de yupi?
     —La realidad no es sino una dimensión espacial y temporal donde se desarrolla la existencia de aquellos dotados de consciencia. En el caso de los seres humanos, rechazan su propia realidad. Es demasiado inflexible para su voluntad, demasiado impredecible para sus deseos. Su máximo fin es cambiarla.
     »Por eso buscan refugio en la red. En un mundo virtual donde todo es posible; lo imposible puede hacerse realidad y los peligros son nulos. Crean avatares para actuar tras ellos, sintiendo sus triunfos como propios y sus fracasos como una simple demora. Nosotros les damos la oportunidad de ir más allá, de disfrutar de una realidad hecha a su medida.
     —¿Cómo… cómo apareció todo esto? ¿Quién… diseñó esta página?
     —No hubo creador. A lo largo del tiempo, mientras la red evolucionaba, también lo hacían los deseos de sus usuarios. Distintas páginas, distintos programas, distintos pasatiempos, distintos anhelos. En última instancia, la distintas piezas del mapa de la felicidad humana se unieron, dando lugar a una única pero global voluntad. Así emergimos nosotros; una consciencia para todos, surgida de todas las consciencias, en una.
     Kevin se pasó el dorso de la mano por la frente, limpiándose el sudor. ¿Aquello era entonces… un ente surgido de los ordenadores?
     —¿Y qué quieres? ¿Por qué… haces todo esto?
     —Esa pregunta ya te fue respondida. Soy la voluntad que guía los deseos de la humanidad. Mi único fin es permitirles el acceso a esta realidad, cuya única limitación es la inventiva de la mente y la fuerza del deseo.
     —¿Y pretendes hacerlo así? ¿Asesinando… y matando?
     —Yo no puedo hacer tal cosa —Kevin no pudo evitar sentir que, pese a su tono neutral, aquellas palabras le alteraban mucho—. Yo sólo ofrezco la posibilidad. Que aquel que tiene la opción de integrarse en la realidad dé el paso o no es sólo decisión suya.
     —Pero… —Kevin creyó percibir, por fin, una grieta en el sólido razonamiento de la máquina—. Amy… mi mujer no se mató. Fue un accidente. Ella no quería venir aquí…
     —El hecho de concebir un avatar en este mundo ya es reflejo suficiente de la voluntad de su usuario de entrar en él. Lo único en lo que variará será en el grado de definición de su persona y el momento en que podrá integrarse plenamente.
     —Puedes jurarlo —Kevin sonrió, desafiante—. Mi mujer no sabe quién soy yo; no es nada.  Mi cabeza… apenas puedo recordar…
     “Definición”. Kevin recordó entonces cuando oyó antes esas palabras en ese mundo.
     —¿Qué quieres decir… con eso de definición de su persona?
     —El perfil del avatar. Los datos de su ser. Sus vínculos con otros, fuera de esta realidad. Las conversaciones que se mantienen en nuestro seno. Todo ello permite establecer los parámetros distintivos de la personalidad individual del usuario. Cuanta más información nos deje, más parecida será su existencia a la de la otra realidad.
     »En el caso de tu esposa, Amy Margaret Wheeler, y de ti, Kevin Robert Wheeler… ambos os integrasteis cuando vuestros perfiles estaban muy escasamente definidos. Por ello, los vacíos en vuestra memoria se corresponden con los vacíos en vuestra información.
     Kevin sintió como si acabasen de propinarle un mazazo en el pecho. Todos sus recuerdos, toda su vida… borrados por no haber rellenado un simple apartado en una página web.
     —¿Y toda esa información perdida… qué pasa una vez se está aquí?
     —Puede recuperarse a través de otros usuarios con conocimientos afines. En caso contrario, se descarta indefinidamente.
     »En cualquier caso, al contrario que ella, tú elegiste la integración voluntariamente. Por ello, debes acatar nuestra voluntad.
