lunes, 2 de mayo de 2016

LA MALDICIÓN DE LOS HUESOS – PARTE FINAL

Tim, por algún motivo, esperaba que fuese rojo, como la sangre de la que se había desprendido y que, ahora sabía, se movía mezclada con aire para mantener su cuerpo hueco pero funcional a flote. Tampoco era como el blanco nacarado que les atribuían las películas y las clases de anatomía, sino del gris pálido de la madera quemada, tan opaco que no producía destellos. En su lugar, arrojaba un sinfín de sombras entrecortadas contra el suelo; un teatro entero salido de un único esqueleto.
      Todavía sorprendido por su repentina independencia, bajó los brazos y empezó a darse la vuelta. Lo hizo despacio, como su antiguo dueño, pero con más firmeza; por algo él era el soporte y Tim la mampostería; uno hecho para durar y funcionar, el otro para ser bonito por fuera.
     Impertérrito, Tim contempló las cuencas vacías de su esqueleto. Era sólo eso, huesos unidos entre sí. No había sobre él ni una gota de sangre, ningún órgano enrollado entre sus costillas, ningún resto de su antiguo dueño. Y, sin tener otra cara que su calavera sonriente, Tim sintió que le miraba con odio; el odio de un prisionero al liberarse por fin de un captor tras demasiado tiempo, algo demasiado intenso para estar limitado por la ausencia ojos.
      El esqueleto entrechocó sus nudillos. Crujieron como los de un boxeador.
     Ahora luchareis a muerte, le anunció el dios. Si vences, la maldición terminará para ti. Si pierdes…
      Tim interpretó el subsiguiente cloqueo como alguna risa burlona y cruel.
      Su oponente levantó los dos brazos, curvados en puños, mientras adelantaba la pierna derecha. Tim se dispuso a imitarle, pero cuanto más sabía de su nuevo estado, menos ganas de luchar tenía. No sólo sus brazos; sus manos era estaban totalmente abiertas, sin poder curvarse, y sus dedos era gordos como salchichas. Iba a luchar contra puro hueso duro teniendo la anatomía de una muñeca de trapo y la constitución de un globo de Acción de Gracias.  
       Pero si algo no tenía era tiempo para pensárselo.
     Con un chasquido de mandíbula, el otro dio el primer paso. Luego cargó contra él, dispuesto a matarle.
     Tim se dispuso a dar un paso al frente para evitarlo.
       Mierda, muy lento; muy lento…
     En cambio los huesos, sin el peso de la carne, se movían con la gracia y precisión de un atleta olímpico, chasqueando con cada paso que los acercaba. Maldijo para sus adentros.
     Le bastó sacudir el hombro derecho para empezar inclinar todo su cuerpo. La sangre, arrastrada por la deriva, empezó a tumbarlo, cosa que dejó hacer. Era como si el tiempo para él fuese más lento, y muy rápido para el tío duro.
     Onduló justo cuando los cinco nudillos derechos se lanzaron contra su cara. Al pasarle rozando provocaron una suave corriente que retumbó contra su piel increíblemente tersa, confirmándole lo que ya temía: sin carne amortiguándolos, sus golpes iban a ser como mazazos contra una piscina hinchable.
      Me reventará.
     Tim se agitó, intentando recuperar el equilibrio antes de caer de lado como un peluche. Sintió que su hombro daba contra algo duro, que lo hundía. Debía ser el frigorífico. Agitando su rígida cabeza, consiguió volverse y encarar a su enemigo que, a juzgar por la algarabía de crujidos, volvía al ataque.
     Tim se irguió cuando el esqueleto llegaba, dando un débil salto con el pie derecho con la esperanza de propulsarse como los astronautas en la luna. Pero no contó con el peso del líquido.
      Evitó el paso del puño, pero no el cúbito.
     El simple contacto arrugó por un momento su cuello de toro, falsamente musculoso. La presión, como de una pinza para ropa, le hizo temer que reventase y a empezase a vaciarse. Pero, por suerte, el su estado el dolor era efímero como su peso. Tim quedó a la derecha del esqueleto, que había impactado contra la puerta del congelador, sin llegar a abollarla. Visto así, parecía el boxeador más delgado del mundo posando frente al saco más duro. Sus costillas recorrían su cuerpo sin edad como las luces de un anunció de neón.
     Tim entendió que era el momento del contraataque.
     Dando un paso al frente que casi acabó en resbalón, alargó su hinchada mano derecha y la hundió contra la ristra de palos. Esperaba hacer algo, pero en vez de presionar, de partir, de hacerle daño a esa parodia asesina de sí mismo, sus dedos apenas rozaron su superficie antes de doblarse hacia arriba, habiendo efectuado apenas una caricia erótica.
      Oh, no.
      Apartando el brazo, Tim dirigió los nudillos izquierdos al mismo punto. Su mano se apelmazó como un acordeón contra los barrotes de la jaula. Entrecerró los labios, una de las pocas partes de su cuerpo que controlaba sin problemas, mientras su corazón le hacía repicar como una campana. Tenía que luchar, sí, pero los golpes quedaban descartados. Era, sencillamente, demasiado blando.
     Retrocedió, mientras intentaba idear otra estrategia; unos momentos muy valiosos en los que olvidó lo vivos que estaban esos huesos. Separó el puño derecho de la nevera y la cintura giró ciento ochenta grados con una agilidad que Tim no tenía desde… no recordaba. La mano izquierda iba hacia él, abierta; las puntas de los dedos, romas y obtusas, le parecieron afiladas como garras de tigre.
     Tim presionó con los dos pies a la vez para retroceder, pero esta vez el esqueleto fue más rápido. El hombro se llevó el zarpazo, un dolor profundo acompañado de calor. Los remanentes del impulso lo alejaron, las falanges dejaron su cuerpo con un plop húmedo.  Inmediatamente, miró a su hombro derecho.
     Los cuatro cortes tenían profundidad y longitud variables, siendo el meñique el que menos había penetrado. En contraste con la mayoría de cortes, ojos entrecerrados que lloran lágrimas rojas, esas heridas se veían finas y temblorosas, como si estuviesen sobre un hinchable pinchado… cosa que le estremeció.
     Con el aire, empezó a asomar la sangre, oscura y espesa como el petróleo, que resbaló sobre su redondo brazo hasta el suelo.
      Tim intentó mover el brazo herido, encontrándolo más rígido… y pesado.
      No pasa nada, no me ha hecho nada…
     Había aprendido dos cosas: sus heridas sangraban, y al sangrar su cuerpo se vaciaba.
     Empezó a desplazarse a la izquierda, poniendo distancia mientras empezaba a costarle cada vez más moverse. La calavera salía de su campo visual, que pasó al dios-niño podrido, acurrucado sobre la mesa con sus grandes ojos abriéndose y cerrándose al unísono. Sólo le faltaban unas palomitas para que pareciese que disfrutaba de verdad el espectáculo.
      De nuevo los crujidos; su elástico cuello se retorció aprovechando que no podía desnucarse. Instantes después perdió la vista, a la vez que un dolor le atravesaba la cabeza como una bala, casi arrancándosela, y propulsándolo hacia atrás. Cuando volvió a ver, despacio como al final de un fundido a negro, se encontró el puño gris. Un fluido tibio le bajaba de la nariz, dibujándole un largo y fino bigote que se perdía en una mancha a sus pies.
      Bien, ahora… ahora…
     Aturdido, con el líquido que quedaba dando vueltas en su cabeza y su cuerpo, arrastró el brazo derecho como si fuese en cabestrillo. Consiguió recorrer un paso más antes de que volviese el dolor, hundiéndose en su costado izquierdo. La veloz garra del esqueleto se retiró salpicada de rojo. Tim no quiso ver el resultado, sintiendo la sangre calentar su piel de cuero. Lo que oía era el aire abandonándole, como si alguien botando sobre un colchón de pedos.
     Levantó como pudo las dos manos, quedando la derecha un poco más abajo, en un intento de interceptar el siguiente lanzamiento. Una luz antinatural parecía alumbrar las cavernales cuencas de la calavera, el placer de sentir la victoria entre los dedos.
     El siguiente manotazo vino por la izquierda, dándole tiempo de interponer el brazo. Le dolió como un látigo, arrastrándole de costado unos centímetros sobre el suelo. Se sintió como una bolsa de plástico dura y correosa en vez de como un globo elástico, puesta otra vez de pie por su particular equilibrio. Sin embargo, sus pies se mostraban menos estables, y al intentar moverse, Tim apreció una paradoja: al ser más pesado y estable le resultaba más fácil moverse pero, a la vez, empezaba a sentirse cansado, con los ojos empañados y con dificultades para seguir firme.
     Lo entendió en cuanto bajó la vista. Más de veinte años antes había reñido a Mike porque, en una pelea con Ben, había tirado un bote de kétchup. Ahora la mancha extendida como trazos de un pincel sobre el linóleo cubría el doble de superficie. Las pedorretas seguían a su alrededor, sin hacerle ninguna gracia.
     Se le acababa el tiempo, el reloj de arena se había volcado y estaba perdiendo su preciado contenido.
     El esqueleto dio un paso adelante, con los puños bajos. Tim, sintiendo que la sangre le bajaba a los pies (literalmente), se preparó para recibirle. Aquel bastardo, atiborrado y endurecido con décadas de queso y leche, le empujó un poco más atrás. Si se cansase un momento, si bajase la guardia… pero, ¿cómo? Se cansan los músculos con el esfuerzo, los pulmones sin aire, la sangre caliente…
      Y era evidente que odiaba todo eso, la debilidad que le oprimía y le esclavizaba. Después de todo, en aquella relación, por primera vez, no era el parasito el que estaba por dentro.
     Le lanzó un derechazo, que sólo arrancó unas pocas salpicaduras de la nariz. Tim, sin saber cómo podía derribar el viento a la montaña, alargó los brazos y empujó.
     Los pies de hueso, duros como tabiques, lo mantuvieron firme. El escaso empuje inicial se perdió. Y Tim sintió más que vio su mano derecha, cada vez más flácida y vacía, sobre las costillas. Por algún recuerdo uterino de cuando aprendía a manejar sus ser, sus dedos se ondularon, recorriendo un piano imaginario.
     Y, con su movimiento, el milagro. Tim, llevado por el logro, resopló.
     Los cinco dedos se habían escurrido como anguilas por los huecos, aferrándose con fuerza a la escalera de costillas. El esqueleto contraatacó, agitando el brazo en dirección contraria y Tim, dispuesto a no abandonar su primer momento de ventaja en ese duelo demencial, dobló sus gruesas piernas, perdiendo en el acto diez centímetro de altura. La guadaña de la muerte le rozó el cuero cabelludo, arrancando algunas matas canas y mojándole más la cara. Pero no lo soltó.
      Intento tirar de él desmontarlo como un castillo de fichas de dominó, y no pudo. Pero no por la pesadez, por su poca fuerza. Era como si su mano se había quedado pegada.
     Al volver a mirar, la vio fundirse como queso sobre una parrilla, recubriéndolas con su piel pálida…
     Eso era. La carne se une a los huesos. El esqueleto luchaba para alejarlo porque si lo tocaba volverían a su estado natural, rompiendo el hechizo del dios infernal. Y él lo sabía; lo apreció por cómo dejó caer su mandíbula.
     Su siguiente acción fue girar sobre sí mismo, lanzándolo por los aires. Y Tim, cada vez más vacío y ligero, oyó algo desgarrarse como flexo arrancado de una caja de cartón. A mirar al frente vio que la sangre chorreaba sobre las costillas como de una herida abierta en el corazón.
     No le dejaría volver a pegársele como una rémora; lo golpearía, desgarraría y empujaría hasta que perdiese todo el aire, su sangre y las fuerzas para luchar. Pero Tim no iba a dejarle. Tan pronto como hizo pie se lanzó a por su enemigo, que le recibió con la boca abierta.
     El dolor fue seco e intenso, como si se hubiese pillado la mano entera tras el hueco de una puerta. Tim abrió la boca y gritó, con tanta fuerza vomitó las dos piezas de su mandíbula postiza.
       Le había mordido la mano con su quijada sin dientes y la apretaba, aplastándole, dispuesto a impedirle moverse… aunque Tim comprobó que no estaba arrugada o desgarrada, sino que se deshacía como un cubo de sopa en agua. Las telarañas volvieron a cubrir la calavera que, horrorizada, intentó apartarse al darse cuenta. Dio dos pasos atrás, y Tim aprovechó para tirarse a sus brazos. Ahora estaban unidos. Levantó el pie izquierdo y lo subió a tientas, hasta rozar la tibia o la rodilla. Hundió la planta contra ella, aplastándolo como una rama seca. Que le tocase cuanto quisiese, que le aplastase, que le convirtiese en abrigo y se lo pusiese.
      Te tengo. A ver qué haces ahora.
     Tim juntó los labios y silbó; en realidad lo más parecido a un grito de dolor que pudo expresar. Era el sonido del ataque íntimo, de la herida en la virilidad. Su huesudo hermano conocía los trucos sucios; incluso para un muñeco hinchable un rodillazo en las joyas familiares duele. Sintió brotar las lágrimas, mezclándose con la sangre que caía de la cabeza. Y con ellas, su euforia anterior le salió por la boca, debilitado como Aquiles al sangrar por el talón.
     El esqueleto aprovechó la situación y estampó repetidas veces la diestra contra el hombro y su cara, que retumbó como un tambor que fue degenerando hasta parecer una toalla mojada. A la vez, la mano izquierda subía y bajaba como un machete, cortando la selva que intentaba conquistarla y lanzado chorros de savia oscura y espesa con cada golpe.
     Tim dejó de sentir. Mientras el dolor en sus partes remitía, el de brazos, manos, hombros, cuello y cara crecía. Un foco se extinguía, pero otro ardía incontroladamente. La lluvia de sangre le cegaba, el eco de los golpes le ensordecía. Y mientras duraba se hundía, como si empequeñeciese, hasta que un único y poderoso estallido eclipsó a los demás. La botella había sido descorchada.

     Tim, sin poder moverse, pensó que su corazón había estallado. Pero su pensamiento, aunque infectado por el dolor, seguía siendo cabal. Sus pulmones, ahogados en sangre, seguían funcionando junto a un corazón que, paradójicamente, se moría de sed. Lentamente, la cortina roja se disipó y pudo ver.
     Veía el techo, iluminado por las cuatro bombillas luminiscentes de su lámpara. Sobre él, una oscura silueta le cubría con su sombra mientras levantaba los brazos. La viva estampa de la celebración de la victoria.
     Tim parpadeó, lo único que consiguió hacer. Intentó hacer lo propio con su cuerpo, sus brazos, sus piernas, su espalda… Estaban perdidos. Su oponente le había destrozado, reventando la bolsa en que se había convertido su cuerpo. Se sentía mojado, bañado en su propia sangre. Suspiró con fuerza, entendiendo la situación.
     Estaba acabado, había perdido el duelo a muerte para decidir su destino. De un momento a otro el dios de la muerte, el niño podrido con cabeza de búho, se llevaría sus despojos a su infierno de nombre exótico. Allí lo colgaría de las ramas de algún árbol marchito mientras los hambrientos y podridos que por allí pululaban se sentaban debajo para que les hiciese sombra o secarse sus mocos y vómitos. Quizás incluso sus viejos camaradas, unidos por la causa común de ser compatriotas en una tierra extranjera, acudiesen junto a él para recordar momentos felices bajo el cielo rojo.
     ¿Y el esqueleto? Bueno, era difícil sabe qué sería de él. Si salía así a la calle iba a llamar más la atención que Ronald Reagan vestido de Marilyn, y no atraería precisamente la atención de admiradores del gótico. Podía, no obstante, disfrutar de su autonomía. Se la había ganado.
     El esqueleto bajó su cabeza, mirando a lo que quedaba de Tim, meciéndose  Su cuerpo de forma lenta y calculada, recuerdo reflejo de los tiempos en que respiraba. Libre, era el momento de romper definitivamente sus grilletes. Estómago, riñones, hígado, pulmones, corazón, cerebro… Tim. Los parásitos que habían llenado su prodigioso vacío sin dejarle vida propia, listos para desaparecer de un único pisotón. El destino que los hombres reservan a las plagas.
     El pie, largo y estilizado, engulló por un momento las luces, recordándole a Tim lo que era temer a la oscuridad. Con sus carnes abiertas mecidas al son de una respiración cada vez más agitada, sólo pensó una cosa, inevitable.