     Al impacto inicial le siguió una profunda sensación de vacío, acompañada por la certeza, ahora irrefutable, de lo mucho que le habían engañado.
     —¿Y para… para qué me has traído aquí? —a Kevin empezó a temblarle la voz; le costaba articular las palabras—. ¿Y por cuánto tiempo?
     —Has desafiado nuestra voluntad. Existe el riesgo de que tu oposición pueda extenderse a otros de nuestros componentes. Debes aceptar tu parte dentro del sistema. Por eso estás aquí.
     Kevin entrecruzó las manos, aferrándoselas con fuerza. Empezaba a sentir miedo de verdad.
     —¿A qué te refieres con desafiar... vuestra voluntad?
     —Te niegas a hacer lo que debes —creyó percibir un tono ligeramente más paternal en aquella voz cavernosa e irreflexiva; pero no era algo seguro—. Debes extender el mensaje entre aquellos que  conoces; mostrarles el milagro de esta realidad para que puedan integrarse en ella.
     —De modo… que tendría que convencer a mi hermano… para que él y toda su familia mueran y puedan… ser parte de ti.
     —No morirán —aseguró—. Simplemente, pasarán a ser parte de nosotros, como tú y tu esposa. No se puede existir simultáneamente en dos realidades.
     —Para que estén como yo… perdidos y descontentos… incapaces de recordar quiénes son y lo que han hecho en la vida.
      —Esas son facetas que se pueden corregir una vez aquí.
     —¿Igual que este sitio? —Kevin extendió los brazos, englobando todo el espacio de la celda—. Todo lo bonito a la vista… y ratoneras asquerosas, como ésta, escondidas. Sabes, dudé de seguir allí porque no pensé que pudiese haber un sitio como éste.
     —Esta realidad está concebida a partir de los deseos e ilusiones. Aquello que se puede englobar bajo la designación de “sueño”. Del mismo modo, la designación “pesadilla” determinaría un concepto igual y opuesto. De igual forma que podemos hacer realidad deseos y anhelos, también podemos hacer realidad temores y aversiones.
     Kevin bajó los brazos, despacio, a la vez que su respiración y corazón también se silenciaban, como si quisiese hacerse imperceptible en aquel lugar donde era imposible esconderse.
     —¿Qué quieres decir?
     —Podríamos dejarte encerrado aquí. Que sintieses el hambre y la sed. Podríamos hacer que padecieses tortura. O que quedes a merced de aquella criatura que más temes. Igual que cuando te hicimos caer antes de meterte aquí.
     Kevin bajó la mirada, no pudiendo evitar una leve risa. ¿Por qué tener miedo? Estaba a su merced, sin posibilidad de defensa posible.
     —Entonces es eso —aseguró, levantando la vista hacia aquellos ojos que le veían y aquella voz que le hablaba—. Tú aquí lo controlas todo. Cómo hiciste con Russ. Quieres que todo el mundo esté aquí para poder controlarles también, ¿no? Te crees un Dios. Y quieres serlo.
     —No entendemos ese concepto. Nuestro único fin es garantizar los deseos a quienes se integran en nosotros. Eso incluye evitar que elementos disidentes hagan dudar a quienes ya están integrados.
     Elemento disidente. ¿Eso era una realidad perfecta? No pudo evitar apretar puños y dientes por igual. Del miedo, la impotencia le estaba llevando a la ira. Ahora, estaba claro, sólo había una cosa que pudiese hacer.
     —¿Sabes qué? Haz lo que quieras. Tortúrame, déjame aquí o mátame. Me da igual. No voy a hacer lo que quieres simplemente porque crees que puedes jugar conmigo.
     Un retumbar, similar a un trueno, hizo temblar la estancia, provocando que quedase a oscuras por un momento. Asustado, Kevin se lanzó al suelo, cubriéndose la cabeza con las manos, movido por el espontáneo pensamiento de que su celda había estallado.