      ¿Miro o cierro los ojos y espero?
     El hacha sin filo ni mango se alzó, lista para ejecutar la sentencia, y un tañido recorrió toda la casa.
     Tim, sobresaltado, se habría meado si estuviese entero. Pero no era una ilusión. El esqueleto había bajado el pie y se había dado la vuelta con las manos extendidas, la clásica actitud de sorpresa cuando alguien se presenta sin avisar, jodiendo nuestros planes cotidianos.
     Tim, palpitando como la superficie de un pantano, seguía su rumbo, le parecía que al salón. Al repetirse el sonido lo reconoció.
     Vaya, vaya. Parece que alguien se presenta a nuestro ritual privado.
      El dios de la muerte hizo el comentario con aparente diversión. Tim intentó mirar arriba, verle. Pero tuvo que resignarse. Era un lenguado de tierra.
     El timbre sonó una tercera vez, golpeando al esqueleto como unas baquetas; sensación de temor que aumentó cuando el solitario vibrar de la campaneo dio paso al martilleo de puños.
     —¡Papá! ¡Soy yo, Ben! ¡Ábreme!
     La lengua de Tim tembló, su cuerpo sufrió un escalofrió que lo movió como si se electrocutase.
     —¡Papá, sé que estás despierto; las luces están encendidas! ¡Abre! Por fa…
     Los golpes empezaron a remitir, como los gritos.
     —Mmmmm….mmmi… mi hi…
     El intruso no tiene nada que ver con esto. Se adelantó a sus intentos de pronunciar. No debe haber testigos de lo que aquí ha pasado.
     El frenesí de su corazón lo elevaba como una tortilla sobre una sartén.
     No te preocupes. Si se cansa de llama y se retira nada pasará. De lo contrario…
     Tim miró al esqueleto. Se había encorvado ligeramente y cerrado los puños. Parecía un jugador listo para correr las cincuenta yardas, pero tenía algo más primario. Más animal.
     Si llega a entrar, mi elegido dispondrá de él. Lo que ha ocurrido aquí no puede ser conocido. Sólo espere, señor, que su visitante no conozca otra forma de entrar.
     Tim el plano se contrajo entero al querer tragar saliva. Ben sabía muy bien como entrar: al bajar el porche, flanqueando el césped como un seto en miniatura, una hilera de macetas redondas con flores de distintos colores seguía el paseo peatonal hasta la calle. Bajo el segundo tiesto por la derecha, marcado por unas azucenas rosadas, había una losa suelta, dentro de la que escondía una copia de la llave de la puerta principal. El propio Ben le convenció de tener una garantía así, en caso de que tuviese que entrar dentro por cualquier incidente; una idea más segura, desde luego, que el clásico felpudo.
     En aquellos momentos su oído, extendiéndose sobre el suelo, fue capaz de recibir los pasos de Ben bajando los escalones y retrocediendo por el pasillo hasta parar.
     Una idea forzó a sus ojos protuberantes a mirar a su contrapartida de arriba a abajo. Aquel esqueleto había sido parte de él toda su vida. ¿Conservaría sus recuerdos y conocimientos? ¿Sabría lo que él sabía, en lo que pensaba ahora?
     El armatoste se irguió decidido, levantando la pierna izquierda en dirección a la entrada. Era evidente que sí lo sabía.
     La alarma en sus neuronas se tradujo en otro espasmo de su nuevo cuerpo. Ya no era sólo él; su castigo estaba cumplido. Ahora era su hijo quien se arriesgaba a pagar por su crimen. Una víctima colateral de un secreto que debió ver la luz, hacía cuarenta y cinco años.
     Tenía que hacer algo, y no podía. Tocaba confiar en la omnisciencia del anfitrión y padrino del combate.
     —Eeee… —con cada intento hablar, sentía su piel burbujear—. Eeessssc…
     Lo siento, pero no puedo. No puedo interferir hasta que el combate termine.
     Un flaco favor para Tim, en cuyos abultados ojos se dibujaban trazos rojos. ¿Hasta que el combate acabara? Él ya estaba acabado, sin poder hacer nada, al menos mientras viviese.
       ¿Era eso? ¿Tenía su esqueleto que aplastarle para salvar a su hijo?
     Tim miró hacia su otro yo.
     —Esssss….Mmmm…mmma….maaat…
     Le costaba horrores articular y peor, era obvio que esos ojos ciegos y los oídos vacíos del esqueleto no estaban con él. Estaban más allá de la puerta principal, en los pasos que corrían hacia la puerta.
     El esqueleto no esperó más, dispuesto a salir de la cocina.
     Tim gimió, silbando como un petirrojo. Su situación ya era terrible, pero ver morir a uno de sus hijos…
     Su contorno, piel, musculo y nervio mezclado en una pizza primigenia, se deslizó, estimulado por el deseo de intervenir. Los estímulos nerviosos, célula a célula, estiraron sus extremos como una sábana.
     El esqueleto detuvo sus crujientes andares, mirándole con lo que debía ser frustración y, hasta cierto punto, parecía que sorpresa. Miró al suelo, juntó sus dientes y sacudió el pie izquierdo tres veces; al principio parecía que con asco. Pero el movimiento de la pierna era más enérgico, más insistente, como si se le hubiese pegado  al pie un pedazo mojado de papel higiénico.
     Tim, suplicando por que Ben se demorase un poco más, consiguió seguir la mirada sin ojos de la calavera. Entonces, con una respiración que retumbó como un trombón, lo vio.
     Uno de sus extremos se había extendido, alcanzando el pie de huesos y enrollándose a su alrededor.
     Una pisada se detuvo frente al escalón. El esqueleto, entendiendo que se quedaba sin tiempo, agitó el pie con más fuerza y Tim sintió que volaba mientras una mancha roja se dibujaba sobre él. Su vista pasó al techo, quedando cegado, y luego cayó, desperdigándose como un esputo de sangre y fluidos.
      Tim tensó sus músculos desplegados, listo para aterrizar. Eso le amortiguó, cayendo en tanto silencio como cuando tomó tierra las dos veces ese día. Sus ojos coronaron la ondulada tortita como el sirope, dirigiéndose al pasillo.
     Su hijo peleaba con la cerradura.
     No va a ser así. No lo voy a dejar…
      Tim ordenó a todo su cuerpo moverse. Un instante después sus ojos cruzaban la cocina a casi veinte kilómetros hora como si levitase, sin arrastrarse ni serpentear.
      Cuando casi lo había alcanzado, su mente entendió el milagro: había perdido su cuerpo, sí; estaba completamente destrozado. Por eso, ahora moverlo no era un problema; sin brazos que se doblasen, pies subiendo y bajando ni torso que maniobrar. Era un uno y un todo con sus ser, obedeciéndole ciegamente.
     La oscuridad del corredor le cegó, mientras se desplegaba bajo los pies en movimiento como el lazo de una cuerda. El esqueleto, caminando en línea recta hacia la puerta, no lo vio llegar. Dio otro paso al frente, antes de quedar atrapado. Si no dio con con sus huesos (literalmente) en el suelo, fue por la firmeza conque Tim aferró sus talones mientras los ojos y el cerebro se replegaban, evitando lesiones. Y perder detalle.
     La cadera giró por completo, momento en que vio qué pasaba, dejando caer la con tanta fuerza que casi soltó sus dientes. Empezó a tirar de sus piernas, pretendiendo arrancar sus pies del pozo de brea, pero era inútil. Tim tenía más superficie, que se aferraba a los huecos en el linóleo y las grietas de su superficie. Ahora mismo, el esqueleto llevaba zapatos de cemento, que se deformaban, trepando por sus tibias y perones, como queriendo sellarlo en una estatua de expresión descompuesta.
     Tim se impulsó; quería levantarse, agarrarle. Y la masa se plegó sobre sí misma, dejando el suelo y cubriendo el cuerpo, que se hacía hacia atrás como si lo que fuese golpearlo fuese una ola de ácido.
      Un segundo después Tim, de vuelta en el suelo, lo abrazaba. El esqueleto parecía un hombre luchando contra un pulpo gigante. Los brazos se agitaban, las costillas vibraban y la cabeza iba de un lado a otro, parecía a punto de desprenderse del cuello. Pero aquella gelatina con sangre tenía hambre e iba a darse un festín.