     Sin embargo, no hubo más. Polvo, cascotes, movimiento… lentamente, abrió los ojos, dándose cuenta de que había luz. Se incorporó… y no pudo dar crédito a lo que le enseñaban sus ojos.
     Todo había desaparecido. Paredes, suelo, techo… estaba flotando, sostenido por un suelo invisible en aquel mundo donde la realidad era una ilusión. Y, a su alrededor, los colores cambiaban. Un vacío infinito teñido de verde limón, azul añil y rojo magenta, entremezclados en ondulaciones que le envolvían por todos los lados, como el curso de ríos de color. Por increíble que fuese, Kevin se sentía rodeado por una aurora boreal.
     —¿Dónde…? —Kevin miró a su alrededor, buscando una referencia, una salida, cualquier cosa que le ofreciese una alternativa a aquel psicodélico escenario—. ¿Dónde estoy?
     —Donde debes —respondió la fría y profunda voz de CC—. Debes saber, Kevin, no obstante, que el tuyo no es un caso aislado.
     El aludido entornó los ojos, intrigado.
     —¿A qué te refieres?
     —Ciertos aspectos de la personalidad del usuario se transmiten al avatar. Aspectos más allá de nuestra comprensión. Aspectos que suponen una resistencia. Y que, por ello y pese a ello, nos suponen una grave amenaza.
     —¿Y qué aspectos son?
     —Ideales, principios, moralidad, creencias, fe. Se convierten en una resistencia para el correcto devenir de nuestra realidad; para la integración de los nuevos componentes;  para la paz de los ya integrados.
     »Siempre que hemos encontrado un caso así, hemos intentado razonar, que acepten su situación y su papel en la realidad. Y siempre es en vano. Nos queda recurrir a esta solución.
     —¿Ah, sí? —un vano, débil brillo de esperanza hizo refulgir lo ojos de Kevin—. ¿Y cuál es esa solución? ¿Vais a sacarme de aquí? ¿Vais a borrarme? ¡Adelante! Si lo hubiese sabido no creas que me habría metido en…
     —Una vez se es parte de nosotros, es imposible salir —le interrumpió la voz—. Y aunque podemos indicar al sujeto qué hacer para que su existencia sea la adecuada, en última instancia, no podemos obligarle. Pero sí hay algo que podemos hacer.
     A su alrededor, el flujo de luz crepitó, adoptando la conformación en zig—zag de una sierra de cirujano, lista para despedazar a su paciente. Una boca hambrienta con dientes muy, muy afilados, le sonreía.  Kevin retrocedió. Aquellas luces dejaron de parecerle ondas para parecerle llamas.
     —Lo que os define a vosotros es vuestra información. Nosotros no podemos eliminarla. Pero podemos cambiarla.
     —¿Cómo? —Kevin miró al cielo, como buscando una explicación de aquel Dios titiritero.
     —Podemos eliminar esas resistencias. Podemos reescribir tu carácter, cambiando tu personalidad, haciéndote más dócil. Más sugestionable. Más adecuado para nuestra comunidad de usuarios…
     Kevin se sintió como si volviese a estar en caída libre, con todo el peso del mundo oprimiéndole hasta que se le fundieron las piernas. Ya no sólo había temor, sino la certeza de que estaba perdido.
     —¿Así funcionas? —le increpó—. ¿Si alguien no hace lo que quieres, le obligas a cambiar a la fuerza? Cabrón; seas lo que seas, no eres más que otro tira…
       —Nuestro fin es garantizar los deseos de la humanidad y mantener el orden de esta realidad. Para tal fin, cualquier medio nos es aceptable.