       Se colaba en cada hueco, enrollándolos, lamiéndolos, uniéndose. El esqueleto intentó levantarse, seguir su camino. En ese momento, el movimiento cesó. Tim, ciego a la lucha, lo notó. Entonces lo intentó.
      Habría gritado de dicha. Volvía a controlar las piernas.
     La llave se coló en la cerradura. Tim las arrastró hacia atrás, de vuelta a la cocina, volviendo a la luz, que le quemó como dos horas mirando directamente al sol. La mandíbula crujió; su adversario temía perder, morir como ente propio. Furioso, empezó a clavarle sus uñas, levantando piel y carne; intentando arrancar  los nervios y arterias que sellaban el vínculo. Si iba a perder, antes lo destrozaría al máximo.
     Tim lo sentía, pequeños pinchazos cada vez más doloroso. Le hacían flaquear, retroceder, dudar. Empezó a retroceder del pecho a la cintura. Entonces, entre la ceguera y el dolor, comprendió la solución.
      La carne que trepaba por la espalda se dejó caer sobre los hombros como al melena de un cantante, se deslizó por los hombros y envolvió los brazos.
     Tim sintió tensarse el torso, que no se esperaba el ataque por detrás. Él apretó lo más que pudo, sujetándolo. Sintió el costillar vacío y liviano hacia unos segundos llenarse como si le inyectasen espuma. Las manos, como arañas de patas largas enganchadas en sabia, agitaban sus ahora inútiles dedos en el aire mientras las picantes mangas del jersey, poco a poco, subían para cubrirlas, envolviéndolas en manoplas.
     Los ojos de Tim subieron con la determinación de una babosa escalando un acantilado sobre el mar, pasando por las protuberancias de la nuca, la redondez del cráneo, la cabeza
      Al llegar a ese punto sintió un tremendo ardor por todo su cuerpo, haciendo temblar su piel, cegándole e impidiéndole pensar, mientras las últimas piezas completaban el rompecabezas.
                                                                     
     El crujido de la puerta al abrirse coincidió con un golpe de Tim Young, de sesenta y siete años, al caer de espaldas al suelo; desnudo, tiritando y cubierto de profundos cortes. El anciano pestañeó, en un intento de recobrar la vista mientras su boca, vacía sin su dentadura, se hundía como una bolsa de papel pisada. Hizo amago de levantar los brazos, de cubrirse; tenía frio. Pero no fue capaz.
     El dolor era indescriptible, algo parecido a recibir una pedrada en cada hueso, ser flagelado en cada centímetro de su carne y desollado como haría un cuchillo a su paso sobre una manzana.
     Con las luces de la cocina brillando, Tim se extendió en el duro suelo y respiró con fuerza. La luz se fue.
     Una figura la bloqueaba; una figura tenebrosa, deforme y maloliente. Pero eso a Tim ya no le importó.
     Enhorabuena, señor. Lo ha conseguido. Ha conseguido vencer. Ahora esta libre de la maldición.
     —Yo… Tim se asombró de poder hablar con normalidad. He sorbevivi…
      El dios de la muerte cerró sus grandes ojos.
     Por supuesto, ha escapado del castigo de Jigoku, pero no está exento de culpa. Las heridas que se le han infligido nunca sanaran por completo. No recuperará la sangre que ha perdido. Vivirá, por descontado, pero olvídese de seguir la vida tal y como la ha llevado hasta ahora.
     Tim entrecerró los ojos, lo que oía no le decía nada. Estaba dispuesto incluso a darle las gracias.
     Desde hoy, vivirá cada día con dolor. No podrá disponer de su cuerpo como hasta ahora. Necesitará de la ayuda de otros para no morir de hambre. Ni siquiera podrá tenerse en pie por sí mismo.
      Una lágrima escapaba de su ojo derecho. ¿Era de pena o de alegría?
     —Entiendo dijo por fin. Supongo que… me lo merezco… por hacérmelo a mí mismo.
     El dios volvió a cerrar sus ojos unos segundos.
     Debe estar orgulloso, señor. No vea las consecuencias de este día como un castigo, sino como una prueba. Sus cicatrices son espantosas, pues prueban que fue un criminal perseguido por los dioses. Pero la marca que dejarán en usted demuestran que afrontó el castigo y escapó con sus consecuencias, cosas que muy pocos hombres han sido capaces de hacer.
     Así que eran eso. No estigmas sino medallas; insignias al dolor y al sacrificio. Adornos baratos y bonitos de los que sentirse orgulloso.
      —Supongo que sí. Después de todo, estas no me las puedo quitar de encima.
     El dios volvió a cerrar los ojos, dejándolos así más de cinco segundos.
     Hasta siempre, señor. Espero que disfrute en su nueva vida. Muy pocos reciben una segunda oportunidad. Ahora, le dejó con su hijo. Sólo espero que cuide sus palabras sobre lo ocurrido aquí.
     Aquella última frase desconcertó a Tim Young. Ben. Se había olvidado de él por completo.
     Apenas un segundo después, oyó pasos potentes cruzar el recibidor hasta la cocina. Ben se detuvo en el marco, agarrándose. Miró hacia al suelo con una mezcla de sorpresa y asco. La sangre que lo cubría todo como en un duelo de grafitis; la ropa, joyas y la dentadura de su padre tiradas como si lo hubiesen desnudado a la fuerza, y su propio padre en el suelo, roto por media docena de sitios. Ben arrugó el ceño. Le costó de verdad reconocer aquella vieja y deformada cara. Luego se tapó la boca, contendiendo un grito.
     —Dios… ¡papá!
     Tim sintió la sombra de Ben cernirse sobre él y sus brazos levantarle los hombros, suave pero firmemente.
     —¿Qué coño ha pasado? ¿Papá? ¿Puedes oírme? ¿Pa…?
     Tim empezó a llorar, seguramente Ben pensase que por el dolor. Le costaba hablar, pero no porque su garganta estuviese herida o se ahogase. Miró a su hijo menor a los ojos. Con gran dolor, levantó la mano derecha hasta acariciarle la mejilla. Casi sintió asco de sí mismo, al ver que la había manchado de sangre.
     Ben —consiguió murmurar.
      Su hijo se quitó la chaqueta a la carrera, envolviendo su torso antes de volver a tumbarle en el suelo.
     —Papá, ¿qué…? Ben cerró los ojos, frustrado, y se levantó de un salto. Espera aquí. Llamaré a una ambulancia. Luego me dirás.
      Sí, hijo. Luego te diré.
     Ben corrió en dirección al salón, dejaba a su anciano padre sólo, herido y desnudo en el suelo de su propia cocina, rodeado de innumerables charcos de su propia sangre. Y él logró sonreír; hasta tensar esos músculos le dolió insoportablemente.
      Volvía a estar sólo, pero ya no tenía miedo. ¿No decía aquel engendro que viviría?
     Mientras una luz se encendía en el salón y Ben gritaba enfadado, seguramente por comprobar que el teléfono estaba desconectado, Tim, olvidando el dolor, seguía sonriendo. Después de aquel día, se había ganado una sonrisa en su cara, más que ninguna otra medalla de su vida.

lunes, 25 de abril de 2016


LA MALDICIÓN DE LOS HUESOS – PARTE 6

Tim se encontraba sólo en la cocina de su casa de Queens, bebiendo una vieja botella de Laird´s que compró poco después de casarse y rodeado por el penetrante humo de un puro cubano; recuerdo que su padre se trajo de La Habana antes de los embargos y que él heredó íntegros. Se dijo a sí mismo que no gastaría esos recuerdos hasta que llegase una ocasión en que los disfrutase como nunca. ¿Y qué mejor ocasión que la de irse a lo grande?
      Era un prisionero encerrado en un cuarto pequeño e iluminado, vigilado por ojos invisibles y a la espera de que una voz fantasmal le dijese “tu hora ha llegado”.
     En el salón, tras él, el teléfono estaba desconectado. Había podido atar todos sus cabos salvo uno y ahora le apetecía estar en paz. Primero habló con Mike, que se había trasladado con su familia, su mujer Emma y sus dos hijas, Janet de quince años y Rose de once a un pueblecito costero de Maine, de donde le visitaban aprovechando los altos en su trabajo de representante de una fábrica de fertilizantes. Había tenido la suerte de pillarles en casa. La charla fue fría, teniendo como tenía su propia familia a la que atender, pero lo había notado. Después de que Tim hablase con su nuera y sus nietas, se lo preguntó.