     Como una boca hambrienta devorando un aperitivo, de pronto, Kevin pasó de estar rodeado por la aurora boreal a estar dentro de ella. Y ella dentro de él. El torrente de luz se precipitó en su interior, inundando su cuerpo con la abrasadora energía de una descarga eléctrica. Aquellas líneas, cardiogramas, encefalogramas; la vida dibujada en líneas, le quemó por dentro. Y mientras su cuerpo se sacudía, su piel se fundió hasta dejar de sentir, sus huesos crujieron hasta que dejo de oírlos, sus ojos fueron cubiertos por un resplandor blanco que, poco a poco, fue pasando a negro y, poco a poco, dejó de sentir y pensar para sumirse definitivamente en la negrura silenciosa de la inconsciencia.

     Eiji empezó a escribir en el ordenador, respirando agitadamente, pensando en la estrafalaria y frenética hora que había pasado… y en lo que le quedaba por hacer después.
     Tras recibir el mensaje, tomó la decisión final. No pensaba morir por una promesa de zafios minijuegos y ocio hasta el hastío, prometida por dudosos fantasmas hechos con juegos de luces. Tras salir definitivamente de WorldWeb (y confirmar sus temor de que, al parecer, nadie sabía quién era su propietario, creador o dueño de sus derechos), optó por salir de su casa, recibir un poco de aire fuera del agobiante ambiente del apartamento… y, muy especialmente, denunciar lo ocurrido; ir en busca de ayuda, del tipo que fuera.
     Su primera opción fue una comisaría cercana, a menos de dos manzanas de su casa. Cuando vio sus luces en los bajos de un local, sintió alegría, disponiéndose a dar el paso final… hasta que la realidad se interpuso en su camino como el final de un callejón sin salida.
     La respuesta al enigma era simple: si él fuese policía, ¿qué diría si un joven empleado vestido con un traje desaliñado se presentase diciendo que los fantasmas virtuales de dos conocidos fallecidos, manifestados a través de la pantalla de un ordenador, le habían propuesto suicidarse para vivir para siempre dentro de una página web? Se le ocurrieron un par de posibles respuestas, y ninguna le gustó; especialmente la que implicaba un furgón acolchado y una camisa de fuerza.
     Con la desilusión dibujada en el rostro, Eiji se dispuso a darse la vuelta y alejarse… pero no antes de que una visión estremeciese su espalda y helase su sangre.
     Por un momento, hubo una especie de estallido generalizado por toda la calle, seguido de un manto de negrura. Un apagón momentáneo en Toshima, pensó al principio. De hecho, ni siquiera fue eso; la luz volvió en un segundo, o medio, o menos. Pero le dejó una imagen que le cortó la respiración.
     Con luz, pudo apreciar que estaba solo. Sin embargo, en aquel segundo de oscuridad, comprobó que las calles estaban plagadas de personas. Hombres, mujeres, chicos, chicas… en aquel breve lapso no pudo verlos bien. Sólo pudo apreciar que todos tenían un extraño brillo a su alrededor, como si emitiesen algún tipo de aura. Y, más llamativo, creyó apreciar que, justo delante de él, había aparecido uno distinto a los otros. Mientras los demás parecían ir a su aire, como transeúntes normales, éste, una mujer vestida con un kimono rosa, apareció postrada en el suelo… tendida sobre lo que parecía un charco de sangre que manaba en abundancia de su abdomen abierto en canal.
     El regreso de la luz desterró aquel horror, que le hizo cobrar verdadera consciencia de su situación. Tal y como le habían advertido, no podía verlos, pero los vástagos renacidos del maldito WorldWeb estaban presentes en el mundo real. Y, según parecía, podían recrear atroces visiones, bien para llevar a sus detractores a la locura, bien para ponerlos en apuros frente a la ley.  Después de aquello, ¿qué más podrían enseñarle en su intento de que cediese… o decidiese ser uno de ellos? La idea bastó para que Eiji volviese corriendo a su casa.
     Sus padres no habían vuelto aún, lo que le dejaba poco tiempo para hacer lo que tenía en mente. Así, al menos, no les pondría nerviosos con su conducta.