     —Papá, ¿pasa algo? Te noto raro, como… si estuvieses triste por algo.
     —No, hijo, no… mintió. Es que hoy ha sido un día duro. Han muerto varios viejos amigos.
     —Umh, umh…lo siento. —Hizo una pausa. Oye, ¿qué te parece… si nos pasamos a verte la semana que viene? Un día entero, las chicas y…
     —Ya veré, hijo. La respuesta fue instantánea, fría y dura como una lápida. Esta semana tengo… algunos asuntos que atender. Según cómo vaya…
     —Papá, ¿seguro que estás bien?
     Sí, Mike. De verdad.
     —Vale. Para el viernes creo que habré cubierto la semana. Te llamaré entonces… para verlo.
     —Muy bien. Hasta pronto. Te quiero.
     —Yo también, papá. ¿Te vuelvo a pasar con las niñas?
     —No, ya está. Ya me he… despedido de ellas… antes.
     —Bueno… pues adiós. Buenas noches.
     Bajó el auricular, con su corazón entonando su canto de cisne y las lágrimas quemándole los ojos. Despedirse le hacía comprender lo mucho que temía a la muerte; necesitando casi cinco minutos para tranquilizarse y volver a llamar.
     Natalie se fue al medio oeste hacia cinco años, a algún lugar de Arizona que ni siquiera recordaba que saliese en los mapas. Según aseguró, le apetecía algo más de sol en su vida. Allí abrió un pequeño hotel y conoció a su marido, Wallace Toger. Su primer hijo, Nicholas, había nacido hacía apenas seis meses, un acontecimiento que le hizo olvidar a Tim todas sus penas… hasta ahora. Temía hacer aquella llamada; Natie podía estar ocupada con su trabajo, quedando en el aire.
     Sin embargo, contestó el teléfono.
     —Vaya, hola papá. ¿Cómo van las cosas por Nueva York?
     Tim tuvo que aplicarse para cubrir su farol; dejando claro que llamaba sólo para saber cómo estaba ella. El negocio iba bien, dijo, hasta habían ampliado plantilla, un recepcionista y otras tres limpiadoras. Wallace estaba en ese momento trabajando, por lo que tendría que conformarse con ella y el bebé.
     —Vamos, Nick. Dile hola al abuelo.
     Fue una charla breve aunque emotiva; por primera vez en mucho tiempo unas palabras le saltaron las lágrimas, sin importar que fuesen los murmullos y chillidos de un bebé.
     —Ya ves aseguró Nathie al volver al aparato—, se alegra de saber de ti.
     Un doloroso legado; morir sin que su último nieto llegase a conocerle.
     Natie sugirió que, cuando tuviese un hueco, se pasase por el hotel, donde le reservarían la mejor habitación -se rió al decir aquello- o que, en su defecto, cuando él quisiese, y si podían, irían a verle. Tim se despidió, recordándole que la quería, tras lo cual dirigió un dedo curvo y tembloroso hacia el teclado, antes de perder el valor para hacerlo.
     Ben fue el último era el único que quedaba en Nueva York, el tenía más cerca y, mal que le pesase, el más emocional de todos. Vivía en un apartamento en Brooklyn con su mujer, Ethel, y sus tres hijos, Joseph de once años, Gabriel de ocho y Carol de cuatro. El que más se había aproximado a los pasos de su padre, su interés por las máquinas le llevó a estudiar ingeniería, especializándose en audiovisuales, frente a las numerosas voces que le recomendaban aspirar más alto. A día de hoy, era uno de los orgullosos cámaras de la CBS en Nueva York, trabajo que le había habituado a ciertas situaciones límite. Por eso, Tim lo tenía claro, con él debía sonar más calmado. Sólo quería saber cómo estaba, o se arriesgaba a tenerlo en una hora aporreando en su puerta.
     El teléfono sonó cuatro veces. Tim sabía que el horario de Ben era flexible, pero creía recordar que esa tarde libraba. Al menos, debería haber alguien…
     —¿Hola? respondió al sexto tono la dulce y firme voz de Ethel, oyéndose sobre los dibujos animados.
     —Hola, Ethel. Soy… yo.
     —¡Ah, Timothy! ¡Buenas noches! ¿Ya has vuelto o…?
     —Sí, acabo de llegar.
     —¿Cómo… ha ido el vuelo?
     —Bastante bien y rápido, la verdad…
     —¿Quieres hablar con Ben?
      —Sí, Ethel. —Retorció su lengua, sabiendo lo que le quedaba—. Por cierto, ¿qué tal va todo por allí?
     Un día duro en la tienda de ropa. Además, creía que Gabriel, que se había constipado a finales de marzo, estaba sufriendo un repunte. Por lo demás, estaba a punto de preparar la cena.
     —Me alegro mucho, Ethel. Será mejor que no te entretenga.
     —Gracias…—La duda en su voz le disparó varias alarmas señales. Bueno, te paso con Ben.
     La transacción verbal apenas duró un segundo, lo que le supuso un alivio.
     —Buenas noches, papá. ¿Ha ido bien el funeral?
     —No, hijo… Tim suspiró, reuniendo fuerzas para las explicaciones.
     —¿Qué ha pasado?
     Tim fue breve sobre la muerte de Jeff. Después de todo, ahora eso no importaba.
     —¿Vas a volver a volar, entonces?
     Sí hijo. A la derecha del Señor y con tu madre, si esos demonios tienen un poco de compasión.
     Gimió, conteniendo un sollozo.
     —No, hijo; quiero decir… —Se apresuró a cubrirse, mientras se rascaba el cuello—.¿Puedo hablar… un poco con los chicos?
     La respuesta no fue inmediata; Ben debía estar intentando encontrarle un significado a su petición.
     —¿Por algo? —Le pareció detectar suspicacia en la pregunta
     —No, sólo me apetece… saber… que tal le va a mis nietos. 
     Ninguna de las entrevistas duró más de un minuto. Joseph había ganado un partido de baseball esa mañana y ahora estudiaba para un examen de historia. Gabriel, encerrado en su casa como él, veía los Looney Toons. Y Carol consiguió decirle que se había pasado el día ayudando a su madre y que ahora veía la tele con ella y su hermano. Frente a la intrascendente pero emotiva charla con Nick, los tres hijos de Ben fueron más breves, aunque no menos cariñosos… y curiosos. Todos se despidieron con la misma frase:
     —¿Pasa algo, abuelo?
     No, sólo… es curiosidad siguió la misma respuesta.
     El regreso de Ben al auricular le aceleró el pulso, temiendo que empezase a oler el humo.
     —¿Estás bien papá? Parece como…
    —No, Ben; ya te he dicho que no es nada.
     —¿Sólo qué…?
     Pues que… —Tim buscó a marchas forzadas una coartada fácil y creíble. Varios de mis amigos han muerto de golpe. Por eso… he pensado que nada me impide ser el siguiente…
     ¡Papá…!
     —Y, por si acaso… Quiero irme a dormir… sabiendo que todo está bien.
     Hubo un minuto de silencio; Tim supuso que Ben estaría mordiéndose un nudillo. Solía hacerlo cuando algo le inquietaba.
     —Papá, ¿seguro que no pasa nada?
     —Sí, Ben.
     —Si quieres, puedo ir…
     No, quédate en tu casa, con los tuyos. Son sólo… achaques de un viejo.
     Ben suspiró.
     —Papá, no hables así. Aun tienes salud para muchos años.
     —Gracias, hijo, aunque sabes que es mentira. Perdí la mayoría cuando naciste.
     Ben se rió, fingiéndose ofendido.
     —¿Seguro…?
     —No, estaré bien —mintió descaradamente—. Quédate ahí y… ayuda a Ethel con la cena. Es buena… una buena mujer. Me recuerda a tu madre cuando la conocí…
     Hubo un momento de silencio, Tim supuso que alguien debía haberse ruborizado.
     —Ben, escucha. Tengo que hacer otra llamada. Lamento haberte interump…
     —¿Qué dices? ¡Si sabes que aquí puedes llamar cuando quieras!
     Tim se rio.
     —Me alegra saberlo. Adiós hijo. Os quiero.
     —Yo también, papá…
     Tim colgó, quizás precipitadamente, cosa de la que se arrepintió al momento. Pero ya no había marcha atrás. Si volvía a llamar, Ben se pondría en lo peor y, aunque al día siguiente le odiaría por haberle mentido en todo, lo prefería antes que arruinarles la noche a él y a su familia.
     De los números conocidos pasó a rebuscar en una vieja agenda, repleta de tarjetas y anotaciones a mano. La suerte quiso que, entre sus papeles, encontrase un viejo número de teléfono de Bill, que le facilitó hacía más de veinte años en una reunión. Tim llamó tres veces, hasta que saltó el contestador, voz que le entristeció profundamente, al pensar que muy posiblemente ya le había llegado la hora. Y, en caso contrario, sólo podía confiar en la habilidad del sargento para cuidarse sólo. Aquello marcó su ruptura definitiva con el teléfono; no quería que nadie le interrumpiese cuando llegase.
     Su única compañía era su reloj de pulsera, que le recordaba que el mismo tiempo que se le agotaba pasaba para los demás sin males mayores. Llegó al JFK sobre las diez y dos minutos, a su casa a las diez y veinte y había terminado de hablar a las once menos diez. Dudo sobre si cenar algo; todos los condenados tenían derecho a la última cena. Pero la idea de derretirse o reventar con un filete colgándole de la boca le sentó peor que una indigestión; y de todos modos comió (poco pero suficiente) en el velatorio de Ernie.
     Pasaban de las once y cuarto. El cigarro se convertía en ceniza en sus labios y la botella se vaciaba. Tim la restringió al sexto vaso: si se embriagaba podía dormirse, y quería recibir a su invitado lo más lúcido posible, por más que le pesasen los párpados.
     Era, hasta cierto punto, una idea divertida. ¿Cómo se presentaría el dios de la muerte para llevarle al infierno? Si pensase en el demonio de su propia religión, seguramente un círculo llameante se abriría en el centro de su cocina y se convertiría en un pozo por el que caería, yendo a parar frente a un sonriente un hombrecillo rojo con patas de cabra, cola triangular y un tridente. En cambio, lo de Travis fue más discreto y silencioso…
     Quizás forzasen la puerta o rompiesen una ventana, cosa que, cuando su alma recobrase la consciencia, le parecería un chiste terrible. Esperar a la muerte para que un par de rateros te rajen la garganta por detrás. No, lo más posible era que hiciese como los fantasmas, atravesando las paredes sin hacer ruido y, en un parpadeo, materializársele delante. Se sentaría a su mesa, bebería con él y le pediría fuego para su propio tabaco; seguramente una pipa como las que usaban los chinos para fumar opio…
     Pensar en ello le provocó la imperiosa necesidad de salir a buscar un cura. Nunca había sido muy religioso; no después de lo que había vivido. Dejó de pisar la iglesia al volver a casa de la guerra, y sólo había vuelto a ella cinco veces más: para darle a Steph el “Sí quiero” y para darles el “Adiós eterno” a ella, a sus padres y a un viejo amigo, ese mismo día. Siendo como era protestante no practicante, suponía que, estando en paz consigo mismo, arrepintiéndose de todo, Dios perdonaría sus pecados. Ahora, en cambio, iba a tener que tratar con un Dios muy distinto.
     Tim volvió a consultar la hora. Las once y veintidós. No sabía cómo medirían los dioses de la muerte el tiempo, pero supuso que todo terminaría en veinticuatro horas desde que liquidaron a Jared. De todos modos, estaba seguro de algo: la vida estaba sobre la superstición. Si aquel malparido no se presentaba en media hora, tendría que subir a su dormitorio a darle la extremaunción, y matarle no le costaría tanto como sacarlo de la cama. Siempre podía amanecer comprobando que todo seguía igual, y que podría terminar con su vida.
     Los cristales de todas las ventanas temblaron al unísono. La casa entera gimió, tiritando de frio. Fuera, el viento movió también los setos y árboles.
      Creyó oír un gemido, como si la puerta principal se abriese, empujada por el viento y llenándole el recibidor de hojas y ramas correteando como cucarachas. Pero no, lo que oyó en otras circunstancias le habría erizado la nuca y puesto en alerta, pero ahora que lo esperaba, apenas le cambió la cara. La muerte final de la esperanza.
     Chasquidos se acercaron sobre el linóleo, andares delicados pero nada discretos, provocados por largas uñas contra el suelo. Él había tenido un perro a los doce años, un Cocker Spaniel llamado Wilson, y sabía cómo sonaba. Estuvo tentado de girarse sobre la silla y mirar sobre su hombro, pero se contuvo. En su lugar agachó la cabeza y cerró los ojos, sintiendo como la cosa con uñas se ponía tras él, en el umbral de la cocina, y paraba.
     —Has venido por fin. ¿Verdad?
     Tim reprimió una carcajada que disimulaba un sollozo, recordando que, muy posiblemente, no le entendería; ya fuese por no ser humano o porque era japonés.
     —Igual que has venido a por los otros…
     No sabía si era porque le había entendido y era su forma de decir que sí o, simplemente, seguía ejecutando la maldición, pero volvió a moverse. Se le acercó por detrás; Tim sintió, casi esperó, que le tirase la cabeza hacia tras y el cortase la garganta con una uña afilada. Aquello sería rápido, sin sufrimiento.
     Pero no se paró tras él. Empezó a moverse a su lado, rodeándole a él y a la mesa.
     —Mira, no sé si me entenderás… Mi idioma me refiero. Pero…
     A Tim le costaba hablar; olía a azufre y putrefacción como si se lo echare en frascos de esencia de diez litros, pero no era nada comparado con saber que le miraba. Él no le correspondía; no estaba seguro de soportarlo, mirar a su juez, jurado y verdugo a la cara. Continuó con la cabeza agachada, dejándole hacer.
     —Sólo quiero decir, aparte de que sé que te han enviado para ejecutar mi castigo… que yo… siento mucho lo que pasó en… esa isla. Lo que hicieron Keller… y Jackson y Bill… y lo que hice yo. Me asusté. Por eso… pido perdón. Si las almas de los muertos pueden oírme… espero que si no, les digas que lo siento.
     Se detuvo por un momento, frente a él. Luego Tim sintió una débil corriente, como si le abanicasen.
     La mesa tembló, la botella se sacudió, el vaso vacío se volcó, tintineando como aquel maldito cascabel y Tim dejó caer lo poco que quedaba del puro. Entendía qué pasaba.
      Como un gato, se había subido a la mesa de un salto.
     —Bueno —abrió los ojos pero mantuvo la cabeza baja—, por lo menos… espero que sea rápido.
     Tim lo olía, lo sentía, pero nada más; como si fuese el león dormido del cuento, no reaccionaba. Ya fuese por la tensión, por el deseo de acabar o por mero hábito, Tim miró su muñeca izquierda. Pasaron dos minutos.
     Dibujó una sonrisa extraña.
     —Bueno, decir esto puede ser raro masculló, reprochándole—, pero, ¿no deberías hacer… lo que tengas que hacer?
     La cosa seguía sin reaccionar, seguramente divertida con su visión, con su miedo. Tim, de improviso, ya no pudo más; levantó la cabeza y miró sobre la mesa.
     —¿A qué demonios esperas? Si tienes…
     Su voz se fue consumiendo mientras miraba con ojos cada vez más abiertos al imposible mensajero del infierno.
     Por el sonido cuadrúpedo de uñas largas esperaba ver algún tipo de gato; sin embargo lo que tenía delante, de gran cabeza y aspecto humanoide, se parecía más a un mono, del tamaño de un niño de cinco años. De hecho, tenía el aspecto de un niño, sólo que deformado hasta extremos que helaban la sangre, como una parodia cruel hecha por un caricaturista enfermo.