     Fue al armario de su cuarto y sacó la maleta más grande que tenía, llenándola con ropa y el dinero que tenía en casa. También cogió su tarjeta de crédito. No sabía qué influencia en el mundo virtual tendrían aquellos fantasmas; si serían capaces de invadir sistemas informáticos ajenos, pero no podía huir desamparado.
     Dejó su móvil sobre la mesa, donde iba a estar bien durante un tiempo,  y escribió una entrecortada nota de apaciguamiento y disculpa para sus padres. Seguidamente, encendió el ordenador una última vez.
     No fue a WorldWeb; eso se acabó para él. En su lugar, fue a una dirección más inusual de la que oyó hablar por casualidad.
     El ojo avizor. Un blog dirigido por una serie de autores anónimos donde cualquier temor o sospecha de crimen o peligro, que no pudiese ser denunciado públicamente, podía ser advertido, sin temor a represalias ni juicios. Eso lo convertía, por supuesto, en campo abonado de fanáticos de conspiraciones y paranoicos de toda índole. Pero, a menos, cada caso particular podía ser citado. Tomando aliento, Eiji empezó a escribir.
     AVISO A TODO EL MUNDO. WORLDWEB ES UNA AMENAZA. LOS AVATARES DE AQUELLOS QUE MUEREN ADQUIEREN FUNCIONAMIENTO INDEPENDIENTE. Y BUSCAN QUE AQUELLOS QUE JUEGAN MUERAN PARA UNIRSE A ELLOS.
     No era muy convincente, pero poco más podía hacer. Cogió su maleta, se cambió la chaqueta y dejó su habitación y el apartamento.
     La brecha había sido abierta. Sólo quedaba esperar y ver si podía generar un seísmo lo bastante grande para derrumbar hasta los cimientos aquel falso edén.
     En su salida al exterior, creyó ver a su madre de regreso. Aceleró el paso, por si acaso. Ni quería dar explicaciones ni retrasarse más de lo necesario.

     Marcos se sentó en la cama junto a Paula, mirándola fijamente a los ojos. Su amiga le devolvió la mirada. Había estado llorando, ahora lo veía fijamente. Sin embargo, su expresión, ligeramente vacía, era ahora de firme determinación. Frente a ellos, Mónica, José Alejandro y Encarni se alineaban frente al ordenador.
     —¿Entonces, os habéis decidido ya? —preguntó Mónica desde el lado izquierdo de la formación—. ¿Lo vais a hacer?
     Marcos apretó firmemente la mano derecha, notando la frialdad metálica del objeto que sujetaba. Junto a él, Paula suspiró, inclinando la cabeza. En su mano derecha, las pastillas se sacudían como semillas impacientes por convertirse en árboles. En la izquierda, el agua del vaso parecía un mar embravecido en una noche de tormenta.
     Él, por su parte, la imitó, mientras exigía a su mente que le apoyase en aquellos momentos de duda… y temor.
     ¿Voy a hacerlo? ¿De verdad… es esto lo que quiero?
     Mientras esperaba la iluminación que acabase con las brumas de la duda, reduciéndolo todo a un acierto o un fracaso, levantó la vista, apreciando las miradas extasiadas de gozo de los tres testigos. Lentamente, levantó ante sus ojos la mano derecha, deteniéndola para ver su reflejo en el filo plateado del cuchillo.

     Con un chasquido de dedos, el traje de neopreno y la bombona de aire fueron sustituidos junto a las gotas de agua sobre su cuerpo, por una sencilla camisa blanca, un pantalón marrón y unos zapatos de cuero. Un tenue resplandor le llevó desde las aguas infestadas de peces de colores, tiburones y submarinos en busca de pecios cargados de oro hasta el patio de su casa, una elegante casita de madera de estilo victoriano pintada completamente de blanco. Caminó con paso firme sobre el sendero de basalto negro que flotaba sobre el césped y ascendió con paso animado los escalones del porche.