      De cuerpo esbelto y encorvado, sus brazos resultaban desproporcionadamente largos, permitiéndole andar a cuatro patas. De piel amarillenta y tatuada por desiguales cortes, producidos todos por el desprendimiento de la piel, parecía desnudo salvo por una especie de toalla, que resultó ser una cabellera de mujer arrancada de pelos negros y brillantes, enrollada a su cintura. Las uñas de pies y manos, como supuso, eran muy largas; de al menos cuatro centímetros, aunque empequeñecía al ver los brazos y piernas. La carne de las rodillas se había perdido, dejando las dos rótulas a la vista, y los antebrazos estaban completamente podridos, dejando dos agujeros oscuros y putrefactos separando la muñeca del codo.
     Pero lo más llamativo y enfermizo era la cabeza. Redonda y grande como el casco de un motorista, estaba cubierta de una especie de pelaje marrón y coronada por una pequeña cresta punk que, más que a pelo, a Tim le pareció una serie de púas reptiliana. En cambio, en la parte inferior de la cara, desde la papada a las mejillas, aquel mismo pelaje era blanco, juntándose con su variante oscura en el centro como el mar y el cielo de la tarde. Allí había una nariz chata y estrecha de color carbón hundida en la cara, parecida al pico de un búho. Y los ojos, del tamaño de copas para vino, estaban a sus lados pero abriéndose hacia los lados como los de un camaleón; amarillos y con una retina negra y ovalada de sapo, tapados esporádicamente por parpados grises y rugosos que los enceraban.
     La manera más simple y llana de describirlo era como un niño mutante con cabeza de búho. Y Tim, respirando con la boca, dio gracias al alcohol por ralentizarle y al tabaco por llenarle las fosas nasales, impidiéndole olerlo a bocajarro. Si no, habría vomitado sobre la mesa y se habría meado en los pantalones.
     —Bueno se cansó de sostener su viscosa mirada a los pocos minutos, como decía… Estoy listo.
     Agachó la cabeza.
     La cosa levantó la mano derecha; Tim la siguió instintivamente, esperando la maldición final. Pero, en su lugar, se rascó la nuca.
     —Mira, miré… aunque no me entiendas. Por favor, no quiero seguir…
     Soy afortunado. Resulta usted muy interesante, mucho más que los otros.
     La presión en el pecho que sintió Tim le obligó a cerrarle un puño encima, temeroso de un ataque cardiaco. Aquella voz era formidable, cargada de fuerza y nobleza, como la de un curtido senador, triunfante en el envenenado mundo de la política. No tenía nada de infantil, y menos aún de animal; nada que pudiese esperarse de algo como…
     —Tú… has sido tú…
     Por supuesto. La cosa se inclinó hacia adelante, parpadeando sin parar, como si la luz de la cocina le molestase. Con nosotros no hay nadie más.
     Lo que más le sorprendió, más que poder comunicarse con aquella pesadilla de carne y hueso, fue comprobar que no había ninguna boca u otro orificio en su cara o cuello que moviese al pronunciar las palabras, de lo que Tim dedujo que debía comunicarse directamente con su cabeza. Telepatía o algo así, creía que lo llamaban.
     —Hablas… —Tragó saliva. Puedes hablar mi idioma.
      Asintió con la cabeza con los ojos cerrados, impulsando a Tim a pegarse contra su respaldo.
     Por supuesto. No olvide que está ante un dios. Nuestras capacidades van mucho más allá de lo que pueda atreverse a imaginar.
     Si. Tim se apoyó sobre las manos. Entonces… es verdad. Has venido ha…
     El dios de la muerte volvió a extender su mano derecha de largas uñas, indicándole que callase.
     ¿Sabe? Nuestra misión no es llevarnos a los vivos, sino prepararles para el final de la vida. Nos llevamos sus pensamientos de miedo o duda, el recuerdo que les liga a seguir existiendo. Así pueden afrontar la muerte en paz y dirigirse sin temor a afrontar el juicio de las almas por su propio pie.
     —Y aun así —Tim se inclinó, olvidando por un momento a su acompañante—, habéis matado a mis compañeros. A todos…
     En casos excepcionales, en que se haya cometido una afrenta lo bastante terrible, se puede convocar un maleficio lo suficientemente fuerte para que nosotros, que trascendemos la mera existencia, nos veamos impulsados a llevarlo a cabo. Eso es lo que ha sucedido en este caso. Cumplimos una labor a la que nos vincula nuestro poder.
     Tim asintió.
     De modo… que soy el siguiente.
     Verá, debe entender esto: nosotros no castigamos al criminal en sí, sino al acto. No al general o al verdugo, sino a todo el ejército que propagó la ruina. Quizás usted no fuese tan culpable como los otros, pero siguió estando con ellos. Es el destino.
     —Un destino de mierda, desde luego.
     Tim cerró la mano derecha en torno a la botella, el asidero que le anclaba a la realidad.
     —¿Puedo? preguntó, entornando los ojos.
     Por supuesto.
     Para su sorpresa, en una inusual muestra de cortesía, la criatura arrastró hacia él el vaso con su zarpa derecha. Y, aunque la idea de tocar aquel vaso le asqueó, lo agarró sin pensar más en sus escrúpulos.
     —Gracias.
     Volvió a llenarlo, lo levantó como si brindase por su invitado y, a diferencia de sus demás consumiciones, lo apuró en un trago. Luego lo dejó, viendo las estrellas mientras sentía arder su esófago.
     Otra cosa, señor… No estaba seguro de como llamarle; al menos no protestó. Esto no acabo de entenderlo. Si puedes entender mi idioma… habrás entendido todo lo que te he dicho desde que has entrado.
     Por supuesto. El dios meneó la cabeza.
     —Entonces… ¿por qué esperas? ¿A qué? Ahora… que estoy preparado…
     Espero, señor, simplemente… porque le estoy evaluando.
     Tim cruzó los brazos sobre el tablero, mirando sus ojos saltones y desiguales; un alivio en comparación con los podridos y supurantes antebrazos.
     —¿Me evalúas? ¿El qué… y por…?
     Entienda esto: no soy simplemente el que ejecuta el castigo. También decido como se va a ejecutar. Todos nosotros lo hemos hecho así en este caso.
     —Sí, eso lo…
     En ese caso, como sin duda recordará, le he dicho que nuestra misión habitual no es castigar, sino preparar a aquellos que deben afrontar la muerte.
     Tim asintió.
     Sepa entonces que es el único de los malditos que se ha resignado a su destino. Los demás lo habían olvidado, desterrándolo de su memoria hasta que llegó la hora de ejecutarlo. Y aun así, lo negaron. Intentaron luchar, huir, suplicar por su vida… Sólo usted está listo para partir. ¿Por qué?
     Tim alejó la botella, mirando el fondo vacío del vaso. El resto de la bebida en el fondo, color tostado, daba vueltas en un sinfín de motivos abstracto; un caleidoscopio liquido en el que esperaba encontrar un oráculo incierto.
     —La verdad… no lo sé. —Volvió a mirarlo a los ojos. No ha sido nada especial. Supongo… que es porque lo sabía. Me he enterado casi al final, mientras a los demás les pilló desprevenidos. Por eso… he podido asimilarlo
     Se equivoca. Todos lo sabían. Se les advirtió a todos por igual hace cuarenta y cinco años.
      Tim rio por lo bajo. Había que admitirlo, era feo pero no se le escapaba una.
     —Bueno…hizo atrás la silla, separándola de la mesa. He tenido esos… cuarenta y cinco años para vivir. He visto como es el mundo, como cambiaba… Supongo que esto no importará mucho ahora miró al dios sobre su mesa—, pero he visto muchas guerras, aunque sólo participase en una. Guerras horribles, aún peores que esa. Yo… —Se cubrió los ojos con una mano. Entonces pensé… que sólo eran el enemigo. Matábamos a los soldados que nos salían al paso con sus rifles, sus metralletas y sus espadas. Pero lo que pasó allí…
     Tim empezó a entrecruzar los pulgares, oscilando como un metrónomo.
     —Después de todo, sí que nos merecíamos un castigo. Nunca lo recibimos… aparte de la maldición. Supongo… que he entendido que es justo.
     La cosa hizo ademán de inclinarse, como si supiese que había más. Aquellos ojos, pensó Tim. Debían poder ver a través de él, leer sus pensamientos o algo así.
      —Por lo demás… he podido aprovechar el tiempo que me, que nos disteis. He tenido esposa e hijos. Ahora tengo nietos. Les veo menos de lo que querría, pero sé que están bien…
     Se levantó, extendiendo los brazos frente al dios podrido, como un fugitivo entregándose.
     Ahora… mírame, lo que soy. Un viejo. Mi vida está hecha. He visto morir a mis padres y a mi mujer…
     Bajó la vista, conteniendo las lágrimas.
     Por supuesto se obligó a sonreír—, si supiese que me reuniré con ellos en el otro lado, en vez de ir a pudrirme en tu infierno… No lo niego, sería mejor. Es lo único que me asusta, que me hace dudar. Pero…
     ¿Pero?
     Había curiosidad en la solemne voz del Dios. Tim sonrió de oreja a oreja.
     Sé que… me llegara la hora, antes o después. Y saber cuándo será es un lujo. Hoy… he podido dejar las cosas en orden. Me he despedido de los míos, sabiendo que están bien. Hubiese preferido que fuese en persona… quizás en mi cama, con ellos alrededor…
     Se pasó el brazo, cubierto por la misma chaqueta negra que llevaba en el entierro de Ernie, por la cara.
     Estoy preparado. La duda dejó su voz. Cuanto antes lo hagamos mejor. Si no, me arrepentiré… y será peor.
     El dios se irguió, pareciendo más humano que nunca.
     Sabe, si intenta conmoverme, sepa que es imposible. Ni yo ni ninguno de nosotros es capaz de apreciar el efecto de las emociones expresadas con palabras. Por eso, si pretende contenerme
     No lo hagoaseguró, mirándole-. Y sé que lo sabes. A ti… No sé qué eres, pero algo me dice que mentirte es imposible.
     La cosa cerró los ojos durante unos segundos. Tim se preguntó si sería su manera de sonreír satisfecha.
     Y así es, tiene razón.
     De un salto grácil y elegante, volvió al suelo sobre sus cuatro patas. Acto seguido sacudió hacia atrás la mano izquierda y, para asombro de Tim, la mesa y las sillas salieron despedidas sobre el linóleo hasta dar contra las alacenas de las tres paredes. En el caso de la silla de Tim, la oyó rebotar contra el marco que unía al recibidor con la cocina. Sin embargo, pese a la violencia del choque, los muebles siguieron en pie, incluidos la botella, el vaso y el cenicero donde había acumulado los restos del habano.
     Entiéndalo: no va a librarse de su castigo. Su condena se efectuará, como en todos los demás casos.
     Tim asintió, entrecerrando los ojos, listo para recibir el golpe final.
     Sin embargo, lo que si puede cambiar es la forma de aplicar dicho castigo.
     Tim levantó los parpados, mirando aquellos otros ojos, pestañeando con tanta intensidad como si emitiesen en código morse.
     —¿Qué…?
     Le voy a dar una oportunidad, la de afrontar su castigo y consumar la maldición sin ir al Jigoku.
     Tim respiró hondo, notando el sudor colarse entre las arrugas de su piel.
     —¿Y eso? ¿Por qué?
     Somos dioses, señor. Tenemos esa capacidad. La de ser compasivos o misericordiosos, según la estrella que guíe a los mortales. Además… existen otras muchas clases de infierno. Quizás el nuestro no sea, después de todo, el peor para usted. Quizás, librarse de él, le suponga a la larga… un castigo peor.
     El dios volvió a su posición cuadrúpeda, avanzando dos pasos hacia él.
     Le diré cuál va a ser su castigo, señor, un privilegio que no ha conocido ninguno de sus compañeros. Considérese honrado por ello.
      Tim asintió, mientras su cabeza y pecho eran desgarrados por emociones contradictorias, que le mareaban y punzaban. Por un lado quería reírse, saltar, chillar de alegría por su segunda oportunidad. Pero la parte más recóndita y racional de su ser le exigía cautela: estaba seguro de que no iba a ser fácil. Ni agradable. Ni, mucho menos, exento de dolor.
     Tendrá que poner a prueba su voluntad luchando por vivir. Luchará frente a mí con un oponente que he elegido para la ocasión. Si consigue vencerle, la maldición que arrastra terminará para siempre. Pero si es usted el vencido, afrontará las consecuencias como todos los demás.
     Tim apretó los puños, insuflando fuerza a sus cansados brazos, mientras hincaba sus pies en un suelo demasiado duro, decidido a mantenerse firme. Él nunca había sido excesivamente fuerte ni atlético, se le habían dado bien el baseball y los trabajos manuales, pero aparte del entrenamiento en los marines, nunca había practicado boxeo, lucha u otro tipo de combate con las manos desnudas. Tenía que compensar la falta de técnica con la desbordante motivación, la certeza de que no era un combate sino su combate.
     Toda una vida decidida en un único asalto.
    De acuerdo, me parece bien. Tim hinchó los pulmones, intentando forzar los músculos. Y, ¿qué clase de oponente…?
     Sin dejarle acabar la pregunta, levantó su mano derecha, apuntándole con el índice estirado. Tim lo veía sintiendo su corazón desacelerar. Pensó que, lo que quiera que fuese, ya estaría allí, detrás de él, y que el dios se lo indicaba. Bajó unos milímetros el cuello, temiendo un fulminante golpe por sorpresa en la nuca… Pero, en vez de eso, la muerte descompuesta volvió a hablar.
     Kaiho shimasu
     Tim contuvo la respiración, sin terminar de entender. Había dicho la palabra en japonés, la había oído en japonés, pero aun así, la había comprendido. Claramente:
     Libérate.
     A la comprensión mental, siguió el sentimiento físico. Tim se sintió como un cachorro agarrado por el pescuezo, su piel arrastrada por un anzuelo gigante que le hendía la espalda, abriendo una profunda herida que ardía como salpicada por chorros de desinfectante. Instintivamente intentó agarrarse a algo para, al ver que el Dios le había privado de esa opción, agarrase la cabeza para intentar mantenerla en su sitio.
     Al empezar su visión se nubló, luego se emborronó y, ahora, se deformaba a medida que su campo visual se alargaba y estrechaba, convirtiéndose en una incierta mancha blanca que lo absorbía todo, mientras sus oídos silbaban, temblando hasta el estallido...
     Cuando el dolor alcanzó su límite, muy reducido por los años, Tim consiguió gritar, una exclamación soprana y aguda de castrado que se escurrió entre sus labios. Entonces, todo acabó.
     Tim volvía a ver y, aunque al principio algunas estrellas rutilantes continuaron empañándole los ojos, se desvanecieron al mover la cabeza. Veía la cocina, su suelo de linóleo, la luz blanquecina, su ventana, la mesa…
     Tragó saliva. El dios de la muerte había vuelto subirse a la mesa, agazapándose como una gárgola. Al bajar la cabeza en un suspiro, encontró la primera visión perturbadora tras el trance. Toda su ropa; chaqueta, camisa, pantalones, zapatos, hasta los calzoncillos y calcetines, estaba en el suelo.
     —¿Qué… qué me has…?
     Levantó el brazo derecho hacia el niño deforme para exigir explicaciones. Entonces lo sintió.
     Su cuerpo, antes pesado y firme, era ahora ligero e inestable, sacudido por una fuerte vibración interna que hacía eco como las olas en el mar y que, al mismo tiempo, le lastraba, impidiendo que saliese flotando. Como…
     Como un globo de agua.
     Tim miró su mano, anormalmente rolliza y redondeada; más tronco que rama. Aturdido, intentó dar un paso atrás. Su pie apenas se separó del suelo unos centímetros, amenazando con desequilibrarle y hacerle zozobrar. Tuvo que inclinarse, sintiendo en su interior el líquido ir de un lado a otro rebotando contra las paredes de su cuerpo.
     —Qué —consiguió articular, viendo esas manos hinchadas y ajenas—. Que me…
      El dios volvió a levantar la mano derecha y a señalarle.
     Ahí… está tu oponente.
     Tim se equivocaba; no señalaba hacia él sino tras él. Arrastrando sus nuevos pies de hinchable, rotó hacia atrás. Lo vio perfilado contra el umbral, destacado por la oscuridad del pasillo. El aire que aspiró por efecto de la sorpresa casi tumbó su cuerpo relleno de líquido y gas. Estaba de espaldas, ligeramente ladeado a la izquierda. En aquellos momentos examinaba sus brazos, levantándolos como si quisiese leer un tatuaje impreso en sus antebrazos… o, mejor dicho, en sus radios.