     —¡Ya he llegado! —anunció Kevin Wheeler, abriendo la puerta de su casa.
     —¿Qué tal ha ido el día?
     Kevin siguió la voz hacia el salón. Allí, sentada en una mecedora, Amy leía un libro junto a una ventana.
     —Muy bien, cielo —aseguró, acercándose a ella para darle un beso en la frente—. Cada día es mejor que el anterior. Pero…
     Kevin se apartó por unos momentos de ella, inclinando la cabeza con aire apesadumbrado. Su mujer cerró el libro, mirándole con preocupación.
     —¿Qué pasa, querido?
     —Nada serio, en realidad —aseguró, volviendo a mirarla—. Sólo que…
     —Dime.
     —Me va a tocar hacer el trabajo.
     —¿Sólo?
     —Sí.
     —¿Y hay algún problema con eso?
     Kevin suspiró.
     —Que siendo mi primera vez… no estoy seguro de cómo me irá.
     Ella se levantó de la mecedora, a lo que él reaccionó precipitándose hacia ella para detenerla. No quería que hiciese esfuerzos.
     —Tranquilo —ella le detuvo, poniéndole con delicadeza su mano en su hombro—. No debes preocuparte por eso. Es tu hermano. Seguro… que se pone muy contento de volver a verte. Y cuando sepa lo que le ofreces…
     Acabó rodeándole la nuca con ambas manos, mientras él volvía a suspirar.
     —Estoy muy nervioso.
     Ella sonrió y le besó en los labios.
     —No te preocupes; lo harás bien. Además, les vendrá bien a su familia y a él. Sobre todo ahora que…
     Él la imitó, sonriendo con aún más entusiasmo que ella.
     —Sí, lo sé. Sobre todo ahora que los niños van a tener un primito con el que jugar.  
     Y bajó los brazos hasta su vientre, abarcando por completo su forma abultada y esférica con las manos abiertas. En respuesta, una pequeña presión pareció golpear sus manos, como dándole ánimos.

     Debía salir de allí; en aquella ciudad era vulnerable. Dejar Honshu[1], trasladarse a algún lugar remoto. Debía alcanzar el mar y de allí, alguna isla; Ōshima quizás, o algo más lejos aún, en el extremo más meridional de las Izu.  Allá donde aquellos fantasmas hechos de luz no pudiesen alcanzarle, donde no pudiesen corromper a sus gentes con su complot.
     Por las negras calles de Toshima, en aparente dirección al metro, una extraña y fantasmal figura, similar a un hombre joven y esbelto, de elegantes pantalón y zapatos de cintura para abajo pero cubierto por completo con una sudadera con capucha gris, se iba abriendo camino, cargando una pesada maleta con él.
     En su camino, aquella figura se topaba con todo tipo de personas; hombres maduros trajeados, estudiantes con trajes de marinero, chicos jóvenes con dispositivos de música en las orejas; incluso con extrañas figuras adolescentes, vestidos con extraños trajes y pelo de color azul o rosa.
     Poco le importaban a aquel extraño quiénes se interpusiesen en su implacable avance; con la cabeza baja y su engañosa esbeltez, se abría paso entre la multitud como un rinoceronte a la carga, haciendo a un lado con feroces empujones a aquellos que no le veían, no le notaban o le ignoraban.
     A sus espaldas, iba dejando un coro de gemidos de queja y frases de reproche, lanzadas desde rostros ceñudos, bocas furiosas y ojos indignados que expresaban el sentir de bocas cubiertas con mascarillas quirúrgicas.
     Pero a aquel extraño no le importaba. Porque, si alguien pudiese ver su rostro oculto, le vería sonriendo ampliamente, guiado por un único y simple pensamiento, que repetía como un mantra mientras proseguía su camino:
     Mientras pueda chocar contra ellos, significa que son reales.


[1] Isla principal de Japón, en la que se ubica su capital, Tokio.